jueves, abril 17

Tabardillo profundo y ojo gacho II.

Dawid Ginoculus.
P.S. Si Dawid ya ostenta un tabardillo de este calibre a su edad, ¿qué será de él cuando cumpla los años de Thom York?

miércoles, abril 16

Tabardillo profundo y ojo gacho.


Thom York.
P.S. Me parece muy curioso que Thom York no tenga ni una arruga. Creo que es la ventaja de la parálisis facial

lunes, abril 14

Más sobre depresiones jesuíticas

D.- Me perdonarás si no le tengo demasiado aprecio a las tristezas de drogadictos asesinos y violadores. Chesterton ha expresado algo que sentía ha mucho: "Las tristes almas de los noventas perdieron la esperanza porque tomaron demasiada absenta; nuestros jóvenes han perdido la esperanza porque un amigo murió de una bala en la cabeza".
Yo sólo me pregunto si se refiere a sus noventa o si alcanzó a ver el grunge de nuestros noventa por un movimiento profético.

J.M.- ¿Por qué descartar ambas como excluyentes?

D.- Porque me pillan las depresiones baratas adolescentiles.

J.M.- ¿Qué depresión es digna, amigo, de tu reconocimiento? ¿Acaso la consabida jesuítica es la única?

D.- ES DIGNA UNA DEPRESIÓN QUE SITÚE EL VACÍO HUMANO CONTRA LA NECESIDAD DE UN ABSOLUTO QUE LO LLENE. NO ES DIGNA LA DEPRESIÓN DEL VACÍO HUMANO QUE ENCUENTRA INSATISFACTORIAS LAS FRUSTRACIONES ESTÚPIDAS DE LA LIMITACIÓN DE SUS FETICHES.

J.M.- Buena parrafrada. Creo que deberías postearla. Doy mi aquiescencia a tu parecer. Pero añado que peores son las depresiones edulcorantes de afanes esteticualos.

martes, abril 8

El Renacimiento

Amigos, amigos queridos -¡amigos!, ¡que aún los hay!:

Mañana el mundo ha de conmover sus cimientos. Los montes, me temo, brincarán y bailarán. Músicas extrañas, barbáricas, serán convocadas y resonarán desde laudes de laúdes imposibles, cuernos constantes, tronantes trompetas; cantará el cielo lejos, y, espasmos telúricos, gemirá la tierra como sólo hizo en la Creación, a la vez que los ojos de alguna virgen por nacer, al saberlo, se conmuevan en lágrimas de alegría sencilla y bella por saber lo nuestro, nuestro affaire: El Renacimiento.

Con melancolía nos recordaremos, ingenuos entonces, desencantados de optimismos frágiles. Amigos: no hay más mundo ya, ¿hay nosotros aún? ¿Qué hay que conserve sentido? ¡Crearemos Cielo y Tierra desde nuestras plumas! Inventaremos motivos violáceos, los escanciaremos en copas de vino, reiremos franca, abiertamente, ¡qué hermoso! Han de bailar nuestras voces, con el mundo conmovido, biendiciendo invenciones, tremendas unas, otras simples, como el Universo cuya espalda vemos (¿no es así, David, caro?). Y a fuerza de ver y ver el mundo, de nuevo, otra vez, siempre de nuevo, ¡por fin hemos de verlo, después de mucho tiempo, al quedarnos casi ciegos, casi hombres entonces, casi inocentes! Distraídos hemos andado, errando mil caminos, trillando viejos, rompiendo de otros su virginidad.

Y he aquí que, de nuevo, ¡nos reunimos!

¿No es motivo para hacer llorar hasta a un marino? ¿Incluso, fuerza es decirlo, al mar mismo? ¡Y sin embargo, reímos! ¡Nosotros! ¡Que tanto nos quisimos!

viernes, abril 4

La mejor de las muertes posibles

En mis sueños, así muero. ¿Alguien con una tina y un rosal?


Lawrence Alma Tadema (1836-1912)
Las rosas de Heliogábalo

martes, abril 1

En buena lid...











martes, marzo 25

Me retracto

Justo cuando creía que mi lenguaje florido, de barrio, era una larva literaria con la capacidad de sufrir una metamorfosis antes de ser literatura, me topo con un textillo de Alfonso Reyes (Apolo o de la literatura). Idiota.

"Ni verso ni prosa literarios pueden confundirse con el habla común. No es verdad que Monsieur Jourdain hablara en prosa: hablaba en coloquio, que es distinto. El abuso se ha introducido en los hábitos del portugués, que para decir: 'Me agrada conversar con Fulano', suele decir: 'Gusto de su prosa'. Pero eso no es prosa. Tampoco dijo la verdad Juan de Valdés al afirmar ligeramente: "Escribo como hablo". Nadie habló nunca como él escribe. Al llegar a la operación literaria, muda el régimen de conciencia como si nos acercáramos a algún oficio religioso."

Primero. Juan de Valdés se me adelantó. Segundo. Fui tan ingenuo como Juan de Valdés. Me lleva la chingada. O nunca mis improperios serán literarios. O, bien, nunca he escrito literatura. Gracias Don Alfonso.

Carajo.

sábado, marzo 15

Lo que me gusta de escribir con groserías...

...es que escribo como hablo. Y qué chingados.

miércoles, marzo 12

Ese ojo

Ese ojo que es capaz de descubrir un trozo más del hilo de Ariadna. Ojo aguzado, melancólico, que atisba el infinito: eternidad o nihilidad. Ojo denodado, descubridor de mundos varios; de infinitas explicaciones: de infinitas contradicciones. Ojo agudo y penetrante que mira, observa. Mirada de ojo que descifra la voz del relente, de la rosa, del animal, de la montaña, del oreo, del arrebol, de la voz jamás pronunciada por hombre alguno. Voces todas resistentes a la tripartición del tiempo geométrico: al olvido del pasado. Voces de siglos leños. Persistencia de voces viejas.

Parpadeo de ojo capaz de asir el instante por un instante. Ojo que posee conscientemente la actualidad: ve y ha visto. Presente y presente perfecto. Ojo que fractura los fríos contornos – irreales – del mundo, avanzando hasta su verdad: Belleza (otro nombre para hablar de la desnudez de Natura). Ese ojo que escucha los secretos inconfesos de la lágrima, de la nuca de la mujer, del hostigo de la pared -y del alma-; ojo dialogante con sus pares. Ojo capaz de leer el tiempo en las frentes, la miseria o bonhomía en las dentaduras; capaz de descubrir en los labios el urente deseo: la fácil entrega; capaz de adivinar un corazón torvo o un corazón lenitivo. Ojo capaz de comprobar en un rostro la letárgica disolución de los afectos que antaño se le prodigaban… (¿Quién se atreve a decir, pues, que el ojo no habla, no escucha, no ama, no sufre?).

Ese ojo. Ojo de poeta.

Phi. Lord Chandos

(Regresó, carajo)

martes, marzo 11

Hapaxes al servicio de la comunidad

Se solicita su colaboración para localizar a Philip Lord Chandos, alias, El Líder. Quien desapareció el pasado 15 de enero del presente, después de su entrada, "Algunas reflexiones teológicas sobre el amor". La última vez que fue visto, Líder, leía y escribía sobre la Teodramática. Como señas particulares, Chandos, padece de prolongados periodos de ensimismamiento y misantropía. Además, profiere vociferaciones teológicas, literarias y filosóficas. Suele referirse a la gente como "fríos pornógrafos" y despotrica contra la ignorancia ajena. Los nombres Balthasar, Polo, Miró, Borges, Elizondo, Valéry, Pegüy, Balthasar,Goethe, Reyes, Novalis, Balthasar, Chesterton, Paz, Bloy, Bernanos y, sobre todo, Balthasar, provocan en Chandos un entumecimiento muscular y un resplandor en sus ojos. Cualquier información que conduzca a su localización, favor de hacerla llegar a través de este medio.

Por su cooperación, gracias.

(¡Ya regresa...!)

Alta gastronomía


¿De qué es el tuyo?, Surtido, Ah... A mi vieja le encanta el surtido, a mí no: tiene tanta mierda que ya no sabe qué está comiendo uno, No seas mamón, güey, como si tuvieras un paladar muy acá, Pu's así como me ves, no me como cualquier chingadera, ¿De qué pediste, entonces?, De nana, claro, esos sí saben bien.

Óptica moderna


Manuel Álvarez Bravo
(1902-2002)

lunes, marzo 10

Tabardillo




En un mundo ideal:

-¿Y Chemóstenes?
-No vino a trabajar. Se reportó atabardillado.
-Ah, ok.

viernes, marzo 7

El Romanticismo: cuestión de pelos

Tenía la intención de releer algunos cuentos de Poe. Pero la idea de leer desde una pantalla, una noche de viernes, en medio de una biblioteca vacía y mediocremente adornada, ya no me seduce. Había pensado en The Raven, The Black Cat, The Cask of Amontillado, The Murders in the Rue Morgue, The Premature Burrial, Ligeia y The Masque of the Red Death. En especial, aunque por diversas razones, me interesaban el primero y el último. Me encanta ese efecto de zoom narrativo en The Raven. El otro, no sé. Fue el primero que leí de Poe. Es como el cariño que uno le guarda a su primer novela. Batallas en el desierto, en mi caso. Solamente la leí una vez. En secundaria. En el transcurso de las clases. Nunca la he vuelto a hojear. Temo que si lo hago, pierda ese regustillo que, poco a poco, se ha añejado.




Volviendo a Poe. Quería recordar ciertos relatos. Porque es común que olvide algunos libros. Como si hubiera pasado una hoja blanca tras otra, durante horas. Por ejemplo. Estoy seguro que leí La muerte de Iván Illich. Pero no tengo ni puta idea sobre qué trata. Vamos, sí, intuyo que ocurre una muerte. Poco más, aparte de eso. También, recuerdo haber leído, de Rafael Bernal, El complot mongol. Había un policía o detective, una suerte de mafia oriental, una mujer, también oriental, que era mala. Y hasta ahí. Es encabronante mi condición. A veces, cuando comienzo a leer un libro, lo hago con temor. Pienso que esa palabra, esa historia, ese personaje, se hará mierda en memoria. Boicoteo, a priori, mi lectura. Comploteo contra mí mismo. Contra el autor, la novela y la literatura en general. Alguna vez pensé en escribir reseñas sobre los libros que leía. Así, tendría una despensa literaria que refresacaría mi memoria cuando fuese necesario. Bah, pura verborrea bien intencionada. A la fecha no he escrito ninguna.



Volviendo a Poe. He leído, últimamente, algunos cuentos de Hugo von Hofmannsthal. Y comenté a L. que me habían decepcionado. En la edición que tengo, la de Aldus, que se titula Paisajes, aparecen cuatro o cinco cuentos –es que no la tengo, ahora mismo, conmigo–. Como sea. Además viene el texto de Ein brief. Ése si me gustó. Me gusta, mejor dicho. Los cuentos estuvieron bien, pero no geniales como la carta de Lord Chandos. Me esperaba algo de ese nivel. Me topé, en cambio, con un romanticismo a la usanza de Poe, pero germanizado: acartonado y menos potente. L., siempre sabio, me recordó que su fuerte es la poesía y el teatro. No puedo esperar a acabar con los cuentos para ir a lo que sigue. Elektra, principalmente, llama mi atención.

En realidad, no tenía mucho que decir sobre Poe. Tan sólo quería escribir sobre cómo fue una sombra en mi lectura de Hofmannsthal. También sobre mi desazón con los relatos hofmannsthalianos. Y sobre mi charla con L. Me da hueva escribir algo más sobre Poe. Sí, me gusta. Es tan bueno, sin embargo, que no sabría qué decir aparte de estas referencias tangenciales. Bueno, añado algo más: el bigote parece una constante entre los románticos. Lástima que no me sale.

miércoles, marzo 5

Utilidad de la hermenéutica

A continuación, un consejo schopenhaueresco de Chesterton que tiene también uso en cualquier argumento.

*

Luego intentó arremeter intelectualmente contra mis alegatos. Yo contesté con una evasión muy sencilla. Siempre que decía algo que nadie sino él comprendía, yo replicaba con algo que ni yo mismo entendía. 

"No me parece -dijo- que usted pudiera haber elaborado el principio de que evolución es sólo negación, toda vez que inhiere en él la introducción de lacunae, que son algo esencial de la diferenciación". 

Yo le repliqué con bastante desdén: "Usted leyó todo eso en Pinckwerts; la noción de que la involución funcionaba eugenéticamente fue expuesta hace mucho por Glumpe". 

Es innecesario decir que nunca han existido personas como Pinckwerts y Glumpe. Pero a toda la gente alrededor, para mi gran sorpresa, pareció sonarles bastante bien, y el Profesor, encontrando que el erudito y misterioso método lo dejaba a merced de un enemigo un tanto deficiente en escrúpulos, volvió sobre una forma más popular de agudeza. 

"Ya veo, se burló, usted prevalece como el falso cerdo en Esopo". 

"Y usted fracasa, respondí sonriendo, como el erizo en Montaigne". 

¿Necesito decir que no hay un erizo en Montaigne? 

"Su verborrea se viene abajo, dijo, igual que lo haría su barba". 

Yo no tenía una respuesta inteligente para esto, que era muy cierto y muy ingenioso. Pero reí cordialmente y contesté al azar: "Como las botas de un panteísta", y giré sobre mi talón con todos los honores de la victoria. 

El verdadero Profesor fue echado fuera, pero no con violencia, aunque un hombre intentó con mucha paciencia quitarle la nariz.

lunes, marzo 3

¿Qué hay de nuevo, viejo?


Y la puso en su boca. Lo frío del cañón estremeció sus labios. Intentó decirle que era suficiente. Pero sus palabras se ahogaron en el amargo sabor a acero y pólvora quemada. '¿Te arrepientes?', le preguntaban. '¿Quién es la niña, ahora?' Con las mejillas abultadas y la mirada clavada en su propia nariz, tiró de la manga de su hermano pidiéndole que se detuviera. Enrique, el mayor, comprendió el gesto. Retiró la Remington de las pueriles fauces de Mateo. '¡Me lastimaste, tonto! ¡No le hagas tan fuerte!', le reclamaron. No hizo caso. Tomó, en cambio, la parte inferior de su playera para limpiar la saliva del cañón. Colocó de nuevo el revólver en el viejo libro. 'Vamos por la escopeta a la cochera, Mateo.' El pequeño se mostró poco entusiasmado. 'Ya no quiero jugar contigo. Siempre me lastimas.' Enrique lo animó diciendo: '¡Esta vez será divertido! Jugaremos a Bugs Bunny. Yo seré Elmer.' El pequeño se emocionó.

jueves, febrero 28

El juego de la vida



Don Ramiro acabó con la mitad de su cerveza mientras decidía cuál tirar. Era una Victoria, clásica. Azotó, entonces, el seis dos. Su ahijado, Fausto, llevaba la mano. Octavió tocó dos voces. Ramiro había acertado. Fausto pudo sacar la "pecosa" que se andaba ahorcando. Le tocaba al "Negro". No tenía pa' dónde. Traía puras güeras sin seises ni cincos. Pasó. Ramiro puso la de cincos, su última mula. El compadre namás sacudió la cabeza. Los habían dejado cargados. El cinco cuatro fue la última ficha. Fausto se había quedado con ninguna. 'Te lo marqué, pinche "Negro", tápales el seis', dijo Octavio encabronado. Josué, "El Negro", tenía dieciocho años y aún no aprendía a leer el juego. "¿Pu's qué, otro?", preguntó Octavio. Don Ramiro no pudo evitar reírse. '¿Ya oíste Faus? No, compadre. En la cantina es como en la vida. O ganas o te vas la chingada." Ramiro le chifló al "Sonrisas" y pidió otra pa' los ganadores. Esa tarde el compadre invitaba.

viernes, febrero 8

Aves de mal agüero

-¿Viste eso? —preguntó entusiasmado.
-¿Qué?
-¡Le dí! ¡Le dí!
-¿En qué parte?
-En el hombro. Después resbaló un poco en la espalda.
-¿Y ¿qué hizo?
-Nada. Creo que no se percató.
-Voy a intentarlo.
-Ahí viene uno. Apunta justo a la cabeza.
-Deja lo mido. Casi..., casi..., casi... ¡ahora!
-¡Mierda! —exclamó un anciano que pasaba debajo de los cables. Tomó el pañuelo de su bolso. Limpió su cabeza con el pedazo de tela. Y, nuevamente, echó a andar.

Amor de verdad



-¿Me quieres?
-Sí. Lo sabes.
-¿Qué tanto?
-Mucho.
-¿Cuánto es mucho?
-No sé. La pregunta no vale. No se pueden cuantificar los sentimientos.
-Pero ¿me quieres más ahora o cuando nos conocimos?
-Igual
-¿Igual?
-Igual.
-¿No puedes quererme igual?
-Sí, sí puedo. Actualmente te quiero tanto como al principio. Aunque algunas cosas no sean las mismas.
-¿Cuáles?
-Pues... ya no es el vértigo del cortejo. El mariposeo en el estómago desapareció hace algún tiempo. Creo que es un amor más maduro: no anclado al presente, al momento, sino más prospectivo.
-¿Eso es bueno o malo?
-Ni uno ni otro. Es diferente.
-Entonces, ¿todavía me quieres?
-Sí. Aún te quiero.
-Y ¿harías cualquier cosa por mí?
-Casi cualquier cosa.
-¿"Casi"? ¿Qué no harías?
-Agraviar a otras personas que quiero.
-Y ¿qué sí harías por mí?
-Desprenderme de todo lo material, arriesgar mi propia integridad y... contestar a todas tus inquietudes.

sábado, febrero 2

Fenomenología de las funciones operativas del yo

Lo que sigue es una paráfrasis, literal en varios momentos, de parte del artículo “Remarks on the Psychological Motives of Doestoevsky’s Characters” de Adam Friedrich Betruger en Classic Literary Review XIX (1972), 34-72. Betruger examina el perfil psicológico de los personajes de Dostoievski: lleva a cabo una unificación de Raskolnikov, Iván Karamazov y Nicolai Stavroguin como el “espíritu de la decepción” (hay antes un excursus sobre el desencanto del mundo), desde el que concluye que los tres personajes forman en realidad el “esquema básico” de los personajes en Dostoievski, algo así como el sentido “neutral” del personaje (tesis evidentemente discutible).

Después de esto sigue un ensayo sobre la autoconciencia en el personaje básico: esto es lo que he traducido como “fenomenología de las funciones del yo”. El artículo termina con un breve análisis de la idea de redención en las novelas de Dostoievski, estudiada internamente desde la transición del personaje básico a Aliosha Karamazov (con el príncipe Mishkin como un “estadio intermedio”) y externamente desde la guía de Sonya Marmeladova y Darya Shatov.

* * *

Es claro que el núcleo central (el lékton del personaje) consiste en la búsqueda del sentido unificante de la vida. Este sentido equivale a la comprensión del yo. El personaje, por decirlo así, ha perdido la comprensión de sí mismo. Su interioridad no existe como un ‘yo’, es decir, al menos no como un yo que consiste en una reunificación, sino precisamente como una multitud caótica de voces que pugnan bien por encontrar el sentido en el pasado, o bien en el futuro, o incluso por intentar ignorarlo o hasta negarlo abiertamente.

La discusión interior se da según el siguiente esquema:

(Yo último: Ego absconditus)

Yo trascendental: Ego vivens

     A. Yo empírico: Ego facio motu

     B. Optimismo estúpido: Ego gaudiens

     C. Yo dialógico: Ego doctiloquens

     D. Yo diabólico: Ego abominans

              1. Yo fanático: Ego se afirmans

              2. Yo cínico: Ego despiciens

 

El yo trascendental es el personaje mismo: el hombre que vive no hacia fuera sino hacia dentro. El mundo es devenir y él realmente lo habita, pero su existencia es más que habitar el mundo. Por eso su característica más natural y propia es cierto “desprendimiento” del mundo, desprendimiento que se efectúa a través de su conciencia. En ese sentido su conciencia es el verdadero ámbito vital del personaje. Como autoconciencia el personaje vive abierto a algo ‘más’ que el mundo físico.

La necesidad de habitar el mundo físico, sin embargo, hace que el yo tenga que ‘proyectarse’ desde el ámbito de la conciencia a la realidad: tiene que ‘emplearse’ en existir. De ahí surge el yo empírico, que en realidad es poco más que una función operativa-fáctica del yo trascendental. Como éste no vive primariamente respecto del mundo, el yo empírico es casi siempre un ‘extranjero’: una marioneta ‘forzada’ a habitar un mundo que entiende poco en su nivel efectivo (aunque apoyado por las hipótesis finalistas del yo trascendental). Así el yo empírico puede aunar fácilmente, en multitud de ocasiones, una gran confianza en sí mismo con una gigantesca timidez e incluso incompetencia. En otros términos: el yo empírico es el yo trascendental forzado a la vida activa, vale decir, a su propio ridículo.

El yo trascendental apunta a su realización última, entendida como bondad trascendental, es decir, el sentido más alto de una vida ‘positiva’. Por supuesto no cuenta a priori con una determinación específica ni una concreción de cuál sea vitalmente tal positividad.

Como voz presente a sí misma, desde la ausencia misma de determinación, el yo es dialógico: es la posibilidad de la autoconciencia de dialogar consigo misma, pretendidamente al margen de sus propios prejuicios. Sería, en fin, esa capacidad de diálogo o de razonamiento en general, desde la que el yo trascendental comprende y dialoga con posturas divergentes.

Como deseo de concreción positiva sin contar con una determinación específica, el yo trascendental funge como positividad u optimismo estúpido. Es la voz ésta de la bondad, el abogado de los buenos deseos que no retrocede ante ninguna tormenta. El yo trascendental la desprecia en último término por su indeterminación; aunque no es posible dejar de aceptar que es él mismo quien la dota de fuerza.

Por supuesto el yo trascendental a la búsqueda del yo absconditus es la fuerza motora última de todas las funciones determinativas del yo, aunque las rechace a todas como versiones incompletas (las determinaciones del yo son específicamente funcionales: ninguna es el yo absconditus porque la revelación de éste necesita de una iluminación superior: una existencia no puede ser su propia iluminación, a menos que sea autotransparente a priori).

En ese sentido, aunque determinaciones incompletas, todas las funciones del yo aparecen como voces de la autoconciencia y aportan matices fenomenológicos distintos.

Sobre todo déjese de lado la idea de que estas voces son experiencias fenoménico-sensibles patológicas. La autoconciencia es una profundización fenomenológica del yo, o bien una iluminación mística [o bien, aunque trascendentalmente, la Identidad Originaria], pero nunca una patología. Las patologías aparecen como voces distintas que automática disgregan al yo, pero en la autoconciencia el yo trascendental está presente siempre unificándolas. Las funciones del yo no pueden disgregar al yo porque de ninguna manera son superiores a él. Profundizar desde distintos ángulos no significa separar.

Por lo demás, como es evidente, las concreciones funcionales distintas pueden variar fenomenológicamente de una persona a otra. Aquí nos limitamos a exponer el caso del personaje básico o neutro.

Con esto se tiene suficiente para pasar a las funciones negativas. Se ha designado como núcleo de la función negativa al yo diabólico. El nombre no pretende hacer ninguna clase de referencia a un poder sobrenatural. El yo diabólico es tan ‘natural’ como el resto de las funciones psíquico-fenomenológicas de la conciencia.

El yo diabólico consiste, por contrapartida al ego absconditus (aunque, por supuesto, sin poder estar a su nivel y ésta es su tragedia), en corroer. Uno busca el sentido pleno de la vida y el otro la deconstrucción de toda posibilidad de sentido. El hombre es Sentido que otorga sentido (o ego absconditus que se determina especificando según las funciones operativas del yo trascendental). El yo diabólico es el rechazo a todo sentido, la búsqueda última de eliminarlo: el intento de negación de la vida humana sobre sí misma.

Por supuesto, es fácil darse cuenta de la situación profundamente desgarradora que supone que el Sentido (la persona) pretenda arremeter contra toda posibilidad de sentido.

La literatura, el cine, la historia, la sociología, en una palabra: la experiencia conjunta de la humanidad nos han señalado con bastante claridad los posibles desenlaces a los que la persona se enfrenta desde la función del yo diabólico.

(1) Si el yo trascendental intenta asumir vitalmente la función del yo diabólico, su fin es la desesperación (Stavroguin) o la locura (Kirillov).

(2) Si desiste de asumir esa función, sólo puede buscar la deconstrucción plena, de suyo, sin pretender ninguna afirmación posterior. Así aparecen, de manera negativa, el cínico y el fanático. Piénsese en el hombre del subsuelo, en Piotr Verjovenskii, en Erkel, &c.

Una palabra sobre el fanático. La función fanática del yo es la que suele denominarse, casi en retrospectiva desde la filosofía existencialista y desde Nietzsche especialmente, superhombre. Podría objetarse que el superhombre es una función ‘positiva’: posterior a la deconstrucción, sí, pero con la pretensión de afirmar después un sentido radicalmente novedoso, inédito desde las categorías pre-deconstructivas; ‘afirmativo’ en todo caso. Si esto es así, es claro que el superhombre no puede ser una función dependiente del yo diabólico que, esencialmente negativo, no permitiría ninguna función de positividad.

En mi opinión, si la deconstrucción se atreve verdaderamente a ser tal, no puede quedar ningún fundamento (¡precisamente!) para proponer realmente nada. Su propuesta es un puro autosituarse vacío. Los superhombres no tienen seguidores, ni pueden tenerlos propiamente, porque no hay nada qué seguir: ni a un ideal ni a un hombre.

Por último: no cabe, al menos desde este punto de vista, hablar de un yo calculador, un yo político, un yo resentido, un yo adolescente, &c. Estas son en realidad ‘actitudes regionales’, referidas a un sólo ámbito o aspecto de la vida del yo. Son por eso funciones del yo empírico o del yo trascendental (modalidades suyas). Viciadas, si se quiere, por funciones diabólicas, o iluminadas por el absconditus, pero funciones regionales. Aquí se trata más bien de voces auténticamente globales de la autoconciencia. Por eso, ni aún un yo profesionista o un o un yo familiar caben: eso va envuelto ya en las funciones aquí descritas.

El yo religioso sería el cuadro completo. Yo religioso o existencia religiosa (tanto positiva como negativa) es en este sentido una tautología.