jueves, abril 22

Orígenes (última entrega)

Al día siguiente, como de costumbre, se despertó antes que el Sol. Recién abrió los ojos, sintió un malestar generalizado. No sólo era esa sensación de vacío y resquemor en el estómago, ese dolor de cuello por dormir en el frío suelo de piedra –cosas a las que ya estaba acostumbrado–; era también una astenia espiritual. Sí, odiaba el desierto, su invariabilidad, espejo de su vida. No quería levantarse: estaba agotado. Sus deberes religiosos se le presentaban como un yugo insoportable. Estos fantasmas lo abrumaron por algunos segundos. Suspendió su juicio, abandonó toda razón y se levantó. Beso el suelo y de hinojos recitó el Akathistos.

Salió al desierto. Sabía que tenía que examinar su corazón para descubrir por qué había sentido tal desazón. Quiso dilatar el examen hasta después del desayuno. Una vez llegado al oasis, el santo miró al cielo. El azul límpido no le dijo nada. Su mirada acarició la bóveda celeste, como insistiéndole: silencio. Vencido, dirigió su mirada al agua, donde contempló el reflejo de su cara. Se sorprendió: su faz era ya un simulacro: en ella ya no se adivinaba ni él mismo. “Vanidad de vanidades” –pensó. Sin dejar de verse en el cruel espejo, se restiró con las manos las mejillas, después la frente. Enseñó, amenazante, sus dientes al agua; algo de la infancia quedaba en ellos. La inculta barba le daba una gravedad terrible. Trató de educarla un poco con los dedos. Lo consiguió malamente.

Un fuerte viento comenzó a soplar, emitiendo un quejumbroso sonido al chocar contra las dunas y arremolinarse. La cara del santo comenzó a vibrar, los rasgos se le deformaban terriblemente hasta hacerse monstruosos: esa imagen en el agua describía con mayor precisión que su auténtico rostro los terribles sentimientos que en él se anidaban. Cerró los ojos. De nuevo: el alma pasó revista a todos los dolores. El asceta intentó elevarse, fijar la atención espiritual más allá del cuerpo. No quería pensar con palabras; quería llegar al verbo interno, mudo de sonidos y carente de imágenes, pero rico en respuestas. Respiró hondamente, mientras cruzaba los brazos sobre el pecho. Estuvo así largo rato. El Sol le aguijoneaba el cuello y el viento le golpeaba intermitentemente la espalda y el pecho con puños de arena. Parecía una conjura del desierto contra su meditación.

Abrió los ojos repentinamente: había tocado al verbo. Ahora tenía que traducirlo en palabras. En todo el tiempo que había estado en el desierto, jamás había tenido tanta claridad. Sintió como todo el peso espiritual que había venido cargando hacía más de un año por fin se aligeraba.

Se dirigió a la cueva, el ceño fruncido, las manos apretadas, como intentando asir las ideas. Tomó uno de los panes ázimos que había cocinado para la misa y se sirvió vino en una pequeña escudilla de madera, agregándole un poco de agua. Comió el pan remojado en la mezcla con la mirada fija en un punto, meditando cosas que no está dado a los hombres expresar en lengua alguna. Terminó de desayunar. Recogió un poco la cueva y la barrió. Tomó decididamente su De Principiis; ahora ya no tenía miedo. Las traducciones podían esperar, pero la fuerza del Espíritu tenía que ser comunicada. Con un trapo ceñido a la cabeza que le cubría también el cuello y su toga bien apretada a la huesuda cintura, caminó largo rato hacia una enorme piedra, cuya sombra tenía la privanza del santo. Tomó la vitela que había intitulado En el fin o en la consumación, la horadó por tres veces en el margen izquierdo y la cosió con un trozo de cuerda de palmera real a los demás folios que ya había escrito. Tocó su frente con dos dedos e invocó a la Sabiduría.

Anotó con rasgos fuertes y sobrios:

La condena eterna se opone al amor infinito que Dios ha mostrado en la Encarnación, Muerte y Resurrección de su Verbo.

Resulta inaudito creer que una acción temporal cometida por un hombre cuya libertad se encuentra enferma, le acarree un castigo eterno. Es una desproporción absoluta. En cambio, podemos tener esperanza en que una Libertad infinita se apiade de todas las libertades finitas y, por misericordia, les otorgue la bienaventuranza eterna. Esto, sin duda, también es una desproporción; mas ¿la humanación del Dios eterno no justifica tal esperanza y desmiente la eternidad del odio y la tristeza? A mi modo de ver, sí.

En la consumación de los tiempos todas las cosas serán restauradas. Una vez que cada hombre haya sufrido un castigo justo por sus pecados, recuperará su libertad original. De esta forma, cuando se caree con su Creador, sin palabra alguna y sólo con una vergüenza infinita, decidirá indefectiblemente seguirlo. La necesidad de este seguimiento no anulará su libre arbitrio, pues más que en elegir, la esencia de la libertad consiste en asentir lo Sublime.

Hay que tener una esperanza que esté a la altura de la Encarnación: Todos los hombres serán salvos. ¿No es esta la auténtica comunión?

El viento comenzó a soplar otra vez. Primero, como un leve murmullo; después, como si el escándalo de la humanidad su hubiese hecho eco de él para condenar al asceta. Tres años en el desierto y jamás había escuchado algo semejante. La sordidez del ruido anunciaba la proximidad de una tormenta de arena épica. De pronto, el horizonte desapareció. A la distancia observó una inmensa nube parda que devoraba todo lo que encontraba en su camino. Sus ojos no daban crédito de un poder destructivo tal. Resultaba absurdo intentar volver a la cueva. Como una lepra sobre la piel del desierto, la oscuridad se avino a una velocidad endemoniada sobre el santo, quien sólo pudo apretar contra el pecho su libro y cerrar lo más fuerte que pudo los ojos. La furia se desató por completo. Se vio arrebatado de la tierra. Hercúleas manos le arrancaron la ropa y el libro – que voló por los aires hasta desaparecer y lo devolvieron violentamente al suelo. En medio de la hecatombe, perdió el conocimiento.

Tras un tiempo, recuperó la conciencia. Aturdido y sin saber dónde se encontraba, hizo el esfuerzo de levantarse. Camino tres pasos y comenzó a trompicarse hasta caer de bruces. Su enjuto cuerpo estaba completamente rebozado en arena. El expolio cometido por el viento le había causado sendas heridas, de las cuales manaba una sangre densa, terrosa. Algunas gotas caían en el suelo, formando diminutas esferas rojas que se quedaban por un momento en la superficie para después ser absorbidas por los granos de arena. El inoportuno calor se metía en la lacerada carne, provocándole un prurito insoportable en todo el cuerpo. Parecía el final del justo. Giró el cuerpo boca arriba y, concentrando la poquísima fuerza que le restaba en el abdomen, pudo sentarse de mala manera, apoyándose con la palma de las manos. El desierto parecía haberse sosegado; sin embargo, su silencio tenía algo de aciago.

No bien pudo enfocar la vista, contempló frente a sí una hórrida imagen: una desgastada anciana de desagradable y espantoso aspecto, que arrojaba por la boca lenguas de fuego y humo, se acercaba a donde él yacía. Llevaba los cabellos tiesos y alborotados. Iba semidesnuda, enseñando orgullosa sus pechos secos y colgantes. Sostenía en la mano izquierda un libro cerrado del cual se veían salir varias serpientes, apretando muchas otras con la diestra, que iba esparciendo por el suelo. El santo se quedó perplejo. El delirio lo había hecho su presa

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Orígenes fue salvado milagrosamente por su discípulo Cipriano, quien había decidido visitar a su maestro para traerle harina de trigo y vino, aprovechando un viaje a Jerusalén. Al no encontrarlo y ver su cueva hecha una ruina, se dio a la tarea de buscarlo. Lo encontró balbuciendo cosas extrañas y en un estado tan penoso que decidió llevárselo con él a la ciudad para que algún médico lo atendiera.

Una vez recuperado, Orígenes terminó su Hexapla y su De Principiis (que Cipriano había rescatado azarosamente de entre la arena) en Cesarea de Palestina. Su estancia en el desierto había acabado. Había aprendido todo lo que la soledad le quiso enseñar.

Estas son las líneas que cierran de su De principiis:

Cualquier ley sin su llave de lectura es una mera vigencia sin contenido que termina supliendo a Dios y convirtiéndose en la vida misma. La vida hecha escritura y la escritura hecha vida

El justo es aquel que interpone el deber entre él y su Creador. Obnubilado por su propio mérito, es incapaz de esperar por el destino común de la humanidad: la salvación de todos los hombres. El justo es aquel que se cree salvo por cumplir el precepto, y juzga a los demás despiadadamente. Y como toda esperanza la ha puesto en su voluntad, ésta se convierte en su Dios. La aridez es la condena de su alma; el hartazgo, su señal exterior. Se odia por fracasar y odia secretamente al Señor por su fracaso.

¡Ay de vosotros, justos, porque habéis retirado la llave del conocimiento; no habéis querido entrar por la puerta de la ley, pero tampoco habéis permitido que se cerrara!

Apiádate de ellos, Señor.

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Las obras de Orígenes fueron consideradas heréticas por el Segundo Concilio de Constantinopla en el año 553, convocado por el Sacrosanto emperador Justiniano I.


lunes, abril 12

Viaje a Ixltán (Oaxaca)














viernes, abril 9

Estado-araña


Hace seis meses recibí un mensaje en mi celular que decía: “por disposición oficial usted tiene que registrar su número celular…”. Me enojé. Mucho. ¿Por qué tengo que registrar mis datos personales, mi sexo sobre todo, en una base anónima? Qué cinismo. El Estado mexicano es corrupto hasta en sus entrañas más íntimas. Políticos, policías y altos mandos del ejército coludidos con el narcotráfico son el pan nuestro de cada día. Por favor: ¿a quién quieren engañar? El uso de mis datos personales puede ser cualquiera: para bien o para mal. Un Estado fallido pretendiendo que no lo es. Pretendiéndolo con la amenaza, con el poder, pero sin autoridad alguna. Con todo, y después de una larga cavilación, me dije: “bueno, debe ser un medio efectivo para evitar la extorsión, el secuestro y demás porquerías patrocinadas por la tecnología celular”. Envíe el mensaje. Como es natural, en algo me equivoqué: recibí un mensaje de mi intento fallido. Volví a la carga, con más tiento: nada, me equivoqué otra vez. A veces, eran la mayúsculas, otras, la minúsculas… Cuatro intentos. Error. Creo que ahora lo que me faltaba era mayor espiritualidad. Una vez más: parece que mis pecados personales eran demasiados para darme de alta. En fin, no pude.

Como el sistema de registro era inextricable, el ciudadano de a pié desconfía sanamente de cualquier intimidad con el Estado y el pueblo llano es negligente, nadie registró su número. El Estado-araña arremetió en estas últimas semanas: “Si no hay registro, no hay comunicación”. ¿Qué?, ¿Cómo?, ¿Cuándo?, ¿Dónde? ¡Dios mío! A ver, a ver: El Estado, y no sólo en el gobierno del autoritario de Calderas, sino desde Victoriano Huerta, ha fomentado una guerra civil ilegal o legal en este pobre país. El miedo, la inseguridad, y en definitiva, el llanto y rechinar de dientes, han sido la materia de lo que ha estado construida la realidad cotidiana del mexicano, y más a últimas fechas, con la militarización del país. ¿En qué cabeza cabe exigir a los ciudadanos, temerosos de su gobierno, de sus leyes, de sus intrigas, registrar sus datos personales en una base que maneja nuestro contrahecho Estado? Poder sin autoridad, autoridad sin ley: ¿no es verdad que la soberanía, dice la Constitución, reside y permanece en el pueblo? Si nuestro es el poder absoluto y perpetuo de un República, entonces ¿por qué se nos imponen cosas que ni siquiera se nos han consultado? Ah, ya me acordé: por la representatividad que tiene el parlamento. Ja, ja, ja. Identidad entre legisladores y voluntad popular. O sea: por un acto privado y cuantitativo, como es el voto, doy un poder público y cualitativo. Por un voto de un minuto, doy años de poder legislativo a unos cuatitos. Además, no los podemos despedir cuando incumplen (como reyezuelos: sólo son responsables frente a su conciencia), pero ellos sí pueden hacer renunciar al Presidente. No, no, no. Desproporción sin igual. La Inquisición mexicana fue, al menos en este punto, más franca que nuestro moderno “Estado de derecho” al condenar en 1808 la doctrina de la soberanía popular como una herejía. Nuestro Estado-inquisición no la condena, la hace desaparecer, tras el perverso velo legitimador de la “identidad democrática y liberal entre gobernantes y gobernados”. La representación. ¡Ay la representación! El hombre hecho para la ley; el hombre convertido en ley. El “pueblo” como concepto legitimador de los peores horrores.

No creo que tal registro solucione en nada los delitos. Es, como siempre, querer tapar el sol con un dedo. Es, de nuevo, el cortillo de luces de Caldi queriendo imponer sus frivolidades. Se crearán nuevos medios para intimidar a las personas, se fabricarán chips que no tengan registro, se utilizarán identidades ajenas para cometer fechorías, inventarán CURPS, etc.

El día de mañana, quien no haya podido (por no tener CURP, como cientos de miles de personas, sobre todo aquellas que se encuentran por su condición social expulsadas del Estado) o querido por sentido común registrar su celular, sentirá la imposición de un poder sin legitimación, la afilada pata velluda de nuestro arácnido Estado: cancelarán el uso del principal instrumento de comunicación. ¿Y el enojo, la impotencia, el sentimiento de injusticia de los ciudadanos? Ah, lo olvidaba: por el voto mayoritario, el Estado y los poderes de la unión pueden hacer lo que le salga de sus malhadados huevos.

lunes, marzo 8

El verdadero órganon de la filosofía es el sentimiento estético, dicen…


Estoy convencido de que el más alto acto de la razón, aquél que reúne todas las ideas, es un acto estético, y de que la verdad y la bondad están unidas como hermanas sólo en la belleza

¿Schelling? ¿Hölderlin? ¿Hegel?
El más antiguo programa sistemático del idealismo alemán
c. 1795-7



Si la intuición estética es sólo la intuición intelectual objetivada, se comprende de por sí que el arte sea el órganon y el documento único y verdadero, y al mismo tiempo eterno, de la filosofía; el cual nos dice siempre constantemente una y otra vez lo que la filosofía no puede llegar a exponer exteriormente, es decir, lo que hay de inconsciente en la conducta y en la creación y su originaria identidad con lo consciente. El arte es lo más alto para el filósofo porque le abre, por decirlo así, el acceso al santuario en el que, en una unión eterna y original, arde en una sola y única llama aquello que en la naturaleza y en la historia está separado, y aquello que en la vida y en la acción, así como en el pensamiento, huye eternamente. […] El arte es el único órganon de toda la filosofía.

Schelling
Sistema del idealismo trascendental, "Deducción de un órgano de la filosofía"
1800


¿…Vasconcelos educador?

sábado, febrero 27

Más monstruosidades

Siento, de verdad, poner esto. Pero es ilustrativo en muchos puntos. ¿Alguien por ahí ha leído el libro de Millbank y Zizek? Digo, por si puede contar algo.

martes, febrero 16

lunes, febrero 15

Giorgio Agamben dixit:


Un día la humanidad jugará con el derecho, como los niños juegan con los objetos en desuso no para restituirles su uso canónico sino para librarlos de él definitivamente. Lo que se encuentra después del derecho no es un valor de uso más propio y original, anterior al derecho, sino un uso nuevo que nace solamente después de él. Inclusive el uso, que se ha contaminado con el derecho, debe ser liberado de su propio valor. Esta liberación es deber del estudio o del juego. Y este juego estudioso es el paso que permite acceder a esa justicia, que en un fragmento póstumo Benjamin define como un estado del mundo en el cual éste aparece como un bien absolutamente inapropiable e imposible de subsumir en un orden jurídico.

jueves, diciembre 3

Carl Schmitt dixit:


Nietzsche, con su voluntad de poder, representa la cima de la más miserable falta de gusto y estupidez existencial.

jueves, noviembre 12

Apocalipsis.

miércoles, noviembre 11

miércoles, septiembre 30

Eros melancólico. Por Giorgio Agamben (1)


La misma tradición que asocia el temperamento melancólico con la poesía, la filosofía y el arte, le atribuye una exasperada inclinación al eros. Aristóteles, después de haber afirmado la vocación genial de los melancólicos, coloca de hecho la lujuria entre sus características esenciales:

El temperamento de la bilis negra ‑escribe‑ tiene la naturaleza del soplo… De aquí proviene el que, en general, los melancólicos sean depravados, porque también el acto venéreo tiene la naturaleza del soplo. La prueba es que el miembro viril se hincha de improviso porque se llena de viento.

A partir de ese momento, el desarreglo erótico figura entre los atributos tradicionales del humor negro (2); y si, análogamente, también al acidioso se le representa en los tratados medievales sobre los vicios como “φιλήδονς” y Alcuino puede decir de él que “se entorpece en los deseos carnales”, en la interpretación fuertemente moralizada de la teoría humoral de Hildegard von Bingen el Eros anormal del melancólico toma de plano el aspecto de una agitación sádica y salvaje:

[los melancólicos] tienen grandes huesos que contienen poca médula, la cual sin embargo arde con tanta fuerza, que éstos son incontinentes con las mujeres como víboras… son excesivos en la libido y sin medida con las mujeres como asnos, tanto, que si cesaran en esta depravación, fácilmente se volverían locos… su abrazo es odioso, tortuoso y mortífero como el de los lobos rapaces… tienen comercio con las mujeres, y no obstante les tienen odio (3).

Pero el nexo entre amor y melancolía había encontrado ya desde hacía tiempo su fundamento teórico en una tradición médica que constantemente considera amor y melancolía como enfermedades afines si es que no idénticas. En esta tradición, que aparece ya cumplidamente en el Viaticum del médico árabe Haly Abbas (que, a través de la traducción de Constantino Africano, influyó profundamente en la medicina europea medieval), el amor, que comparece con el nombre de amor hereos o amor heroycus, y la melancolía se catalogan entre las enfermedades de la mente en rúbricas contiguas (4) y a veces, como en el Speculum doctrínale de Vicente de Beauvais, figuran directamente en la misma rúbrica: “de melancolia nigra et canina et de amore qui oreos dicitur”. Es esta proximidad sustancial de la patología erótica y de la melancólica la que encuentra su expresión en el De amore de Ficino. El proceso mismo del enamoramiento se convierte aquí en el mecanismo que desquicia y subvierte el equilibrio humoral, mientras que, a la inversa, la empedernida inclinación contemplativa del melancólico lo empuja fatalmente a la pasión amorosa. La terca síntesis figural que resulta de ello, y que lleva a Eros a asumir los oscuros rasgos saturninos del más siniestro de los temperamentos, habría de seguir obrando durante siglos en las imágenes populares del enamorado melancólico, cuya caricatura enflaquecida y ambigua hace su aparición durante algún tiempo entre los emblemas del humor negro en el frontispicio de los tratados del siglo XVII sobre la melancolía:

Adondequiera que se dirija la asidua intención del alma, allí afluyen también los espíritus, que son el vehículo o los instrumentos del alma. Los espíritus son producidos en el corazón con la parte más sutil de la sangre. El alma del amante es arrastrada hacia la imagen del amado inscrita en la fantasía y hacia el amado mismo. Allá son atraídos también los espíritus y, en su vuelo obsesivo, se agotan. Por eso es necesario un constante re abastecimiento de sangre pura para recrear los espíritus consumidos, allí donde las partículas más delicadas y más transparentes de la sangre exhalan cada día para regenerar los espíritus. A causa de esto la sangre pura y clara se diluye y ya no queda más que sangre impura, espesa, árida y negra. Entonces el cuerpo se deseca y caduca, y los amantes se vuelven melancólicos. Es de hecho una sangre seca, espesa y negra la que produce la melancolía o bilis negra, que llena la cabeza con sus vapores, seca el cerebro y oprime sin descanso,día y noche, el alma con tétricas y espantosas visiones… Es por haber observado este fenómeno por lo que los médicos de la antigüedad afirmaron que el amor es una pasión cercana al morbo melancólico. El médico Rasis prescribe así, para curarse de él, el coito, el ayuno, la embriaguez, la marcha…(5)

En el mismo pasaje, el carácter propio del eros melancólico es identificado por Ficino con una dislocación y un abuso: “esto suele suceder”, escribe, “a aquellos que, abusando del amor, transforman lo que compete a la contemplación en deseo de abrazo”. La intención erótica que desencadena el desorden melancólico se presenta aquí como la que quiere poseer y tocar aquello que debería ser sólo objeto de contemplación, y el trágico desarreglo del temperamento saturnino encuentra así su raíz en la íntima contradicción de un gesto que quiere abrazar lo inasible. Es en esta perspectiva en la que se interpreta el pasaje de Enrique de Gante que Panofsky pone en relación con la imagen dureriana y según el cual los melancólicos, “no pueden concebir lo incorpóreo”, en cuanto tal, porque no saben “extender su inteligencia más allá del espacio y de la grandeza”. No se trata simplemente aquí, como se ha señalado, de un límite estático de la estructura mental de los melancólicos que los excluya de la esfera metafísica, sino más bien de un límite dialéctico que toma su sentido en relación con el impulso erótico de transgresión que transforma la intención contemplativa en “concupiscencia de abrazo”. Es decir que la incapacidad de concebir lo incorpóreo y el deseo de hacer de ello objeto de abrazo son las dos caras del mismo proceso, en el transcurso del cual la tradicional vocación contemplativa del melancólico se revela expuesta a un trastorno del deseo que la amenaza desde dentro (6).

Es curioso que esta constelación erótica de la melancolía haya escapado tan tenazmente a los estudiosos que han tratado de rastrear la genealogía y los significados de la Melancolía dureriana. Toda interpretación que prescinda de esa pertenencia fundamental del humor negro a la esfera del deseo erótico, por más que pueda descifrar una a una las figuras inscritas en su torno, está condenada a pasar de largo junto al misterio que se ha plasmado emblemáticamente en esa imagen. Sólo si se comprende que se sitúa bajo el signo de Eros es posible custodiar y a la vez revelar su secreto, cuya intención alegórica está enteramente subtendida en el espacio entre Eros y sus fantasmas.

Notas:

(1) Capítulo Tercero, extraído de “Estancias. La palabra y el fantasma en la cultura occidental”. Ed. Pre-textos. 1995. Versión original en italiano de 1977. Giulio Einaudi editore s. p. a., Torino

(2) La asociación entre melancolía, perversión sexual y eretismo figura todavía entre los síntomas de la melancolía en textos psiquiátricos modernos, como testimonio de la curiosa fijeza del síndrome atrabiliario a través del tiempo.

(3) Cause et curae, ed. Kaider, Leipzig, 1903, p. 73, 20 ss.

(4) Así, Arnaldo da Villanova (Liber de parte operativa, en Opera, Lugduni, 1532, fol. 123‑50) distingue cinco especies de alienatio; la tercera es la melancolía, la cuarta es “alienatio quam concomitatur immensa concupiscentia et irrationalis: et graece dicitur heroys… et vulgariter amor, et a medicis amor heroycus».

(5) M. FICINO, De amore, ed. crítica al cuidado de R. Marcel. París, 1956, VI. 9.

(6) En esta perspectiva, la “melancholia illa heroica” que Melanchton, en un pasaje del De anima que no había escapado a la atención de Warburg, atribuye a Durero, contiene verosímilmente una referencia a aquel amor heroycus que, según la tradición médica repetida por Ficino, era precisamente una especie de melancolía. Esta proximidad de amor y melancolía, según la medicina medieval, explica también el ingreso de Dame Merencolie en la poesía amorosa de los siglos XIII y XIV

martes, septiembre 8

Orígenes (segunda entrega).

Tristeza había posado su lerda mano en la cabeza del santo. Ahora la realidad se le presentaba sin mediación alguna ante los ojos. Los velos de esperanza con los que todos los días la vestía, se desgarraban. El viento le lamía el rostro y le enmarañaba, afanoso, el cabello; la arena hacía contacto en cien mil puntos con su piel. Los olores y los ruidos del desierto se filtraban pesadamente en su conciencia. La duración de las cosas comenzó a abrumarlo. Sintió su cuerpo. Lo inspeccionó con el alma: los golpes a destiempo del corazón, el leve escozor de los ojos por el humo de la fogata, el dolor quemante en la boca del estómago, las llagas en la lengua, aquélla vertebra en la espalda alta que le pellizcaba un nervio y la sutil termita que roía su cabeza día y noche. El doloroso presente de las cosas. El tiempo finito en la carne; el tiempo infinito en la materia: su férreo estar y haber estado siempre.

El asceta había dedicado un capítulo de su Tratado sobre la Oración a la acedia: sus síntomas, sus peligros y el modo de conjurarla. Había aprendido de su padre espiritual, Clemente de Alejandría, que el único lenitivo contra este enemigo del alma era la oración y la actividad continua y ordenada. Sin embargo, se encontraba perplejo. En una mano aferraba nerviosamente la vitela con el pulgar, el índice y el medio; en la otra, la pluma con la tinta ya petrificada. Llevaba la voluntad a las piernas, a los brazos, pero no lograba ningún movimiento.

Después de varios intentos, pudo levantarse. Sacudió la arena de sus muslos y rodillas y se dirigió a la cueva. Tomó su flauta de bambú de cuatro orificios, se colocó de pié frente al fuego y comenzó a tañer una hermosa melodía que la tradición atribuía a Policarpo de Esmirna. Su padre la interpretaba con frecuencia al atardecer. A los seis años le obsequió su primera flauta y le enseñó la melodía, advirtiéndole que había sido compuesta por el obispo de Esmirna para consolar a los cristianos que se dirigían junto con él al martirio. Esta aclaración de su padre le había impresionado con tal hondura, que había decidido sólo tocarla en momentos de especial angustia.

Las notas, sobrias y alentadoras, se deslizaban con gran sonoridad por el aire. Cada una de ellas acompañaba a los instantes, dotándoles, con su belleza, de un momento de eternidad. La música vibraba en sus oídos, dulcificando su tristeza hasta convertirla en vaga nostalgia. El cuerpo comenzaba a distenderse; el ritmo de la música se comunicó a la espalda, el cuello, los hombros, las piernas: el asceta comenzó a danzar al son de la flauta. No obstante los pesados años que encorvaban su espalda, sus movimientos eran de una armonía felina. El asceta terminó la catarsis extendiendo con su aliento la vida de la última nota lo más que pudo.

Se acercó al oasis y bañó de luna su rostro. Se tranquilizó. Rezó. Fue por más hojarasca a su celda para avivar el fuego. También tomó el libro de los salmos y una vitela nueva. Por la posición de la luna pudo calcular que amanecería pronto.

(La acometida, al menos ahora, había terminado; mas Tristeza y su compacto ejército lo cernían a la distancia.)

El santo había decidido proseguir con la traducción de los Salmos para ocupar sus sentidos. Revisó las traducciones que había hecho el día anterior. Paró sus cansadas mientes en el salmo 12: “¿Hasta cuándo Señor? ¿Te olvidaste de mí de todo en todo? ¿Hasta cuándo esconderás de mí tu rostro? ¿Hasta cuándo revolveré dolores en mi alma, pena en mi corazón diariamente? ¿Hasta cuándo sobre mí se alzarán mis enemigos?...” Pensó en David, en sus pecados, en sus despropósitos. Pidió prestadas sus manos, rezó con él: “Ya he puesto en tu misericordia mi esperanza. Mi corazón exulte por tu auxilio, y cante yo al Señor, que me da bienes.”

¿Pero no era su esperanza más denodada que la del sabio rey? La suya no sólo esperaba por la salvación de su alma, sino por la de todos los hombres. ¿No exigía su esperanza una misericordia más grande que la añorada por el rey David? ¿Acaso no era más propio esperar en la misericordia divina con una oración venida del “nosotros”, una oración cristiana?: “venga a nosotros tu reino…, perdona nuestras ofensas…, el pan nuestro de cada día dánoslo hoy…, no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal.” ¿No era el nosotros únicamente posible por la encarnación del Verbo? ¿No era la comunión y el amor el nuevo logos de todo el universo?

Dijo en alto: “Que todos seamos uno, Padre, como yo soy uno en ti, y tú uno en mí, así sean ellos en nosotros, para que crea el mundo que tú me has enviado… Yo en ellos y tú en mí, a fin de que sean consumados en la unidad y conozca el mundo que tú me has enviado y los has amado como tú me amaste”.

Abandonó por un momento su labor de traducción y tomó la vitela que había lijado. Empapó la pluma en la tinta púrpura. Escribió apresuradamente:

El destino del hombre no es un destino aislado, es un destino común: un destino en la comunión, en la unidad.”

Leyó la idea en voz baja. Sabía que este párrafo era el inicio de un capítulo que él no se había propuesto escribir. Puso por título, en la parte superior de la vitela: Capítulo 6: “En el fin o en la consumación”. El orto comenzaba a desterrar las tinieblas nocturnas: el asceta había pasado la prueba.

Ese día no escribió ni una línea más en su De principiis. No se dedicó más que a seguir traduciendo hasta el final de la hora sexta, cuando el hambre obnubiló todas sus facultades intelectuales. Asó una pequeña serpiente y la acompañó con una hemina de agua endulzada con la miel que los dátiles exudaban. Ejercitó su cuerpo durante la mitad de tiempo de la hora nona; la otra mitad la ocupó para bañarse. Poco antes de las vísperas, tomó el aceite ceremonial de romero y marcó su pecho, las manos, el cuello y la frente con la señal de la Cruz. Sacudió la toga y se la colocó, ciñéndola con una cuerda que había hecho con fibras de palmera real. Tomó un vaso de madera que tenía labrado la imagen del Buen Pastor y lo llenó con el vino dulce que hacía una semana le había traído de Cartago uno de sus discípulos predilectos, Cipriano. Colocó el cáliz en una piedra plana que estaba cerca de su morada. Abrió un cofre de madera donde guardaba los panes de harina de trigo que cocía una vez a la semana, el día del Señor, y en cuya tapa se podía leer: “Porque desde donde sale el sol hasta su ocaso, mi nombre es grande entre los pueblos y en todo lugar se sacrifica y se ofrece a mi nombre una oblación pura. Mal 1, 11”. Tomó uno y lo colocó a un lado del cáliz. Imponiendo las manos sobre éste último, pronunció estas palabras: “Te damos gracias, Padre nuestro, por la santa viña de David tu siervo, la que nos diste a conocer a nosotros por medio de Jesús, tu siervo. A ti la gloria por los siglos”. Y luego, sobre el trozo de pan: “Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y el conocimiento, que nos diste a conocer por medio de Jesús, tu siervo. A ti la gloria por los siglos. Como este fragmento estaba disperso sobre los montes, y reunido se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino. Porque tuya es la gloria y el poder, por Jesucristo, por los siglos.”

Una vez pronunciadas las fórmulas, el santo comió y bebió el pan y el vino eucaristizados. Sabía que a pesar de estar solo, en su carne, por la carne del Señor, estaba la humanidad entera. Después de cenar, pronunció la acción de gracias: “Te damos gracias, Padre santo, por tu santo nombre que hiciste morar en nuestros corazones, y por el conocimiento, la fe y la inmortalidad que nos has dado a conocer por Jesús, tu siervo. A ti la gloria por los siglos. Acuérdate, Señor, de tu Iglesia, para librarla de todo mal y hacerla perfecta en tu caridad, y congrégala desde los cuatro vientos, santificada, en tu reino que le has preparado. Porque tuyo es el poder y la gloria por los siglos. Venga la gracia y pase este mundo. Hosanna al Dios de David. El que sea santo, que se acerque. El que no lo es, que se arrepienta. Marán athá. Amén.” Se sintió reconfortado. Lavó el cáliz con agua y un paño de lino, mismo que utilizó para sacudir el polvo desértico del cofre. A penas apoyó la cabeza en el duro suelo de su morada, el sueño lo dejó inconsciente. Durmió sin soñar.

miércoles, agosto 26

Orígenes (primera entrega).

El asceta se levantó. El alba despuntaba y su escuálida sombra comenzaba a dibujarse en el fondo de la cueva. Besó el suelo, se arrodilló con dirección al este y rezó el Akathistos. Se puso de pié y, con las manos cruzadas sobre el pecho, recitó en copto el salmo 50. Salió al encuentro con el desierto, que a esa hora (la octava media hora) todavía mostraba cierta piedad. Se acercó al oasis y lavó con ternura su barba y su largo cabello. El pecho y los sobacos después. Tomó agua con recato. Mojó sus pies, ahora convertidos en almohadillas de animal salvaje. Postrado al lado del oasis, mientras el sol consumía el agua en sus carnes, rezó el padrenuestro en varias lenguas.

(La cara es tierra arcillosa fracturada en infinitas líneas por los incisivos punzones del sol. Las manos son arbustos crispados y las barbas, liquen de bosque umbrío. Las piernas arqueadas son raíces secas que sostienen el flaco tronco. Los labios están cuarteados por las zanjas del arado)

Sintió la soledad y el calor del desierto; sintió la soledad y el calor aún más injurioso del desierto interior. Hacía tres años que vagaba por las abrasadoras dunas, que comía raíces y reptiles, que dormía apretando involuntariamente la mandíbula y chirriando los dientes, que tenía raros sueños que provocaban la efusión involuntaria de su simiente; hacia dos que su fe sólo descansaba en un puro querer creer. El Señor lo había abandonado y, a pesar de reconocer la prueba, comenzaba a dudar de su fuerza.

Tomó un puñado de arena y vio con nostalgia la representación del infinito en los minúsculos granos que escapaban de sus manos. El infinito de lo mismo lo aterraba. Su rutina, puesta entre dos espejos, le parecía más insoportable que la Gehena. Si no había Paraíso, todo su dolor, su mérito, serían absurdos, infinitamente absurdos. Se había lanzado al desierto con el afán de la Perfección, mas el progreso espiritual –había llegado a comprender– siempre estaba un paso adelante de su vida.

Regresó a la cueva y limpió el suelo con una rama seca de palmera. Se sentó en una piedra, tomó un cuenco repleto de dátiles y comió un par. Tomó la vieja toga blanca –de sus años de profesor de catecúmenos en Alejandría– y la puso en el enjuto cuerpo. Hacía tiempo que ya no usaba las sandalias. Tocó distraídamente sus hinojos y se sorprendió de lo duros y resecos que estaban: parecían dos piedras devoradas por musgo grisáceo. Los rayos del Sol ya bañaban todas las paredes de la cueva; era hora del estudio. Se dirigió a la zona más profunda de la gruta y retiró la enorme tela que cubría un monte informe de libros. La extendió en el suelo, lo más cerca de la entrada, y acomodó seis libros en ella. Movió el corazón hacia el Señor y repitió de memoria el capítulo primero del Evangelio de San Juan. Tocó su frente, sus ojos, sus labios, su corazón y comenzó a traducir los primeros Salmos del rey David del hebreo al griego. Cada vez que terminaba uno, comparaba su versión con la de Aquila de Sinope. Se dedicó todo el día a esta labor. Tenía pensado terminar su Hexapala a más tardar en siete lunas nuevas, y para esto necesitaba una gran disciplina y concentración. Cenó con los últimos rayos del crepúsculo un par de dátiles, una mezcla de raíces de arbustos y un vaso de savia de cacto con agua. Recitó de memoria pasajes de la primera carta San Juan y, cuando acabó, se quito la toga, la sacudió y se echó a dormir desnudo sobre ella.

Esa noche soñó que caminaba por una bella playa de Cesárea de Palestina en compañía de su maestro, Ammonio Saccas. El agua del Mediterráneo llegaba perezosa a sus pies y el Sol penetraba sus espesas barbas, dejando algunos fragmentos estelares que titilaban por unos instantes. Tomó con familiaridad el brazo del maestro y le preguntó: “¿Hay un Todopoderoso?” El onírico personaje respondió casi al instante y sin turbarse: “No lo hay”. El asceta volvió a preguntar: “¿Existe un Todopoderoso?” La respuesta volvió a ser rápida y reposada: “No existe”. Siguieron caminando en silencio con paso firme durante algún tiempo. El santo soltó intempestivamente a su viejo amigo y se fue a refugiar a las piedras en forma de vientre abierto de un despeñadero que hundía su fundamento en el mar. Lloró. Odió a su maestro. Sintió miedo de la oscuridad.

Al despertar, notó un sabor metálico en la boca. Escupió sobre su mano, la acercó a los lechosos rayos lunares y pudo observar el color rosado de su saliva: había apretado con tal fuerza la mandíbula que las encías le sangraban. Se levantó y rezó el salmo 50. Era media noche y el frío le atería los músculos. Buscó su piel de cordero y la puso sobre sus breves carnes. Salió de la cueva y contempló el desierto, embebido de luna. Una tristeza amarga le invadió; sintió las cálidas gotas salinas por sus mejillas, las cuales dejaron un recorrido tibio en su rostro hasta perderse en el laberinto de la barba. Rasco su pecho, arrancando algunos sonidos de madera crepitante. Hipnotizado por el olor calizo de la arena, se sentó en el suelo y, con la cabeza inclinada de lado, miraba sin ver. El sopor quería vencerlo, pero el viento helado le mordía los riñones. La luna resplandecía en la parte alta de su cabeza, donde el pelo escaseaba y el lustroso cráneo comenzaba a convertirse en un espejo de luz. Vista de perfil, la figura del asceta, recortada por una finísima línea plateada contra el fondo obscuro de la cueva, era de una bella debilidad.

Finalmente decidió levantarse. Se acercó al oasis y bebió dos sorbos de agua. Sabía que el sueño, una vez que lo había abandonado, no volvería hasta la noche siguiente, así que decidió hacer una fogata y seguir escribiendo su libro De principiis. Tomó el pedernal, algunas ramas secas de palmera que apilaba en su cueva y un poco de aceite de la lámpara. El fuego abrasó la hojarasca en un santiamén, proporcionando buena luz y calor al santo.

Fue a buscar la fina tinta de murex que le había regalado uno de sus discípulos de Alejandría, mojó con delicado movimiento el cálamo biselado de una pluma de cisne y anotó con hermosas letras púrpuras en una vitela nueva:

Dios conoce indefectiblemente el futuro del hombre, por lo que éste se encuentra predestinado a la salvación o a la condenación. Preexiste en la mente de su Creador como salvo o como anatema.

Hay, pues, una doble predestinación: el infierno o el cielo. Un número determinado de hombres se encuentra sufriendo las penas eternas del Tártaro y un número determinado de hombres goza de las delicias infinitas del Divino Rostro.

“¿Cómo es posible–se dijo el asceta– que Dios cree a seres predestinados a la condenación eterna? ¿Hemos de vivir cargando la insoportable certeza de que algunos hermanos se han condenado y sufren por toda la eternidad? ¿Hemos de tener alegría en nuestro paso por esta tierra, sabiendo que gente querida por nosotros sufre lo indecible por los siglos de los siglos?¿Podemos contemplar sin rastro de preocupación el sublime rostro del Señor, mientras el hermano desespera perpetuamente en el Lago de Fuego?”

Tomó inmediatamente la lija de piedra y talló, hasta hacerlo desaparecer, el texto que acababa de escribir. Era la primera vez que borraba un párrafo entero.

Gruesas gotas de sudor, nacidas en el cuero cabelludo, corrían por la frente del santo hasta toparse con las hondas arrugas, en donde se distribuían verticalmente. El incendio comunicaba una luz intensa y un calor casi insoportable. El cráneo destellaba en la parte frontal, tras el sutil velo de cabello. Los ojos, casi cerrados por el peso de los párpados superiores, reflejaban dos pequeños fuegos. No se sentía bien: tenía una extraña taquicardia y escalofríos le recorrían la espina dorsal.

“El Señor no vendrá ni hoy ni mañana –pensó el santo–. La Parusía se ha dilatado demasiado; nuestra esperanza no puede estar fincada en estos cielos y en esta tierra. Nuestra esperanza, entonces, ha de incluir a todas las generaciones de hombres que vendrán después de nosotros, y que serán muchas. El Señor no ha venido en estos días y quién sabe cuándo decida hacerlo…”

La cavilación del santo se vio repentinamente interrumpida por una memoria–el azar da los pensamientos y el azar los quita–: recordó a los jóvenes catecúmenos que le habían sido encomendados para instruirlos en el Credo de Cristo. “Hijitos –les decía–, prepárense, pues el Señor prometió su advenimiento en un breve tiempo. Estén atentos y con suficiente aceite para sus lámparas. Verán al Cristo descender en su Gloria, al Cordero degollado separando a los suyos de los cabritos. Aquéllos vivirán para siempre en el gozo de la Belleza; éstos, en cambio, sufrirán el llanto y el rechinar de dientes. El amor y el odio son los únicos caminos que se pueden elegir en nuestro paso terreno. Amen y serán salvos; odien y serán maldecidos…”

Pero el Señor no vendría, y el hombre era demasiado débil para jugarse el destino en medio instante de la eternidad: su vida.

El asceta dijo en alto: “Déjame oír el gozo y la alegría, alégrense mis huesos triturados, y acaba de borrar mis culpas todas. Crea, oh Dios, para mí un corazón nuevo, y un espíritu firme en mí renueva…”

(La voz es extraña. Lejana. Ausente. El tono, terroso, es de una dulzura quejumbrosa.)

Estaba solo. Extrañaba a la mujer, al perro y a la uva; al niño, a la sombra del olivo, al verde prado. Extrañaba la brisa del Mediterráneo, el graznido del albatros y el ruido incesante de la mar. Estaba en el desierto con los huesos desecados, el alma turbada. Sentía necesidad de la madre, del padre: deseaba vivir como un mortal más.

“Señor, tu siervo te escucha, habla. Señor, en ti espero, en ti busco el reposo. Manda y obedeceré. Si es tu voluntad que siga en este desierto, estaré aquí hasta que mi sangre se evapore y riegue estas ardientes arenas… ¡Elohim!”

El desierto mudo. La luna argéntea guarda silencio. El fuego chisporrotea con absoluta normalidad. No sucede nada. El asceta no quiere engañarse oyendo lo que quiere oír: sus voces, esta vez, enmudecen: el consuelo refinado de la autocompasión no acude a su conciencia.

martes, agosto 18

Orígenes y la esperanza cristiana.


Este capítulo pertenece al primer libro de su obra De principiis. El texto no tiene desperdicio y su lectura es liberadora. ¿Qué opinan?


Chapter 6. On the End or Consummation.

1. An end or consummation would seem to be an indication of the perfection and completion of things. And this reminds us here, that if there be any one imbued with a desire of reading and understanding subjects of such difficulty and importance, he ought to bring to the effort a perfect and instructed understanding, lest perhaps, if he has had no experience in questions of this kind, they may appear to him as vain and superfluous; or if his mind be full ofpreconceptions and prejudices on other points, he may judge these to be heretical and opposed to the faith of theChurch, yielding in so doing not so much to the convictions of reason as to the dogmatism of prejudice. These subjects, indeed, are treated by us with great solicitude and caution, in the manner rather of an investigation and discussion, than in that of fixed and certain decision. For we have pointed out in the preceding pages those questions which must be set forth in clear dogmatic propositions, as I think has been done to the best of my ability when speaking of theTrinity. But on the present occasion our exercise is to be conducted, as we best may, in the style of a disputation rather than of strict definition.

The end of the world, then, and the final consummation, will take place when every one shall be subjected to punishment for his sins; a time which God alone knows, when He will bestow on each one what he deserves. We think, indeed, that the goodness of God, through His Christ, may recall all His creatures to one end, even His enemies being conquered and subdued. For thus says holy Scripture, The Lord said to My Lord, Sit at My right hand, until I make Your enemies Your footstool. And if the meaning of the prophet's language here be less clear, we may ascertain it from the Apostle Paul, who speaks more openly, thus: For Christ must reign until He has put all enemies under His feet.But if even that unreserved declaration of the apostle do not sufficiently inform us what is meant by enemies being placed under His feet, listen to what he says in the following words, For all things must be put under Him. What, then, is this putting under by which all things must be made subject to Christ? I am of opinion that it is this very subjection by which we also wish to be subject to Him, by which the apostles also were subject, and all the saints who have been followers of Christ. For the name subjection, by which we are subject to Christ, indicates that thesalvation which proceeds from Him belongs to His subjects, agreeably to the declaration of David, Shall not my soul be subject unto God? From Him comes my salvation.

2. Seeing, then, that such is the end, when all enemies will be subdued to Christ, when death— the last enemy— shall be destroyed, and when the kingdom shall be delivered up by Christ (to whom all things are subject) to God the Father; let us, I say, from such an end as this, contemplate the beginnings of things. For the end is always like the beginning: and, therefore, as there is one end to all things, so ought we to understand that there was one beginning; and as there is one end to many things, so there spring from one beginning many differences and varieties, which again, through thegoodness of God, and by subjection to Christ, and through the unity of the Holy Spirit, are recalled to one end, which is like the beginning: all those, viz., who, bending the knee at the name of Jesus, make known by so doing their subjection to Him: and these are they who are in heaven, on earth, and under the earth: by which three classes the wholeuniverse of things is pointed out, those, viz., who from that one beginning were arranged, each according to the diversity of his conduct, among the different orders, in accordance with their desert; for there was no goodness in them by essential being, as in God and His Christ, and in the Holy Spirit. For in the Trinity alone, which is the author of all things, does goodness exist in virtue of essential being; while others possess it as an accidental and perishable quality, and only then enjoy blessedness, when they participate in holiness and wisdom, and in divinity itself. But if they neglect and despise such participation, then is each one, by fault of his own slothfulness, made, one more rapidly, another more slowly, one in a greater, another in a less degree, the cause of his own downfall. And since, as we have remarked, the lapse by which an individual falls away from his position is characterized by great diversity, according to the movements of the mind and will, one man falling with greater ease, another with more difficulty, into a lower condition; in this is to be seen the just judgment of the providence of God, that it should happen to every one according to the diversity of his conduct, in proportion to the desert of his declension and defection. Certain of those, indeed, who remained in that beginning which we have described as resembling the end which is to come, obtained, in the ordering and arrangement of the world, the rank of angels; others that of influences, others of principalities, others of powers, that they may exercise power over those who need to have power upon their head. Others, again, received the rank of thrones, having the office of judging or ruling those who require this; others dominion, doubtless, over slaves; all of which are conferred by Divine Providence in just and impartial judgment according to their merits, and to the progress which they had made in the participation and imitation of God. But those who have been removed from their primal state ofblessedness have not been removed irrecoverably, but have been placed under the rule of those holy and blessedorders which we have described; and by availing themselves of the aid of these, and being remoulded by salutary principles and discipline, they may recover themselves, and be restored to their condition of happiness. From all which I am of opinion, so far as I can see, that this order of the human race has been appointed in order that in the future world, or in ages to come, when there shall be the new heavens and new earth, spoken of by Isaiah, it may be restored to that unity promised by the Lord Jesus in His prayer to God the Father on behalf of His disciples: I do not pray for these alone, but for all who shall believe in Me through their word: that they all may be one, as You, Father, are in Me, and I in You, that they also may be one in Us; and again, when He says: That they may be one, even as We are one; I in them, and You in Me, that they may be made perfect in one. And this is further confirmed by the language of the Apostle Paul: Until we all come in the unity of the faith to a perfect man, to the measure of the stature of the fullness of Christ. And in keeping with this is the declaration of the same apostle, when he exhorts us, who even in the present life are placed in the Church, in which is the form of that kingdom which is to come, to this same similitude ofunity: That you all speak the same thing, and that there be no divisions among you; but that you be perfectly joined together in the same mind and in the same judgment.

3. It is to be borne in mind, however, that certain beings who fell away from that one beginning of which we have spoken, have sunk to such a depth of unworthiness and wickedness as to be deemed altogether undeserving of that training and instruction by which the human race, while in the flesh, are trained and instructed with the assistance of the heavenly powers; and continue, on the contrary, in a state of enmity and opposition to those who are receiving this instruction and teaching. And hence it is that the whole of this mortal life is full of struggles and trials, caused by the opposition and enmity of those who fell from a better condition without at all looking back, and who are called the deviland his angels, and the other orders of evil, which the apostle classed among the opposing powers. But whether any of these orders who act under the government of the devil, and obey his wicked commands, will in a future world beconverted to righteousness because of their possessing the faculty of freedom of will, or whether persistent and inveterate wickedness may be changed by the power of habit into nature, is a result which you yourself, reader, may approve of, if neither in these present worlds which are seen and temporal, nor in those which are unseen and areeternal, that portion is to differ wholly from the final unity and fitness of things. But in the meantime, both in those temporal worlds which are seen, as well as in those eternal worlds which are invisible, all those beings are arranged, according to a regular plan, in the order and degree of their merits; so that some of them in the first, others in the second, some even in the last times, after having undergone heavier and severer punishments, endured for a lengthened period, and for many ages, so to speak, improved by this stern method of training, and restored at first by the instruction of the angels, and subsequently by the powers of a higher grade, and thus advancing through each stage to a better condition, reach even to that which is invisible and eternal, having travelled through, by a kind of training, every single office of the heavenly powers. From which, I think, this will appear to follow as an inference, that every rational nature may, in passing from one order to another, go through each to all, and advance from all to each, while made the subject of various degrees of proficiency and failure according to its own actions and endeavours, put forth in the enjoyment of its power of freedom of will.

4. But since Paul says that certain things are visible and temporal, and others besides these invisible and eternal, we proceed to inquire how those things which are seen are temporal— whether because there will be nothing at all after them in all those periods of the coming world, in which that dispersion and separation from the one beginning is undergoing a process of restoration to one and the same end and likeness; or because, while the form of those things which are seen passes away, their essential nature is subject to no corruption. And Paul seems to confirm the latter view, when he says, For the fashion of this world passes away. David also appears to assert the same in the words,The heavens shall perish, but You shall endure; and they all shall wax old as a garment, and You shall change them like a vesture, and like a vestment they shall be changed. For if the heavens are to be changed, assuredly that which is changed does not perish, and if the fashion of the world passes away, it is by no means an annihilation or destruction of their material substance that is shown to take place, but a kind of change of quality and transformation of appearance. Isaiah also, in declaring prophetically that there will be a new heaven and a new earth, undoubtedly suggests a similar view. For this renewal of heaven and earth, and this transmutation of the form of the present world, and this changing of the heavens will undoubtedly be prepared for those who are walking along that way which we have pointed out above, and are tending to that goal of happiness to which, it is said, even enemies themselves are to be subjected, and in which God is said to be all and in all. And if any one imagine that at the end material, i.e., bodily,nature will be entirely destroyed, he cannot in any respect meet my view, how beings so numerous and powerful are able to live and to exist without bodies, since it is an attribute of the divine nature alone— i.e., of the Father, Son, andHoly Spirit— to exist without any material substance, and without partaking in any degree of a bodily adjunct. Another, perhaps, may say that in the end every bodily substance will be so pure and refined as to be like the æther, and of a celestial purity and clearness. How things will be, however, is known with certainty to God alone, and to those who are His friends through Christ and the Holy Spirit.

viernes, agosto 7

Premio Nacional de Novela "Luis Arturo Ramos"


Hace unas semanas gané el Concurso Nacional de Novela "Luis Arturo Ramos". No pude asistir a la premiación, que fue en Boca del Río, en el Bocafest 2009. Acudieron mis papás y yo me limité a hacer un enlace en vivo desde Italia, donde me encuentro estudiando ahora.

Me cogió por sorpresa el premio, y me sorprendió aun más que El Caso de Armando Huerta (como se llama el libro) me diera esta alegría. Yo pensé que, si ganaba algo, sería con la otra novela, la que Mauricio ya me hizo el favor de leer.

La novela saldrá publicada en diciembre; no estaré en México para la presentación en la Feria de Guadalajara, pero sí para la del Palacio de Minería.

En fin, quería compartir mi alegría con ustedes y traer al blog un pretexto para brindar.

miércoles, julio 1

De cuando me miré en un fragmento de mi espejo.


Ese paso de confianza que da el dinero. Voz impostada, con el timbre constreñido por la frivolidad. El metal tan típico del aristócrata. Ella rubia, delgada, con los rasgos de sus antepasados celtas. No es guapo: rasgos acerados, buena estatura y la sana melena negra; pero el conjunto no brilla. Algo falla. Pero el dinero lo suple casi todo. En el andar, en la mirada denodada (sus ojos cetrinos se posan sin pudor en los míos), en la calidad ósea de su cuerpo, en cómo sutilmente la desprecia y ella, sin saberlo, lo acepta; ahí es donde brilla; ahí es atractivo (para quien pueda verlo. Ella puede).

Jóvenes.

Se sientan. Yo atrás, mirando a hurtadillas. Yo leyendo, mientras escucho. Yo interesado por la gélida belleza de ella. Todo en momentos consecutivos, con ausencias mínimas de tiempo; mas ausencias, al fin y al cabo. Ordena; ella acata. Todo en silencio: en los modos, en la elección del tema de conversación y su desarrollo: “si dices esto, yo lo redondeo; si crees que sabes más de este tema, te engañas: yo sé más; ¿crees que has reflexionado sobre eso más que yo? te equivocas, pues yo soy el hombre y tengo que primar. El Pene tiene que primar”. Verbo mental apenas concientizado. Modo sutil de gobierno sobre el otro, sobre ella. Espíritu que los gobierna y que ha gobernado su linaje. Ella lo acepta. No se da cuenta. Ríe. Se ensimisma. Tal vez lo intuya; tal vez le gusta. La buena cuna de ambos lo justifica.

Temas baldíos. El lenguaje es parco, lleno de expresiones vulgares que, como efluvios, ascendieron (y ascienden) de las clases bajas para posarse en las lenguas bien nutridas: "¿Neta?, ¡No manches!, ¡Pus me late!, ¿Neta?, ¡No manches!..." Pero el metal de alcurnia arropa lujosamente las expresiones, confiriéndoles licencia de expresión entre los reyezuelos. Y el tono suave, lento, arrastrado, lingual (yo diría más bien lengüil) con el que ella pronuncia “¿Neta?”, es excitante, erótico. También tiene ciertos visos de ridiculez. El suyo, en cambio, es alto, grave, cortesano. Su “¿Neta?” lleva el sello de la seguridad, seguridad fincada en el dinero y las amantes de su padre. En su futuro resuelto.

Expresso doble hasta las heces. Agua mineral con hielos. Cara de interés leyendo un libro eterno (La Historia del Cristianismo). Todo en momentos consecutivos, con ausencias mínimas de tiempo; mas ausencias, al fin y al cabo. Pienso en mí. Escribo esto como mirándome en un espejo. Ellos son mi espejo. Un fragmento del espejo.

Possente spirto de L´Orfeo. El viejo Monteverdi. Llovizna. Camino al coche con esquirlas de agua en los anteojos que fragmentan mi visión de la realidad.