lunes, enero 28

Square reader


Recién terminé de leer El cementerio marino. Lo leí, más o menos, en una hora, la primera vez. Lo releí en dos. Y tardé cerca de cuarenta minutos en transcribirlo. El estudio introductorio, me tomó un poco más y de nada sirvió estudiarlo –nunca pude encontrar el mentado juego entre vida y muerte-. Afortunadamente, ha tiempo me resigné a mi condición de lector prosaico. No puedo leer poesía. No me gusta. No quiero. No sé cómo. No la entiendo. Ni los sonetos sorjuanistas ni los versos de Hölderlin ni la vigorosa (sic) poesía de Valéry me dicen algo. Pareciera que estoy vacunado contra la analogía y la equivocidad. Las metáforas, en mi mente, escurren como agua en las manos. Toca el turno de Muerte sin fin. Ya sé lo que me espera: un par de lecturas, al menos, y la misma insatisfacción, ese mismo sinsabor que deja la estupidez en el fondo del paladar después de no entender un solo verso... Ni hablar. Habemos algunos que, sencillamente, no nacimos con euphya.

jueves, enero 17

Fríos pornógrafos

No te hagas, cristiano, un descreído que ya nada ve, pues en dádiva has recibido los ojos de la fe. No te dejes dominar de extrañas ideologías sin fundamento. Afirma la libertad cuando te es fácil negarla. Sé libre entre el gozo permanente y la apertura a lo nuevo. Justamente porque eres una persona cristianamente libre que no necesita atarse a nada terreno, reconoce la libertad de tus hermanos de fe que son creativos, y también la libertad de todos los prosélitos y piadosos que confesaron como tú a Dios y reconocieron lo divino. No te dejes convencer de que la cristiandad antigua viviera de espaldas al mundo. ¿De dónde le vino, entonces, ese amor a las cosas y ese conocimiento de sus leyes secretas, un amor y un conocimiento muy superiores a los que pueda tener el hombre actual? ¿O crees en serio que los pequeños constructos abstractos del hombre actual tienen más contenido de mundo, son más fieles a la tierra y concrecen más con ella (concreto) que las realizaciones de los grandes cristianos? ¿Quién conoce mejor al hombre en lo más íntimo: Villon y Grimmels-Hausen o los fríos pornógrafos de hoy? A éstos déjalos estar, y no te dejes seducir por unos cristianos que quieren hacerte creer que sólo en esa pornografía se descubre al hombre en toda su «gravedad pecadora» y sin aderezos pagano-idealistas.

(BALTHASAR, Hans: ¿Quién es cristiano?
Tr. Manuel Olasagasti. Ed. Sígueme,
Salamanca, 2000)

martes, enero 15

Algunas reflexiones teológicas sobre el amor.



A continuación cito algunos fragmentos sobre el concepto de amor auténtico que Balthasar nos propone en su libro “Teológica 1: La verdad del mundo”. Largos pero sublimes. Sobre todo el último. Vale la pena reflexionarlo un par de veces.


“(…) El amor (…) no es separable de la verdad. Está ya en el origen del movimiento de la verdad, tanto en el objeto como en el sujeto. En el sentido de la abertura del ser y de su estado de abierto, y, así, es imposible que subsista duda alguna acerca de si tiene en sí mismo la medida de la respectiva aplicación de la verdad. El egoísmo, por el contrario, que no conoce el amor, no puede saber tampoco de la verdad en el sentido pleno.”

“Amor es la desinteresada comunicación de lo propio, así como es en sí mismo la desinteresada recepción del otro. Es por eso la predeterminada medida de toda la verdad. La autocomunicación será, entonces, auténtica revelación de lo propio si tiene por sentido último la entrega misma, y la recepción de la revelación ajena llevará entonces a la auténtica comprensión si es comandada a su vez por la entrega a lo que se ofrece. En tanto que el amor es el movimiento mismo de producción de la verdad, es el único que tiene en las manos la llave última de la aplicación de la verdad. Es la auténtica medida de toda comunicación y de toda recepción.”

“Dentro del amor un error formal no puede dañar, mientras que toda verdad empleada fuera del amor sólo puede actuar en forma destructora.”

“Quien busca la ley de administración de la verdad, sólo necesita mantenerse en el amor para no incurrir jamás en faltas. Toda verdad que se comunica y se acoge en el amor es administrada correctamente, aún cuando muchas razones parezcan hablar en contra de ello (…). La característica del verdadero amor siempre será en tal caso ésta: que la justicia en la que se funda sea cumplida plenamente y que sólo en este cumplimiento sea superada y desbordada. Un amor que creyera poder despreciar la justicia sería desenmascarado, precisamente por esto, como una extravagante ilusión.”

“La verdad como desvelamiento del ser tiene su medida y sus límites en las leyes del amor; el amor, en cambio, no tiene ni medidas ni límites en otra cosa que en sí mismo.”

“El amor es esa receptividad que da crédito a toda verdad ajena para revelarse como tal. Es el a priori más amplio que existe, pues no presupone otra cosa que a sí mismo.”

“El amor es lo contrario de la actitud sectaria de creerse siempre en posesión de la verdad. Está inclinado a hacer valer antes la verdad ajena que la propia. Tiene la libertad de afirmar toda verdad, aun la que no ve directamente, y no puede juzgar si procede sólo del amor. (…). No juzga; sólo señala y deja el juicio al a evidencia de su más radiante revelación.”

Y la más sublime de todas – lo que espero del amor, a decir verdad –:

“El amor puede creer aún contra todas las apariencias en caso de que esta fe dé al amado la fuerza para que este llegue a ser el que debe ser. Quizá existan en el amado todos los elementos dispersos, a partir de los cuales el amante construye la imagen ideal que ofrece como espejo al amado. Él le muestra en ella el plan del edificio concluido, le anticipa su perfección en la fuerza creadora del amor, aun cuando en la realidad apenas existan materiales para construirlo. Y sin embargo, el elemento más esencial para esta construcción, la fe del amor mismo, está presente: gracias a ella es posible lo imposible. Su fuerza es tan grande que simplemente niega la realidad que se le opone y la deja a un lado como inexistente. “Yo sé – dice el amor – que tú no eres aquel que representas”. El amor no toma por construcción e invento suyo la imagen que él ha visto del amado; la entiende, si es amor auténtico y no frágil enamoramiento, como un arquetipo del amado que le ha dado Dios, que Dios le ha confiado. Pues a los seres les es concedido el perfeccionarse entre sí, el ser en el tú lo que no se puede ser en el yo. Sólo el amor puede proporcionar esta ayuda, esta síntesis cuya fuerza significa lo opuesto al desenmascaramiento del psicoanálisis. Los encantamientos del amor son totalmente sobrios. Tienen en sí una clara fuerza probatoria y una seriedad moral que no son a propósito para las fantásticas construcciones de los métodos de la disección anímica, no obstante su aparente realismo. Pues la imagen sintética que el amor descubre y presenta al amado no es una invención subjetiva y arbitraria; ha sido encontrada en la actitud más objetiva posible, en la entrega desinteresada al objeto, a su sentido y su salvación, como la más íntima realidad del objeto. También en esta obra, la base del amor sigue siendo una estricta y objetiva justicia: cuando él establece lo que debe ser simultáneamente en sus manos la medida de lo que es. Y puesto que posee esta medida con tanta seguridad, puede permitirse contemplar la realidad tal cual debe ser, y, por olvido –en palabras de Balthasar, “el divino olvido”– e inadvertencia, eliminar lo que no se adecua a su imagen.”





¡Hala!, ahí tienen.

viernes, enero 11

Ars ludi (primera entrega).

El aburrimiento es un buen motor para la creatividad. Cuando uno está hastiado de mirar sin gota de asombro la realidad circundante; cuando uno ha caído en las muelles manos del tedium vitae, el lenitivo más eficaz es la creación artística. No extraña, pues, que muchos de los espíritus más elevados – demoníacos, al decir de Goethe –, sean melancólicos. El hombre malhadado por Saturno busca con reconcomio redimirse de los instintos de muerte que lo asechan con insistencia. Y comúnmente lo logra a través del arte. En el caso contrario, como Kleist, un ejemplo entre muchos, la única salida es el suicidio.

Leyendo una entrevista que hace no mucho tiempo hicieron a Thomas Bernhard, en donde éste afirmaba que la única forma de paliar su profunda tristeza es la lectura de Schopenhauer, caí en la cuenta del profundo arraigo de la angustia en el corazón de los genios. Y una angustia que no sólo se circunscribe a la propia existencia: también se extiende a todo el cosmos: la Weltschmerz de los románticos alemanes se asoma subrepticiamente.

Lo más curioso es el perverso regustillo que tal estado genera. No usé fortuitamente el adjetivo “muelles” al hablar de las manos del “tedio de la vida”: hay una extraña comodidad, morbosa diría yo, en la depresión, en el aburrimiento: en la melancolía. Una hipótesis: el saturnino intuye que su actual estado lo hace creativo; o aún más: barrunta que el olor de la angustia atrae al estro. Otra hipótesis: el sufrimiento estruja al corazón, revelando, como la espina de Antonio Machado, su vida; el dolor tira con desdén las acorazadas murallas de los corazones lapídeos.

No es de extrañar el carácter lúdico del alma prócer. Estar cruzando de un lado al otro la delgada línea entre la tristeza profunda y la ironía es el juego favorito de los grandes creadores. Ahora bien, se corre un doble peligro al permanecer en este terreno polar: caer en la desesperación o en la frivolidad. Lo primero es terrible porque lleva a la absoluta inactividad creativa; y lo segundo, sin ser tan tremendo, de igual forma adormece el alma hasta llevarla a la inactividad, por lo menos a la intelectual. Mantenerse en equilibrio es un arte: ars ludi, podríamos llamarlo.

Este arte – al que denodadamente ya hemos bautizado – consiste en mezclar con prudente proporción la seriedad y la despreocupación ante el Destino. La Locura de Erasmo, a mi modo de ver, significa esto. Y el símil barroco del “Gran teatro del mundo”, es su máxima expresión.

Una pregunta al aire: ¿si no hay una Seriedad Absoluta que pueda relativizar toda seriedad mundana, ésta última tendrá, siendo fiel a toda sus consecuencias – la existencia del dolor, de la injusticia y, en última instancia, de la muerte – alguna otra opción que trocarse en desesperación o cinismo?

Un sabio amigo mío dice que el teatro contemporáneo – en su mayoría teatro del absurdo – ha perdido la noción de “drama”, pues una de las notas esenciales de la dramaticidad es su carácter polar. Polar significa, en este contexto, el peso positivo o negativo real de la libertad en la configuración del propio destino y del de los demás, y por tanto, la consecuente responsabilidad personal por la salvación o la condenación mía y de los otros. Hay, como se ve, una tensión, un contrapunto, inexistente en el teatro nihilista, entre el ser y el deber ser.

CONTINUARÁ…

lunes, enero 7

365 días en perspectiva

El año fenecido ha dejado en mí un rescoldo de tristeza. Y no podía ser de otra manera: lo contrario sería mera frivolidad fingida. Sufrí un profundo desamor… Días fragosos, en definitiva. Pero este incipiente año es el año de la esperanza, y no una esperanza volcada de manera exclusiva hacia el futuro, sino una esperanza que nos regala hoy y ahora la seguridad de un Compromiso, cuya plenitud se revelará al hombre, con claridad diamantina, al final de los tiempos.

El año fenecido ha dejado también, como contraparte, una llama de felicidad. Recuperé amistades perdidas y las afiancé; profundicé en las de antaño; aprendí, de pequeños y grandes desencuentros, algo más sobre el hombre: algo más sobre mí; conocí personas de buen corazón que me han enseñado mucho sobre la amistad, la belleza, la erística, etc. De suerte que me he hecho pelín más prudente. Y no por un esfuerzo ascético (mein kampf) que me llenase de presunción. Antes bien, por la experiencia de algunas almas pródigas de auténtico cariño. Cuando uno es amado, reconoce la infinita fortuna que esto implica e intenta poner todos los medios para corresponder dignamente a este amor, conservarlo y acrecentarlo – sin ni siquiera proponérselo expresamente –. Lo primero, pues, es el amor (el Amor). Ahí surge la virtud – por lo menos la privada o particular –. Su génesis no es la utilidad ni la búsqueda de la felicidad, sino el compromiso inicial de la relación personal (única e irrepetible; una singularidad relativa, en términos blathasarianos) y el afán de permanencia –sostenido no tanto por un voluntarismo, cuanto por la gracia que todo amor dona al amado, fomentando, así, la fidelidad –.

Decía un amigo que la mejor definición del laico en medio del mundo es la dada por Jesús: “He aquí, yo os envío como ovejas en medio de lobos” (Mt. 10,16). Hace ya algún tiempo descubrí que esta era mi misión; pero en el 2007 este descubrimiento tomó una fuerza inaudita. Algunos años fueron necesarios para comprender su importancia (el acto de ser personal, según D.-) y asumir su dramaticidad (Col. 1, 24), aunque, tristemente, haya sido por vía apofática. La interiorización de este compromiso es una empresa de toda la vida. Espero que el 2008 marque un hito en este sentido.

No creo haber perdido mi “camino” por mi salida consciente del XY. Tampoco soy de la opinión que fue un tiempo fútil (lo que traería aparejado un intento patético y anacrónico de buscar el tiempo perdido: “À la recherche du temps perdu”). Donde hay gracia de Dios, jamás se pierde el tiempo. Más bien, pienso yo, fue un periodo que me ayudó a tomar consciencia de la necesidad de un laicado comprometido con el mundo – el mundo real, donde hay tristeza, azar, maldad, amor, desamor, etc. –, de la necesidad de una teología del laicado hecha por teólogos laicos, que asuma plenamente lo propuesto por el Vaticano II; del peligro del moralismo, que privilegia la acción sobre la gracia, y subyuga – por separarlas equivocadamente – la sobrenaturalaza a la naturaleza; y por último, del deber – nunca un lujo – de estudiar teología, entendida como la reflexión sobre la Palabra y la Tradición, cuya finalidad es encontrarse integralmente con el Dios vivo, y enseñarla con la inteligencia y con la existencia.

Ardua empresa me espera. Espero estar a la altura histórica de este kairos de mi vida.

ARM ( Lord Ch.)

miércoles, diciembre 26

Mensaje de Navidad de Benedicto XVI


«Nos ha amanecido un día sagrado:
venid, naciones, adorad al Señor, porque
hoy una gran luz ha bajado a la tierra»
(Misa del día de Navidad, Aclamación al Evangelio).

Queridos hermanos y hermanas: «Nos ha amanecido un día sagrado». Un día de gran esperanza: hoy el Salvador de la humanidad ha nacido. El nacimiento de un niño trae normalmente una luz de esperanza a quienes lo aguardan ansiosos. Cuando Jesús nació en la gruta de Belén, una «gran luz» apareció sobre la tierra; una gran esperanza entró en el corazón de cuantos lo esperaban: «lux magna», canta la liturgia de este día de Navidad. Ciertamente no fue «grande» según el mundo, porque, en un primer momento, sólo la vieron María, José y algunos pastores, luego los Magos, el anciano Simeón, la profetisa Ana: aquellos que Dios había escogido. Sin embargo, en lo recóndito y en el silencio de aquella noche santa se encendió para cada hombre una luz espléndida e imperecedera; ha venido al mundo la gran esperanza portadora de felicidad: «el Verbo se hizo carne y nosotros hemos visto su gloria» (Jn 1,14)

«Dios es luz -afirma san Juan- y en él no hay tinieblas» (1 Jn 1,5). En el Libro del Génesis leemos que cuando tuvo origen el universo, «la tierra era un caos informe; sobre la faz del Abismo, la tiniebla». «Y dijo Dios: "que exista la luz". Y la luz existió» (Gn 1,2-3). La Palabra creadora de Dios -Dabar en hebreo, Verbum en latín, Logos en griego- es Luz, fuente de la vida. Por medio del Logos se hizo todo y sin Él no se hizo nada de lo que se ha hecho (cf. Jn 1,3). Por eso todas las criaturas son fundamentalmente buenas y llevan en sí la huella de Dios, una chispa de su luz. Sin embargo, cuando Jesús nació de la Virgen María, la Luz misma vino al mundo: «Dios de Dios, Luz de Luz», profesamos en el Credo. En Jesús, Dios asumió lo que no era, permaneciendo en lo que era: «la omnipotencia entró en un cuerpo infantil y no se sustrajo al gobierno del universo» (cf. S. Agustín, Serm 184, 1 sobre la Navidad). Aquel que es el creador del hombre se hizo hombre para traer al mundo la paz. Por eso, en la noche de Navidad, el coro de los Ángeles canta: «Gloria a Dios en el cielo / y en la tierra paz a los hombres que Dios ama» (Lc 2,14).
«Hoy una gran luz ha bajado a la tierra». La Luz de Cristo es portadora de paz. En la Misa de la noche, la liturgia eucarística comenzó justamente con este canto: «Hoy, desde el cielo, ha descendido la paz sobre nosotros» (Antífona de entrada). Más aún, sólo la «gran» luz que aparece en Cristo puede dar a los hombres la «verdadera» paz. He aquí por qué cada generación está llamada a acogerla, a acoger al Dios que en Belén se ha hecho uno de nosotros.
La Navidad es esto: acontecimiento histórico y misterio de amor, que desde hace más de dos mil años interpela a los hombres y mujeres de todo tiempo y lugar. Es el día santo en el que brilla la «gran luz» de Cristo portadora de paz. Ciertamente, para reconocerla, para acogerla, se necesita fe, se necesita humildad. La humildad de María, que ha creído en la palabra del Señor, y que fue la primera que, inclinada ante el pesebre, adoró el Fruto de su vientre; la humildad de José, hombre justo, que tuvo la valentía de la fe y prefirió obedecer a Dios antes que proteger su propia reputación; la humildad de los pastores, de los pobres y anónimos pastores, que acogieron el anuncio del mensajero celestial y se apresuraron a ir a la gruta, donde encontraron al niño recién nacido y, llenos de asombro, lo adoraron alabando a Dios (cf. Lc 2,15-20). Los pequeños, los pobres en espíritu: éstos son los protagonistas de la Navidad, tanto ayer como hoy; los protagonistas de siempre de la historia de Dios, los constructores incansables de su Reino de justicia, de amor y de paz.
En el silencio de la noche de Belén Jesús nació y fue acogido por manos solícitas. Y ahora, en esta nuestra Navidad en la que sigue resonando el alegre anuncio de su nacimiento redentor, ¿quién está listo para abrirle las puertas del corazón? Hombres y mujeres de hoy, Cristo viene a traernos la luz también a nosotros, también a nosotros viene a darnos la paz. Pero ¿quién vela en la noche de la duda y la incertidumbre con el corazón despierto y orante? ¿Quién espera la aurora del nuevo día teniendo encendida la llama de la fe? ¿Quién tiene tiempo para escuchar su palabra y dejarse envolver por su amor fascinante? Sí, su mensaje de paz es para todos; viene para ofrecerse a sí mismo a todos como esperanza segura de salvación.
Que la luz de Cristo, que viene a iluminar a todo ser humano, brille por fin y sea consuelo para cuantos viven en las tinieblas de la miseria, de la injusticia, de la guerra; para aquellos que ven negadas aún sus legítimas aspiraciones a una subsistencia más segura, a la salud, a la educación, a un trabajo estable, a una participación más plena en las responsabilidades civiles y políticas, libres de toda opresión y al resguardo de situaciones que ofenden la dignidad humana. Las víctimas de sangrientos conflictos armados, del terrorismo y de todo tipo de violencia, que causan sufrimientos inauditos a poblaciones enteras, son especialmente las categorías más vulnerables, los niños, las mujeres y los ancianos. A su vez, las tensiones étnicas, religiosas y políticas, la inestabilidad, la rivalidad, las contraposiciones, las injusticias y las discriminaciones que laceran el tejido interno de muchos países, exasperan las relaciones internacionales. Y en el mundo crece cada vez más el número de emigrantes, refugiados y deportados, también por causa de frecuentes calamidades naturales, como consecuencia a veces de preocupantes desequilibrios ambientales.
En este día de paz, pensemos sobre todo en donde resuena el fragor de las armas: en las martirizadas tierras del Dafur, de Somalia y del norte de la República Democrática del Congo, en las fronteras de Eritrea y Etiopía, en todo el Medio Oriente, en particular en Irak, Líbano y Tierra Santa, en Afganistán, en Pakistán y en Sri Lanka, en las regiones de los Balcanes, y en tantas otras situaciones de crisis, desgraciadamente olvidadas con frecuencia. Que el Niño Jesús traiga consuelo a quien vive en la prueba e infunda a los responsables de los gobiernos sabiduría y fuerza para buscar y encontrar soluciones humanas, justas y estables. A la sed de sentido y de valores que hoy se percibe en el mundo; a la búsqueda de bienestar y paz que marca la vida de toda la humanidad; a las expectativas de los pobres, responde Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, con su Natividad. Que las personas y las naciones no teman reconocerlo y acogerlo: con Él, «una espléndida luz» alumbra el horizonte de la humanidad; con Él comienza «un día sagrado» que no conoce ocaso. Que esta Navidad sea realmente para todos un día de alegría, de esperanza y de paz.

«Venid, naciones, adorad al Señor». Con María, José y los pastores, con los magos y la muchedumbre innumerable de humildes adoradores del Niño recién nacido, que han acogido el misterio de la Navidad a lo largo de los siglos, dejemos también nosotros, hermanos y hermanas de todos los continentes, que la luz de este día se difunda por todas partes, que entre en nuestros corazones, alumbre y dé calor a nuestros hogares, lleve serenidad y esperanza a nuestras ciudades, y conceda al mundo la paz. Éste es mi deseo para quienes me escucháis. Un deseo que se hace oración humilde y confiada al Niño Jesús, para que su luz disipe las tinieblas de vuestra vida y os llene del amor y de la paz. El Señor, que ha hecho resplandecer en Cristo su rostro de misericordia, os colme con su felicidad y os haga mensajeros de su bondad.
¡Feliz Navidad!

viernes, diciembre 21

Meditación de Adviento.


Adviento significa venida. ¿Quién está a punto de venir? Y si el Adviento se refiere a nosotros, si nosotros esperamos a alguien, ¿a quién esperamos? Para el cristiano – el único que realmente espera a alguien que viene –, el Adviento es como una puerta grandiosa por la que él pasa para entrar en un santuario. Pero esta puerta está custodiada por dos guardianes que la vigilan y que nos preguntan, en caso de que seamos cristianos, por qué y con qué espíritu queremos entrar aquí (…).

La primera figura, sumamente estilizada, macilenta, un ángel vestido con pieles de camello, que no quiere ser más que una voz que grita en el desierto del mundo y del tiempo: “Preparad los caminos del Señor”. En la otra figura, cubierta con un velo y ensimismada, sólo su cuerpo habla visiblemente del que ella espera, y repite con suave voz: “He aquí la esclava del Señor”. Las dos saben a quién esperan, son de momento las únicas que conocen su hora con toda exactitud y saben que es inminente: esperan nada menos que a Dios. No a un líder o a un héroe, no a un tiempo mejor, una vaga utopía, no a Godot, sino realmente a Dios. A Emmanuel. Dios con nosotros Y esto con la certeza de que es él directamente el que está a la puerta, de que entre la preparación del camino por Juan el Bautista y por la Virgen María y la venida del esperado no puede haber ya nada que la retrase, porque este acontecimiento está ya en marcha y nadie podrá detener la avalancha.


Qué diferencia entre estas dos figuras que protegen la puerta que lleva al santuario de la Navidad. Pero las dos son indispensables, son modélicas (…).


El primero simplemente espera a Dios. Entre él y la llegada de Dios ya no hay sitio para ningún profeta. Dios viene para ordenar, para juzgar y salvar. Para provocar una decisión básica, radical (…).

También la segunda espera a Dios. Ella sabe lo que ha dicho el ángel: “Lo Santo que va a nacer se llamará hijo de Dios, Hijo del Altísimo…, y su reino no tendrá fin” (Lc.1, 31 y ss). Y sabe lo que el Espíritu Santo de Dios, él y ningún otro, ha hecho en ella. No espera, como el Bautista, a un ser inimaginable, que aparecerá con el fuego, el hacha y el bieldo; espera un niño pequeño. Pero, ¿no es un niño humano, que es Dios, todavía mucho más inimaginable para la Madre temblorosa? ¿No vendrá este Hijo realmente para traer “fuego a la tierra”, no tendrá que ser bautizado con un bautismo terrible y no atravesará luego una espada también el corazón de la Madre?

Los dos esperan al que viene con un deseo que llena todo su ser y, al mismo tiempo, con una profunda emoción, que no les permite comprender cómo pueden estar ala altura del hecho trascendental que por ellos entre en el mundo (…).

Estamos en el Adviento, la época en que debemos estremecernos, porque viene lo definitivo, tan inevitablemente como una mujer encinta tiene que dar a luz, de un modo tan seguro como la voz en el desierto presupone que hay alguien que clama. Por tanto: veamos y oigamos, estemos atentos, es decir, convirtámonos a la voz. Convertíos y haced penitencia, dice otra vez el Bautista. ¿Qué significa esto? Buscar el punto en torno al cual gira nuestro yo más íntimo, donde se pasa del yo al tú y a Dios, del estéril ser-para-sí al fecundo vivir-para-otro en el seguimiento de Dios, del Emmanuel: Dios con nosotros y para nosotros. Entonces nosotros también podremos traer al mundo, con la Virgen encinta, un hijo en carne y hueso, fecundo para el mundo y la historia universal, y no uno cualquiera, sino el mismo que María dio a Luz: “Porque el que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre (Mt 12,50).

Este será entonces el verdadero milagro de la Navidad. Ésta no consiste sólo en que, hace más de dos mil años, nació un niño que era algo especial. “Si Cristo nace mil veces en Belén y no en ti, estás perdido eternamente”, se dice en el “Peregrino querubínico”. Y repite: ¡Ay! Si tu corazón pudiera ser sólo un pesebre, Dios se haría de nuevo niño en esta tierra (…).

Toda nuestra vida es Adviento: es producir fruto con paciencia, sin la curiosidad de querer ver con nuestros propios ojos el éxito de nuestra vida de fe; porque el niño que nosotros damos a luz, como el de la mujer del Apocalipsis, es arrebatado a Dios. Adviento en la tierra y Navidad en el cielo, en Dios, que acoge el fruto de nuestras fatigas y lo reparte y utiliza en la tierra, porque Él quiere, en beneficio de su reino venidero.

Con las fiestas cristianas ocurre algo curioso. Para nosotros los cristianos, todas se celebran al mismo tiempo, se detienen, mientras que el año litúrgico avanza. Siempre es Adviento hasta el final de nuestra vida y del mundo, siempre es también Navidad en la soledad del cielo., siempre es Viernes Santo y siempre es Pascua de Resurrección y Ascención y Pentecostés, cuando el Espíritu Santo desciende sobre la Iglesia, como al principio descendió sobre la Virgen de Nazaret. Todo está en todo. Perseveremos, por tanto, pacientemente en la obscuridad, en la plenitud bienaventurada de nuestro Adviento.

Hans Urs Von Balthasar.

jueves, diciembre 20

SUICIDIO Y PSIQUIATRÍA

O. H. W.: ¿Con qué clase de música preferirías suicidarte?
Ph. Ch.: ¿Yo? ¿Suicidarme? Nunca he pensado en suicidarme. En buena lid, si lo has considerado, deberías ir al psiquiatra.
O. H. W. : No. Creo que es al revés. Es urgente que vayas con un psiquiatra, si es cierto que nunca has pensado en suicidarte.

jueves, diciembre 6

Lo que me faltaba por ver.


He visto muchas cosas en el Periférico: boquetes del tamaño de una llanta de trailer, que sólo por el Destino o la Providencia he podido evitar; hombres en bicicleta – no en la lateral, no; en pleno carril central –, hombres muertos, hombres accidentados, revistas a mogollón esparcidas por todos los carriles; trozos peligrosísimos de la malla ciclónica mezclada con cemento que separa la vía sur de la norte; automóviles que sólo explican su marcha por una mediación actual y potente de Dios en la historia; perros muertos y perros vivos a punto de morir; llantas, tapones de choches, sangre… hombres simiescos, hombres rata, hombres mapache, mujeres felinas, mujeres marsupial… y un largo etcétera, al que todos podríamos aportar algo. Pero hoy México superó todas mis expectativas: me encontré un cerdo muerto. Grande el canijo. Muy grande, mejor dicho. Hablo de un cerdo; sí. Un cerdo como los que nos comemos. Uno de esos que la ley mosaica prohíbe engullir al Pueblo elegido. Un tocino, un jamón serrano, una chuleta, una lengua en taco, una trompa con perejil, un cuerito en vinagre, un chicharrón en salsa verde, una sopa de rabo, cerdas para limpiar zapatos… En definitiva: un cerdo hecho y derecho.

El desafortunado porcino se encontraba con las patas para arriba, tensas por la muerte repentina, en el carril de alta velocidad. Tan inverosímil me pareció, que por un momento pude haber jurado que me encontraba en un sueño, en una novela dadaísta o en un cuadro del Genio de Figueras. Volví a la realidad al tener que esquivarlo. Pude apreciar, en ese instante de cercanía, un tirabuzón, un hocico cónico, una sonrisa macabra (sardesca), una mirada de cansancio: cortedad de ojos rubios, unos perniles cebados y unas orejas puntiagudas fláccidas. El cuerpo intacto y exangüe. Me dio mucho miedo y lástima. Comprendí fugazmente – una vez más – la sordidez del mundo, la maldad del hombre y la negligencia de un orden cósmico impersonal. Visión, en definitiva, luctuosa.

No quisiera ahondar más en la descripción de ese desafortunado cebo con patas porque podría tener pesadillas en la noche –soñaría probablemente con un aquelarre. También para evitar que se me tache de necrófilo. Y por último, para no herir susceptibilidades (gastronómicas, estéticas, poéticas…) de los lectores (2 ó 3, creo).
¡México: muy mal una vez más!

lunes, noviembre 26

Diálogos sobre la poesía

La verdadera vivencia del alma es lo que las palabras desean expresar hasta el punto de llegar a fascinar. Un momento surge y exprime la savia de miles de otros momentos semejantes a él, penetra en la cavidad del pasado, y toda su voz brota de miles de instantes congelados que lo constituyen: lo que nunca fue o se dio surge entonces, es presente, y más que el presente. Lo que nunca coincidió con ninguna otra cosa está ahora en el instante en que todo ocurre simultáneamente, fundido con el fuego, el resplandor y la vida. Los paisajes del alma son más hermosos que los del cielo estrellado: no sólo sus constelaciones son miles de estrellas, sino que sus abismos, sus penumbrosos espacios, son ellos mismos vida múltiple, vida que ha perdido su luz bajo su masa, que ha caído asfixiada por su abundancia. Dichos instantes son los nacimientos de los poemas perfectos. Un instante es capaz de iluminarlos, unirlos, hacer de ellos universos y la posibilidad del poema perfecto es tan ilimitada como la posibilidad de tales instantes. Sin embargo, eso se da (…), apenas. Pero que en general se dé, ¿no es en sí un milagro? Que se den tales combinaciones de palabras de las que, como chispas que saltan al golpear la piedra negra, surgen de pronto los paisajes del alma, tan inmensurables como el cielo estrellado, paisajes que se extienden en el tiempo y en el espacio, cuya apariencia, con su presencia sola, cobra sentido vivo en nosotros, un sentido por encima de todos los sentidos. Y he aquí que se dan semejantes poemas…


Hugo Von Hofmannsthal (1903)


(De una lectura del Líder.)

martes, noviembre 20

Convergencia: Melancolía




"Lo que abruma de tristeza al ángel coronado es la horrorosa masacre de todos los posibles que el curso de la realidad exige (...).

Aparición de la Divina Melancolía bajo la figura de un ser joven -niña virgen o héroe- cargado por el esmero de lo que no ha sido, de lo que no ha podido ser -de todo lo que hincha el corazón de lágrimas que no pueden brotar-, de una ternura sin respuesta.

Su voz es infinitamente dulce y velada, como si se dirigiera a ella misma y sin interlocutor concebible. Porque esta criatura está más allá de lo posible. Está, por tanto, más allá de la vida y del mundo, y sin embargo es una viva injuria a Dios, pues la Omnipotencia es incapaz de recobrar lo que no fue -y el engaño del mundo creado en relación a los humanos. Tema de la impotencia divina.

Athikté llora y sus piernas se doblan lentamente. Se adormece en lágrimas."


Paul Valèry
AUTORÍA: A.R.M. Lord Ch.

lunes, noviembre 5

Sobre el nuevo libro de Ratzinger

El libro del Papa sobre Jesús, según los comentarios que he escuchado, es muy bueno. Los católicos que no tienen, en general, mucho interés o conocimiento sobre exégesis lo encuentran genial (como dicen estas reseñas en Amazon). Por otro lado, parece que los omnisabios le encuentran algunas deficiencias: un buen libro para reflexionar y una lectura inspiradora, pero que elude los grandes problemas interpretativos, o bien los contesta de manera insatisfactoria, o bien no atiende al panorama hermenéutico actual.

Como no tengo ni idea del "panorama hermenéutico actual", y no conozco a un buen biblista, hay que recurrir a las reseñas, que parecen estar bien escondidas. Las reseñas más comprehensivas que he encontrado están aquí y aquí. Si alguien tiene algún comentario o alguna otra reseña interesante, sería apreciable su colaboración.

lunes, octubre 29

La vida oculta del amor

"Engañarse a sí mismo en el amor es lo más espantoso que puede ocurrir, constituye una pérdida eterna, de la que no se compensa uno ni en el tiempo ni en la eternidad. Normalmente, cuando se habla de engaños en las cosas del amor, por muy varios que sean los casos, el engañado, a pesar de todo, se relaciona con el amor, y el engaño consiste solamente en que éste no estaba donde se pensaba; sin embargo, el que se engaña a sí mismo se ha excluido a sí mismo, cerrándose al amor. También se habla de si la vida le engañó o de si fue engañado durante su vida; pero la pérdida de quien impostoramente se engañó a sí mismo en el vivir constituye una pérdida irreparable. La eternidad puede reservar una compensación generosa incluso para aquel a quien la vida engañó a lo largo de toda su vida; mas el que se engaña a sí mismo se ha impedido él mismo la ganancia de lo eterno.

Quien, precisamente a causa de su amor, resultara víctima del engaño humano, ¡oh, qué habrá, con todo y con eso, perdido en rigor, cuando en la eternidad se revele que el amor permanece y el engaño ha cesado! En cambio, quien –con ingenio- se engañó a sí mismo, metiéndose con sagacidad en las redes de la sensatez, ¡ay!, por más que a lo largo de toda su vida se considerara feliz en su imaginación, ¡qué no habrá perdido sin embargo cuando en la eternidad se revele que se había engañado a sí mismo! Puede que un ser humano, en la temporalidad, consiga prescindir del amor; quizá consiga que el tiempo vaya escapando sin descubrir el autoengaño; quizá consiga, cosa espantosa, permanecer en una quimera jactándose de estar en el amor; pero en la eternidad no podrá prescindir del amor, ni dejará de descubrir que desperdició todo. ¡Qué seria es la existencia! ¡Y lo más espantoso es precisamente cuando ella, como castigo, permite al consejero de sí mismo que se aconseje, de suerte que le permite ir viviendo, orgulloso de estar engañado, hasta que un día le sea permitido reconocer la verdad: que se engañó a sí mismo por toda la eternidad! Verdaderamente, la eternidad no se deja burlar; más bien ella es la que, sin tener que echar mano de la violencia, emplea todopoderosa una pizca de burla para castigar terriblemente al atrevido. Porque ¿qué es aquello que une lo temporal con la eternidad, qué otra sino el amor, que cabalmente por eso existe antes que todo y permanecerá cuando todo haya pasado? Mas precisamente porque el amor es de esta manera el lazo de la eternidad, y cabalmente porque la temporalidad y la eternidad son heterogéneas, por eso a la sagacidad terrena de la temporalidad puede parecerle el amor una carga, y por lo mismo, en la temporalidad, puede parecerle al sensual un enorme alivio el arrojar de sí ese lazo de la eternidad.

El que se ha engañado a sí mismo seguramente opina que puede consolarse, que, desde luego, ha hecho mucho más que vencer; en su presunción de insensato se le oculta cuán desconsolada es su vida. No le negaremos que él “ha cesado de estar afligido”; mas ¿de qué le servirá eso si su salvación cabalmente consistirá en comenzar a afligirse en serio por sí mismo? Quizá el que se ha engañado a sí mismo opina incluso que es capaz de consolar a los que fueron víctimas del engaño de la infidelidad; pero ¡qué insensatez que quien se ha averiado respecto a lo eterno pretenda sanar a aquel que, a lo sumo, estará enfermo hasta la muerte! Todavía más, el que se ha engañado a sí mismo quizá opine, mediante una extraña contradicción, que es compasivo con el desdichadamente engañado. Mas si tomas en consideración su discurso consolador y su sabiduría salutísfera, entonces conocerás el amor por los frutos: por la amargura de la burla, por la cortante racionalidad, por el venenoso aliento de la desconfianza, por la recia frialdad del endurecimiento; es decir, por los frutos será posible conocer que dentro no hay amor ninguno.

Uno conoce el árbol por los frutos. “No se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos” (Mateo 7, 16). Si pretendes recogerlos de ahí, entonces no solamente recogerás en vano, sino que las espinas habrán de enseñarte que recoges en vano. Pues cada árbol se conoce por su fruto propio. También es posible, sin duda, que haya dos frutos que se asemejen muchísimo, siendo uno sano y sabroso, y el otro agrio y venenoso; también puede darse el caso de que el venenoso sea muy sabroso y que el sano sea algo amargo. Así también se conoce el amor por su fruto propio. Si uno se equivoca, ello se deberá o a que no se conocen los frutos, o a que en un caso concreto no se acierta a distinguirlos rectamente. Como se equivoca el que llama amor a lo que en rigor es amor de sí: cuando se asegura bien alto que no puede vivir sin la persona amada, mientras no quiere saber nada acerca de que la tarea y la exigencia del amor consisten en negarse a sí mismo y renunciar a ese amor de sí de la pasión amorosa. O bien, como se equivoca el que da el nombre de amor a lo que es ligera condescendencia, da el nombre de amor a lo que no es sino depravada blandenguería, o unión dañina, o conducta vanidosa, o vinculaciones del enfermo de sí, o sobornos del lisonjeo, o pareceres del instante, o relaciones de la temporalidad. Desde que existe una flor que se llama flor de la eternidad, pero también se da, cosa bastante extraña, cierta flor llamada siempreviva, que, como todas las flores perecederas, solamente florece durante un determinado periodo del año: ¡qué equivocación llamar a esa última flor de la eternidad! Y qué decepcionante resulta el instante de la floración. Pero como cada árbol se conoce por su fruto propio, así también el amor se conocerá por el suyo, y aquel amor del que habla el cristianismo se conocerá por su fruto propio: porque lleva en sí la verdadera eternidad. Todo otro amor, ya sea aquel que, hablando humanamente, pronto se marchita y cambia, ya sea aquel que se mantiene amable durante la estación de la temporalidad, es sin embargo pasajero, solamente florece. Esto es cabalmente lo que tiene de endeble y melancólico, bien sea que florezca por una hora o durante setenta años, solamente florece; en cambio, el amor cristiano es eterno. Por eso, a nadie que se comprenda a sí mismo se le ocurrirá decir del amor cristiano que florece; ni a ningún poeta, de comprenderse íntimamente, se le ocurrirá cantarlo. Pues lo que canta el poeta ha de encerrar esa melancolía que es el enigma de su propia vida: ha de florecer y, ¡ay!, tiene que perecer. Pero el amor cristiano permanece y por ello precisamente es; pues lo que perece florece, y lo que florece perece, mas lo que es no puede ser cantado, tiene que ser creído y tiene que vivirse.

Cuando se dice que el amor se conoce por los frutos, se está diciendo a la par que el amor mismo en cierto sentido se halla en lo celado, y por lo mismo sólo puede ser conocido por los frutos que lo revelan. Esto es cabalmente el caso. Toda vida, e igualmente la del amor, está oculta en cuanto tal, pero se revela en otra cosa. La vida de la planta está oculta, el fruto es la revelación; la vida del pensamiento está oculta, la expresión hablada es aquello que revela. Por eso, las palabras sagradas que hemos citado hablan simultáneamente de dos cosas, aun cuando hablen de una de ellas sólo de manera celada; en la declaración está contenido un pensamiento de manera evidente, pero además está contenido otro de manera celada."

Kierkegaard, Las obras del amor (Sígueme, Salamanca, 2006, pp. 21-25).

martes, octubre 23

Si tu imagen fueras tú...

Tus imágenes fueron
− tus imágenes bellas, gala fácil
de aquellos verdes campos −
¡tus imágenes fueron ¡ay! las que hicieron,
sin mí, locas, lo malo!

Tú, la tú de verdad,
eres la que estás aquí − pobre, desnuda,
buena, mía −, a mi lado.

Juan Ramón Jiménez.
Conocí una mujer catalana. Altiva en su conversación y en sus movimientos. Liberada ha tiempo de los prejuicios mundanales. Sus ojos, de un mirar verde oliva, revelan entrega y ternura, y el timbre de su voz es dulcísimo, mas en absoluto empalagoso. Su decir es veloz y fluido; perspicaz y provocador. Sumamente quedo. El cuerpo es delgado, fragilísimo: su andar recuerda a las sílfides. Esto no es impedimento para que ella desvele, con todo su ser, donaire y equilibrio. Su tez es una pieza de marfil recién labrada; rostro marmóreo, embrujador. Los labios encarnados y delgados. Pétalos puros, primaverales, cuyo rocío pervive hasta la noche; pétalos que, en la obscuridad, guían al amante con su deleitable perfume. Su espalda delineada por curvas miríficas rememora las dunas desérticas, aún vírgenes. Su cuello es de cristal de bohemia tallado por las manos diligentes de un viento gélido. Fino, alto y provocador: divinal. Sus senos semejan pequeños claveles purísimos de blancura inverosímil. Sus piernas, acendradas en la actividad cotidiana, son hermosas. Sus cabellos son negros y abundosos, como los malos pensamientos. Tienen el brillo del azabache. Y su corazón, el sancta sanctórum de este templo secular, se trasparenta sin engaños en todos sus gestos, en sus ademanes, en la sonrisa... de forma tal que puede alimentar a los espíritus con su presencia. Cuánto no daría por oír su latido − su vida − en un sueño ideal y profundo. ¿Qué secretos inconcientes me revelaría?

¡Alma de bizarría incomparable!: ¿¡qué he hecho yo, hombre de malas entrañas, para merecer tu compañía, tu interés, tu preocupación!? Venus urania: ¿quién te han dicho que soy?; ¿quién crees tú que soy? Te lo diré: sólo un espíritu aciago.

Conocí una mujer catalana que se ha quedado conmigo eternamente, y es la imagen que describo. Su sino es pertenecerme idealmente. La otra, la real, ya regresó a su tierra. Su sino lo desconozco.


ARM

sábado, octubre 20

Kant sobre cómo el conocimiento engendra tristeza

A David, a Alonso, a José

En realidad, encontramos que cuanto más se preocupa una razón cultivada del propósito de gozar de la vida y alcanzar la felicidad, tanto más el hombre se aleja de la verdadera satisfacción; por lo cual muchos, y precisamente los más experimentados en el uso de la razón, acaban por sentir -sean lo bastante sinceros para confesarlo- cierto grado de misología u odio a la razón, porque, computando todas las ventajas que sacan, no digo ya de la invención de las artes todas del lujo vulgar, sino incluso de las ciencias -que al fin al cabo aparécenles como un lujo del entretenimiento-, encuentran, sin embargo, que se han echado encima más penas y dolores que felicidad hayan podido ganar, y más bien envidian que desprecian al hombre vulgar, que está más propicio a la dirección del mero instinto natural y no consiente a su razón que ejerza gran influencia en su hacer y omitir.

Fundamentación de la Metafísica de las costumbres, I. Kant
Trad. de Manuel García Morente
Cap. 1

¿Existencialismo?

A mí no me angustia la muerte tanto como vivir más de la cuenta...

martes, octubre 16

Met. 980a-993a





Jorge Valdano: el filósofo del fútbol.

"Me da más miedo el éxito que el fracaso, el éxito nos hace tan seguros de nosotros que no nos ponemos a analizar los factores que nos llevaron a tener éxito, en cambio en el fracaso hay un error que acecha que nos hace reflexionar y en ese proceso hay enseñanza y eso nos hace mejores"

martes, octubre 2

La siesta

Con el bochorno de la siesta, la vida de la ciudad se suspende. El sol reina en el aire y se enseñorea de las calles. Los hombres desaparecen por una hora, y hasta el Cerro empieza a esconderse en brumas de sudor. Sólo las urracas siguen, desde los árboles de la Plaza, desenredando el hilo del tiempo, entre chirridos metálicos de esa ruequecilla de canciones que llevan en el “buche”.

Por primera vez me quedo solo, y dispongo mi ánimo – no sé si como el que se amuralla o como quien de antemano se rinde –, para recibir el amago de las emociones, de los recuerdos, que suelen atacarnos siempre entre saetazos de lágrimas.

He aquí que los efluvios profundos de mi influencia van a subir hasta la superficie de mi conciencia – hasta la superficie, como diría Dante, del “lago del corazón”. Las memorias, al sabernos solos, van a cerrar sobre mí en ejército compacto. Pronto sentiré, sobre las puertas de pecho, los puños de los asaltantes. Pronto – en esta lucha sentimental – seré vencido…

Pero ¿qué nueva paz, qué embriaguez radiosa va entrando en mí, sin que sepa yo de dónde viene? ¿Cómo es que la alegría estaba en mí, y los sentidos no lo sabían? ¿Por qué en vez de soportar el temido ataque de los recuerdos, resbalo lentamente hacia una zona de regocijo casi infantil? ¿Qué hados, qué ángeles guardianes –olvidados entre los árboles del jardín paterno – me estaban esperando aquí, desde hace años para suscitar, al toque de sus alas, cuanto hay en mí todavía de niño?

¡Oh, placida siesta! ¡Oh, soledad poblada de contentamientos inexplicables! ¿Qué pudo adormecerme así, alucinarme así con la sensación de una plenitud, de una reintegración en la atmósfera nativa, de una continuidad biológica superior a las vicisitudes de la conducta y los sobresaltos del recuerdo? Acaso la Sombra del que apenas debo nombrar gusta todavía de vagar por la tierra a la que dio su aliento. Acaso su compañía más que humana se insinúa en mí y me conforma, a manera de inefable vino.

Y gozo – sin entenderlo yo mismo, y más allá de los permisos de la razón – de aquél sentimiento de los primitivos que se imaginan asimilar poco a poco, al paso de los años, las virtudes y la electricidad vital de sus antecesores muertos. Honda comunión del alma en el alma, un amor más alto que la vida, más alto que la muerte, ha tocado, por un instante, mis sienes fatigadas.


Alfonso Reyes, 1927.

Texto proporcionado por Lord Ch.

miércoles, septiembre 19

Cronos, Kairos y Ephapax.

Poca sustancia ha tenido el tiempo en estos días. Por lo menos en mi vida.

Sé que la sucesión de instantes cronológicos ha sido la misma - y será la misma siempre. La geometría no engaña. Pero el peso de cada instante ha variado; cada uno de ellos ha tendido, sostenidamente, a hacerse más liviano.

Los griegos distinguían entre un tiempo matemático, contable – la medida del movimiento –, llamado cronos, y un tiempo existencial, subjetivo, llamado kairos. Éste es el tiempo ético, tiempo accidentado por el espacio, las conveniencias y los fines; por las pasiones y las acciones; tiempo arcano, de oportunidades y adivinaciones: el tiempo de la fortuna y la navegación. Por el hombre existe el kairos; él mismo es kairos. Aquél, por el contrario, es metálico, inquebrantable, irremisible, irredimible, anónimo; tiempo geométrico: causal. El primero es creado (¿descubierto?) por la inteligencia del hombre como medida del movimiento, y el ya no puede controlarlo; lo trasciende. El segundo es su peculiar modo de existir.

El tiempo cronológico es objetivo. En él las cosas son buenas o malas, eficientes o ineficientes. El kairos, en cambio, es prudencial: se habla de conveniencia, de rectitud, de utilidad, de la mejor o peor elección; jamás de bondad o maldad absoluta.

Cronos corre libre por los objetos afectándolos externamente, acariciándolos con insistencia eterna. Kairos es la existencia de lo consciente, la presencia expresa del transcurrir, que se puede decantar por la esperanza o la desolación.

El hombre es un kairos capaz de volverse esperanza o melancolía; él puede vivir como un proyecto con destino o como una realidad trágica sumergida en la memoria. Pero la posibilidad de lo primero no está en sus manos, no pertenece a las posibilidades de su ser. Cronos, antes o después, devora a Kairos: el hombre es un ser para la muerte. Lo geométrico alcanza a lo fino, y en su coincidencia plena – la muerte –, lo destruye; a menos que lo fino fuera inmortal; a menos que lo fino tuviera una escapatoria vertical: un ephapax.

Ephapax es un acontecimiento que ocurre de una vez y para siempre. Acontecimiento que da peso al instante: un peso de eternidad. Verticalidad, desde la eternidad, que se inmiscuye en el tiempo humano para dotarlo de sentido, para redimirlo. Irrupción perpendicular al tiempo ético que dona seriedad –densidad – y contenido al obrar humano.

No hace mucho un Ephapax aconteció. Pero algunos no quisieron reconocerlo. Prefirieron la oscuridad del tiempo humano, y despreciaron su plenitud. En estos días yo he corrido la suerte de tales “algunos”. Tendré que convertirme.