miércoles, junio 24

¿Vosotros sois conservadores?


Según Rusell Kirk, estos son los seis cánones del conservadurismo:

1) La creeencia de que un designio divino rige la sociedad y la conciencia humanas, forjando una eterna cadena de derechos y deberes que liga a los grandes y humildes, a vivos y muertos. Lo problemas políticos son, en el fondo, problemas religiosos y morales.

2) Cierta inclinación hacia la proliferante variedad y misterio de la vida tradicional, frente a los limitativos designios de uniformidad, igualitarismo y utilitarismo de la mayor parte de los sistemas radicales. A este optimista concepto de la vida es a lo que Burke llamaba, "la verdadera fuente del conservadurismo vivo".

3) La convicción de que la sociedad civilizada requiere órdenes y clases. La única igualdad verdadera es la moral; todos los demás intentos de nivelación conducen a la desesperación si son forzados por una legislación positiva. La sociedad anhela la autoridad y si el pueblo destruye las diferencias naturales que existen entre los hombres, un nuevo Bonaparte llenará a poco el vacio.

4) La creencia de que la libertad y propiedad están inseparablemente conectadas y de que la nivelación económica, no implica progreso económico. Sepárese la propiedad de la posesión privada y desaparecerá la libertad.

5) Fe en la normas consuetudinarias y desconfianza hacia los sofistas y calculadores. El hombre debe controlar su voluntad y apetitos, pues los conservadores saben que hemos de ser gobernados más por los sentimientos que por la razón. La tradición y los prejuicios legítimos permiten derrotar el impulso anárquico del hombre.

6) El reconocimiento de que cambio y reforma no son cosas idénticas y de que las innovaciones son con mucha frecuencia devoradores incendios más que muestra de progreso. La sociedad debe cambiar, pero su conservación exige cambios lentos como la perpetua renovación del cuerpo humano. La providencia es el instrumento adecuado para realizar estos cambios, y la piedra de to que de un estadista es su facultad para descubrir el sentido provincial de la sociedad.

Y concluye Kirk con la siguiente adevertencia:

El conservadurismo no es un cuerpo dogmático fijo e inmutable y los conservadores han heredado de Burke, el talento para dar una nueva expresión a sus convicciones de acuerdo con los tiempos. La esencia del conservadurismo está en la preservación de las antiguas tradiciones morales de la humanidad; los conservadores respetan la sabiduría de sus antepasados; dudan del valor de las alteraciones en gran escala y piensan que la sociedad es una realidad espiritual con vida permanente, pero de constitución frágil, que no puede ser estropeada y luego recompuesta como una máquina.





Lástima que hoy en día se confunda conservadurismo con tradicionalismo.

miércoles, junio 17

Una anécdota "culiempinada" (o de los burgueses y sus ocurrencias).

Viernes por la tarde. Lo que comienza a ser una costumbre deliciosa: buen vino, buena comida y amena charla. Para esta ocasión, un riojano aceptable y un chileno peleón. Tempranillo y Merlot. Nada mal. Una rica tortilla de patatas y variada charcutería. Qué delicia la frescura de la cerveza. En un principio detractores, ahora, seguidores incondicionales. La música: Buena Vista Social Club. Ritmos alegres, asoleados, que mueven el cuerpo a voluntad. Qué vitalidad la del Caribe. Ah, los puros. Un par de Romeo y Julieta: suaves, achocolatados, finos; ni siquiera enturbiaban el paladar. En el colmo del placer, el té. Twinings. Yo escogí un Prince of Wales, J un Earl Gray y A un Dajerling. Con la aprobación de su Majestad, la Reina de Inglaterra, sorbimos el caldo especiado: bergamoto, clavo, laurel, paja seca. Taninos refrescantes. Fiesta de los sentidos.

En el departamento de J el tiempo no tiene demasiado relieve. El triste reloj marca las horas porque las tiene que marcar, pero su férrea impronta cotidiana, auténtica providencia secular fuera de este privilegiado espacio, se pierde entre el humo de los buenos puros y de la buena poesía. Las manecillas extravían –quién sabe dónde– su valor métrico, y lo único importante, por bello, es la sombra oblicua que proyecta el reloj en la pared. Parece un artículo en la galería de un museo mediocre: adorna, pero no gobierna la vida. Él y su fotografía son sinónimos. Ya se vengará, lo hará.

Una consecuencia de la distensión del tiempo es el delicioso acaso: uno bebe cerveza, come un poco de la tortilla, bebe un poco más de cerveza, ahora un poco de vino, el té después o antes –da igual–, el puro, el vino después, otra cerveza, unas caladas más de humo tropical, otro trozo de tortilla– ahora con jamón serrano–, un verso, una broma, más tortilla, más vino.

Al convite se nos unió E, quien en poco tiempo se mimetizó con el ambiente y perdió, como el impotente reloj, su cronología citadina. ¡Ah, la distensión divinal!

El asunto es que nos faltaba el café. Sí; además, somos fanes de ese otro caldo especiado. Alegres, sonrosados y sabedores de lo bueno (y bello), decidimos ir a un Espressamente Illy. El más cercano era el de Altavista –ahora ¡ay! clausurado–. Dura fue la primera venganza del reloj: el dichoso café de exquisita mezcla italiana ya estaba cerrado. Un poco desilusionados, decidimos ir al Starbucks que está a unos cuantos pasos más. Ninguno de los cuatro somos fanes de este lugar, pero de vez en cuando, por azares del destino –o mejor dicho: por las máquinas multimillonarias de café que compran estos templos del capital– el espresso está bebible. Para nuestra suerte, ese día fue así: con algunas indicaciones periciales de A sobre la cantidad de café en la carga y cómo tenía que apretarse, nuestros doppios quedaron a pedir de boca. Todo marchaba bien, pero marcharía mejor.

De regreso al coche nos topamos con un amiguete de Juan y su septuagenario ¿abuelo?, ¿amante? (en estos días que corren, sabe Dios), quienes veían detenidamente una casa solariega y hacían algunos comentarios al respecto. Yo ya había visto esta casa. Desde que la zona que más visito en mis tardes de ocio ha sido San Angel Inn –una de las más inspiradoras del sur: hermosas fuentes, haciendas, calles empedradas, tranquilidad…–, ha llamado potentemente mi atención. A lo mejor se debe a su ascética fachada, construida con piedras de conventos destruidos. A lo mejor se debe a su surrealista disposición (cada habitación está ubicada como en un collage), que contrasta sobremanera con la rigidez secular de sus muros. Esa mezcla de convento y vanguardia siempre me ha engatusado, como la de minimalismo con toques barrocos.

Por curioso que resulte, conozco bien la casa. Lleva en venta varios años. E, que sabía de mi debilidad por ella, concertó –hace ya casi un año– una cita con la inmobiliaria que la vende para que pudiéramos verla. Ese día me llamó desde temprano, me dijo que me tenía una sorpresa y que nos viéramos en el Starbucks de Altavista a la hora de la comida. Nos presentamos los dos a la cita, no sin cierto sonrojo, y pudimos conocer las entrañas de tan augusta casa. El encargado de enseñárnosla nos comentó que la construcción había sido realizada por el arquitecto mexicano Manuel Parra, amante del eclecticismo de estilos. Y sí, era evidente al mirar la construcción: fachada colonial, espacios amplísimos, desniveles, entrepisos laberínticos y ubicación casi azarosa de los cuartos y de la cocina. A caballo entre el funcionalismo, el collage y el nacionalismo. Un estilo propio, definitivamente. Nos gustó. ¿Su precio? Siete millones de pesos. No me pareció tan descabellado por la ubicación y los metros de terreno, que serán unos quinientos.











Vuelvo a la anécdota. J saludó con afecto a su conocido y a su abuelo (dejémoslo así). Este último, de natural dicharachero, comenzó a contarnos la historia de la casa. Casi todo lo que dijo ya lo sabíamos E y yo, pero el “casi” valió totalmente el encuentro con el viejo: resulta que el buen arquitecto Parra era contemporáneo de Diego Rivera y, al tiempo que éste mandaba construir su casa a Juan O´Gorman, Manuel pergeñaba en la acera de enfrente su construcción monjil. Al parecer, a este último no le gustaba en absoluto el estilo funcionalista que Rivera había elegido para su hogar (la primera de este estilo en toda Latinoamérica, según nos dijo “el abuelo”). Es más, abominaba de él. Supongo que tampoco era gran entusiasta de O´Gorman. Esta enemistad (celo, odio, broma o vete tú a saber qué) quedó plasmada de la forma más sublime, más plástica, más inmediata: en una de las piedras de la fachada, está labrado este “simpático" dibujo:









(el "culiempinado")


“Sí, el ´Caco´ Parra –así le llaman en el medio– dejó clara la opinión que le merecía la casa de Rivera con este hombre culiempinado”, nos dijo el viejo. Y continuó: “Esa es la única ´cara´ que era capaz de ponerle al funcionalismo”.







(Esta es la parte de la fachada de la casa de Rivera y de la Kahlo que el "culiempinado" ve con esa gran "sonrisa")

“Culiempinado”, qué fina expresión. Nos ganó completamente a todos. J y yo ya éramos viejos admiradores de esas palabras compuestas (e inexistentes) que utilizan a la “i” como unión. Conocimos a un curica que cuando se ponía pantalones de vestir, dejaba ver la escasez de sus tristes asentaderas: dimos en llamarle “culicorto” “culitriste” “culinulo” “culiausente” “culicaído” y un largo etcétera. En otra ocasión nos hicimos amigos de Xavier, un extraño personaje que era dueño de un café llamado “ Cronopios y Famas”, café que recordamos con entrañable nostalgia por variadas situaciones vividas ahí y que ahora no tengo por qué contar. Xavier era un hombre depresivo, sabía mucha literatura y su pelo parecía una encina nevada. Pues nada: el “peliblanco”, el “peli-cano”, resolvimos. Y como éstas, otras muchas anécdotas del mismo jaez.

En honor a la valía de la anécdota y a la fina expresión utilizada por el viejo, decidí tomar unas cuantas fotos de las residencias implicadas y del hombre “culiempinado” (que además sonríe por debajo de las piernas) y escribir esta pequeña narración.

El resto de la historia es bien sabida: después de burlarnos del reloj, el reloj terminó por vencer: de madrugada, cada quien volvió a su hogar, a la monotonía del tiempo citadino. Pero el próximo viernes volverá a ser sólo una fotografía.



el triste reloj fotografiado


martes, junio 16

Salió de casa don Fregón. Caminó engominado, endemoniado, pensando todo lo supremo. Miró una paloma y silbó pianissimo. Ni sabía por qué salía ni le preocupaba. Se acomodó el sombrero frente a un aparador. Tomó café y por un encontronazo le derramaron jarabe sobre la solapa. El sol se puso. Durmió pesadamente con pesado aliento a cebollas. Y maldijo al amigo Farragut (desaparecido) y a todos los desaparecidos con él. Interiormente clamó entre arcadas: La canaille silencieuse.

lunes, abril 27

Entonces dijo Buda a su discípulo: "Verdad, no hay. Sólo tres certezas: te pagarán tarde, menos de lo que deberían y restarán los impuestos. Y todo para que lo despilfarre una mujer...".

viernes, marzo 27

Es importante no olvidar

...que el burgués se ahorcó a la hora sexta.

Sobre la Esperanza

Cuidado con la Esperanza. Correr su riesgo es espantoso. En el fondo, la Esperanza -la auténtica, cristiana- es una agonía. Y tiene que ver con estar con el Hijo abandonado hasta por el Padre, el máximo abajamiento, el amor más sumo, e s p e r a n d o. Contra toda esperanza. Un Dios que ha sido abandonado por Dios. Que, sin embargo, espera en Él. Eso es la Esperanza.

No hay que decir con ligereza, sin marchar detrás de ello, que se está deseoso de amar. O de esperar. ¡Dios nos libre, sí, de la burgués mediocridad! Pero también, ¡y aún más!, Dios nos libre de Dios.

martes, marzo 10

Sobre "La confesión. El diario de Esteban Martorus" de Javier Sicilia


Sólo hay una tristeza, y esa es la de no ser santos.

León Bloy


Creo que era Umberto Eco quien catalogaba a los novelistas en dos clases: los del tipo reportero, que escriben con igual soltura sobre cualquier cosa, y los que sólo saben tres o cuatro y las vuelven a escribir en cada novela: escritores del tipo obsesivo. El primero es, podríamos decir, detectivesco: elige un asunto cualquiera y dedica algunos meses a investigarlo. Así, si se trata de escribir una novela del estilo de Nostalgia del plomo en octubre sobre el trágico destino de un estudiante envuelto en el conflicto estudiantil del sesenta y ocho, investiga en todos los periódicos, ve todos los documentales, acude con las víctimas aún vivas, se familiariza con el estilo de la "literatura del Boom" y dedica tardes enteras a vagar por la Plaza de las Tres Culturas. Un día, después de llenar de notas cuatro libretas, se sienta a escribir. Ese procedimiento le permite hablar, en principio, de casi cualquier tema sujeto a ser investigado. El novelista del tipo obsesivo, en cambio, no tiene más un tema, dos cuando mucho, y la esperanza de deshacerse de él arrojándolo al papel. Puede tener muchos recursos literarios, pero sólo una fuente alimenta su escritura: su vida. Así, en vez de salir a la calle a desempolvar pasados ajenos, se encierra en su alma e invoca a sus demonios. Hace así la cosecha de su corazón en una delicada introspección, con el tiento usado para la vendimia, y lo aplasta con la desnudez de sus pies para ver si le arranca un mosto qué fermentar en las barricas de un libro.


Está claro que Javier Sicilia pertenece a esta segunda especie de escritores. Por eso su literatura es, por fuerza, honesta (que el título sea La confesión no es casual) y está escrita, necesariamente, desde el dolor. Esta manera de proceder hace que sus letras tengan el aire de familia de Mauriac, Péguy, Claudel y Bernanos... Pero decía que Javier es uno de esos escritores obsesivos. Si a alguien le quedaba duda de ello, basta ver que en ésta nos ha entregado otra novela acerca del único tema del que sabe hablar. Y es que sólo sabe hablar del Amor. Es por eso que La confesión se trata, como todo lo que escribe, de la Fe. Es decir, de las razones para la Esperanza.


Me explico: una vez más hace una excavación literaria del Misterio. Por eso El diario de Esteban Martorus habla desde el absurdo del dolor y el mal, siempre al borde de la desesperación. Y que todo esto sea abordado a partir de las alegrías sencillas y los dramas locales de los habitantes de una parroquia suburbana, donde lo raro es ocurran sucesos de esos que se llaman "importantes" o "grandes", no puede sino estar en perfecta consonancia con la concepción peculiar que del Amor tienen Sicilia y el cristianismo. Como no se le escapa tampoco el abordaje lúdico. La confesión está llena de un humor que atraviesa esta novela como la vida, a veces un poco negro. Y, lo mismo que en la vida, el humor es usado en su contra, pues Javier es uno de los personajes de esta novela. Por eso resulta tan genial esta novela en que el drama fundamental de lo humano esté contenido en las realidades más sencillas, que es donde mejor habita el Misterio.


A un lector familiarizado con la literatura cristiana del XX no escapará, al leerla, que esta novela es deudora, casi punto por punto, del Diario de un cura de aldea que escribiera el viejo Bernanos. En efecto, el recurso narrativo es el mismo: un diario. El personaje principal está trazado con un molde casi idéntico al del cura de Ambricourt: un padrecito desaseado, torpe para los asuntos del mundo –un perfecto inútil­-, medio místico, relegado a la última parroquia. El orden y ritmo de los eventos, aún el estilo narrativo, muestran a las claras su filiación. Incluso algunas analogías, como la del aprisco para referirse a la feligresía de la parroquia, o la dirección de la crítica a la Modernidad y a la Iglesia, que presentan sus páginas, son paralelas a la novela del francés. Antes de que se me acuse de llamar plagiario a Javier hay que decir que él mismo ha hecho evidente la simetría con sus referencias. Y si bien, está claro el homenaje que en esta novela le presenta al entrañable Bernanos, soy de la opinión de que se trata de uno de esos reconocimientos en que el discípulo, en vez de trillarlas, lleva más lejos las intuiciones de su maestro. Por eso más que el Diario de un cura de aldea "región cuatro", en La confesión nos es dada una novela autónoma y consistente en sí misma, que se hace eco de la del francés para magnificar y delinear más precisamente las resonancias del impulso que la motiva.


El padre Martorus se nos presenta como un hombre de una gran sabiduría de corazón y una inutilidad práctica atroz. Cierta timidez que lo hace antipático, al estar combinada tal delicadeza con una torpeza de maneras imprudente y una penetración mística singular hacen de este personaje casi lamentable, un tipo entrañable. Es un hombre confundido, que no encuentra su lugar en un mundo que ya no reconoce… y que ya no lo reconoce. Los años de oración y cuidado de los más humildes entre los humildes le dieron un conocimiento hondo sobre el misterio del hombre del que, sin embargo, es incapaz de sacar provecho en su labor parroquial. Símbolo de la Iglesia en la Modernidad, llega a la parroquia de Ahuetepec, cubierta por la pátina del tedio moderno, desarraigada de su tierra y enajenada. Aún más confundida sobre su lugar en el mundo que el propio Martorus, porque ha "perdido el piso"; o, mejor, lo ha vendido, lo ha pavimentado y llenado de casas grises y lujosas zonas residenciales.


Si bien esta novela alcanza altos vuelos literarios y teológicos, no obstante, todo el tiempo está enmarcada en las realidades más concretas. Habla de le la Gracia y el pecado (es decir, del amor y el desamor)… en la alegría de los chavales que juegan fútbol y el alcohólico que le pega a su mujer. Javier, como el poeta que es, sensual, conoce la importancia fundamental de lo sensible, de la carne. Por eso insiste en la relevancia de reconocer en la tierra una patria y recibir de ella un hogar y muestra con alarma lo dramático de la Modernidad, progresivamente desencarnada.


Sólo por un acceso sin mediaciones al mundo, cuando la carnalidad de la tierra aún nos dice algo, se puede discernir su doble carácter de don e incompletud, donde se escuchan "el silencio de las cosas, ese abismo de soledad, que nada puede colmar" y la intuición de que alguien lo puso allí para nosotros. Por eso Javier presenta a un Dios al alcance de la mano ―si bien, una mano frágil, limitada―, pues "nada en el mundo puede ser comprensión de las realidades sobrenaturales si no se ha hecho antes percepción carnal", como le dice Sicilia a Martorus en la novela. Por eso, porque está obsesionado con lo sobrenatural, la Encarnación juega un papel central en la literatura de Sicilia. Y en esta novela lo hace muy señaladamente.


Detrás de la suerte de los personajes que construye aquí Javier, del escándalo y la gratuidad de un Dios hecho hombre, están el diagnóstico y la crítica de Ilich a la Modernidad. Por eso bien podría leerse esta novela a la luz del ensayo que a suerte de prólogo escribió para el segundo tomo de las Obras completas de Ivan Ilich. Sólo a la luz de la importancia de la Encarnación, de que el Logos "tomara carne", se pueden comprender la profundidad y la radicalidad del mal de nuestro tiempo. Ese mal que, con toda su gravedad, retrata Javier en Ahuatepec. Nos mete de lleno al drama que es la "lucha de la Resurrección de Cristo, tan débil, tan intangible, tan pobre, por iluminar las tinieblas" poniendo a sus personajes en situaciones límite: el suicidio, la desesperación, el abuso sexual y la pederastia.


Esta es una novela que habla del amor en sus límites. El amor que llega al borde de la nada. Nos planta en el infierno de la soledad, de la desesperación, es decir, del pecado. "No encuentro otra manera de definirlo ―dice Sicilia― que lo que más temo en mí: la falta de amor. (…) Lo que llamamos pecados se reduce a uno, cada vez más intangible: el desamor; la horrible afirmación de que Dios no está allí (…), de que estamos solos." No otra cosa es el infierno: la ausencia de Dios, es decir, del Amor. Él no es quien lo ha creado, sino nosotros, cuando debiendo amar, debiendo reconocer la condición gratuita del amor, claudicamos. Pero la voz de Dios, su Verbo, que en el silencio de una niña se hizo carne, nos sigue y nos perseguirá hasta la última de las distancias… "Y ante Él ―escribe Sicilia― sólo quedan dos caminos: permanecer en el infierno o amar."


El problema al que se enfrentan los personajes de esta novela es el drama mismo al que se enfrenta el hombre, en última instancia, en su corazón: la elección del amor o la muerte. Y la opción por el amor es la más cara porque involucra la exigencia de la santidad, implica la deposición del orgullo… la confesión. Sicilia nos narra una conversación trepidante, que da nombre a este libro, en la que Martorus intenta vulnerar la soberbia del padre M. Cuando el pecado del segundo se ha manifestado con toda su desesperada violencia y éste se aferra a su grandeza para no tener que reconocer la fragilidad de la que su grandeza pendía, el doblez de su vida, su necesidad de ser redimido, el padre Martorus le muestra el único camino al amor: la puerta estrecha. "Siempre hay la posibilidad de levantarse ­―le dice― para ser acogido. Lo odioso de la traición no es caer, por más duro que resuene el estrépito. Ni siquiera la desesperación que la traición provoca, ese sentimiento de una dignidad que ha extraviado su objeto; lo repugnante es el cinismo, la simulación, el silenciamiento, la caída que se niega a mirar y a asumir su mal y se disculpa a sí misma."


Tal se nos presenta el drama de la Historia, la Salvación. El desenvolvimiento de esa paradoja que nos gana la Vida en la muerte a nosotros mismos, que nos ganó en su muerte la Vida, lo más hermoso y lo más repugnante a la vez: Cristo. "Ningún cuerpo, ningún rostro, ninguna presencia tienen su hermosura; pero a la vez, ninguno es tan repugnante y sobrecogedor." Javier sabe lo que en la Iglesia se juega. Por eso, al saberla custode de tan terrible gracia de la que nunca está a la altura, que corresponde como puede, formula la experiencia adquirida en estos términos: "Después de tantos años, de tantos siglos de decir que lo amamos, continuamos crucificándolo y manteniéndolo en la Cruz." Y exclama: "A veces mi pinche Iglesia me exaspera y, sin embargo, no dejo de amarla, dolorosamente, como amo a este mundo, como sólo puedo amarme también a mí mismo".


Los reveses y giros que da la narración recuerdan el estilo de Graham Greene, en cuya literatura la Gracia aparece como aparece el asesino en los cuentos policiacos: para darle sentido a toda la historia previa y de una manera a la vez sorprendente e irreductible. La experiencia de la Gracia que siempre (¡gracias a Dios!) nos termina pillando hace a Javier sugerir en Martorus un enunciado desconcertante para el moralismo: "¿Qué importa lo que hagas? Todos los caminos desembocan en Dios." Y esto vale lo mismo en la vida de Benedicta, la abadesa del monasterio de Ahuatepec, la vida de amor de una mujer que ha habitado la tierra ―y por eso es familiar al Cielo y no es ajena al infierno―, que en la del padre M, soberbio sacerdote fundador de una congregación poderosa, recientemente condenado por Vaticano a causa de su pederastia.


Todos los caminos desembocan en Dios. Sí, pero ninguno ahorra el drama del camino mismo. No edulcora Sicilia la Fe, disolviéndola en agua de rosas o convirtiéndola en un ansiolítico. Muestra cómo el cristiano no sólo no escapa al drama de la existencia sino que, encima, se carga encima una vocación de amor ―y hay que saber que a continuación de la expresión "vocación al amor" hay que decir "vocación al sufrimiento". Presenta al creyente como aquel que es llevado a la Noche, a una noche insondable y dolorosa, y glosa a San Juan que sólo puede presentar el sufrimiento al que el cristiano está sujeto entonces en términos analógicos: "es tan opresiva que uno no sabría cómo mantenerse en el amor que la provoca sin pronunciar el desgarrador grito de la amada que repentinamente, sin saber cómo, no encuentra a su amante en el lecho donde acaba de yacer con él." Sólo después de ser llevado a ese límite, al umbral en que ya no se distinguen el Ser y la nada, el cristiano puede advertir que "Dios, a pesar de todo, estaba allí sosteniendo el mundo". Aún más: que, como escribió Teresa de Lisieux -y vuelve a decir Bernanos-, todo es gracia.


jueves, marzo 5

Cartas desde el exilio de sí mismo.

Querida M:

Me preguntas por qué cultivo un odio semejante contra esta ciudad que me vio nacer, crecer y que ha alimentado mi inteligencia y mi cuerpo durante 26 años. ¿Soy un desagradecido? Probablemente. Nunca me he sentido atado a esta tierra. Sólo conozco de ella decepciones. Miento: sólo recuerdo de ella decepciones, que es bastante distinto.

Desde la más tierna infancia sufrí por mano de mis profesores y mis pueriles compañeros de banca el desprecio hacia el español. Yo no era español; sin embargo, eso daba igual: porque mis padres lo eran, yo compartía con ellos esa “miseria”. Y eso que yo asistí a una escuela de élite, donde la mayoría de los alumnos tenían ascendencia española, y cuya ideología religiosa (ideología en sentido peyorativo, ya sabes por qué) fue fundada por un santo español –de cuyo nombre no quiero acordarme. Pero el complejo histórico está tan arraigado en el nervio del mexicano que la realidad y la historia no importan: el español tiene que ser visto con rencor, aunque los ojos que lo vean provengan del mismo linaje. Las peores injusticias las recibí de algunos de mis profesores, quienes, por complejo, se lavaban las manos ante el conjuro casi total del salón de clase en contra mía.

Profesores normalistas, es decir, los que el Estado mexicano autorizaba con exclusividad para dar clases de educación primaria. Y mentían: engañosamente, seguían pregonando el error ciego sobre quién es el mexicano. Generación tras generación la añeja cadena de odio. Odio indiscriminado. No es aquí lugar para contarte cómo vi sufrir e –sí, hay que decirlo– hice sufrir a alumnos españoles que tuvieron la desgracia de estudiar por un tiempo aquí: llevado de la masa con la que quería identificarme tendí a mimetizarme con su violencia. Si quería ser adoptado por ellos, tenía que jugar su juego, con sus reglas –ya viejas, venidas de antiguas generaciones–. Perdí, por defensa, complejo o qué se yo qué, el acento español.

Pero mi historia tiene su contracara. Mis padres, al verse acosados por un odio generalizado, odiaron. Supongo que esto es lo que les ocurre a muchos inmigrantes venidos de tu península. No los justifico, pero soy capaz de entenderlos. Durante toda mi infancia y juventud escuché expresiones racistas, insultos amargos, desesperados, de mis padres contra México y los mexicanos. Y eso, lo quiera o no, marcó o sesgó mi visión de esta cultura. He tenido que pasar por varios periodos de purificación para desasirme de un sutil racismo incubado en la mirada por mis padres. No me siento español, no siento mexicano. Esa es mi tragedia; soy un apátrida.
Hoy en día, que ya no tengo ningún resabio lingüístico prohibido, sufro aún el odio, no frontal, pero sí de refilón, de una parte de los mexicanos: el chofer del autobús que intenta robarme dinero en el cambio, la señorita de la caja que no me atiende bien, el mecánico que intenta engañarme. Se ciernen sobre mí dos errores: ser blanco y rubio y tener un nivel sociocultural y económico alto. Porque, querida M, he de confesarte que la sed de destrucción no sólo es del mexicano contra el español, sino del mexicano contra sí mismo: el rico contra el pobre y viceversa. Hay un enfrentamiento virulento entre las clases sociales. Esa mirada de frontal denuesto del rico para con el pobre, y su contraparte: la mirada rencorosa, poco amable, resentida, del pobre contra el rico. Es un avatar más de la lucha indio-hispano, que no hemos sabido superar.

Continuamente trato de discernir qué es lo que me repugna de esta ciudad. No es el indio, no es el pobre, no es el mexicano en sí –de lo contrario, valiente cristiano sería–; es más bien esa dejadez, esa negligencia, ese egoísmo que veo por todas partes y de todos los colores de piel. Es una contracultura o subcultura que hace afluir lo peor de nosotros. ¿De dónde vino? No lo sé, pero se dispersa como pandemia desde hace un par de siglos.

El “nacionalismo” ha suplido a la madre negada. Se ha convertido en una égida, algo a lo que agarrarse, algo con lo que cubrir tanta miseria. ¿Qué es en México eso que se llama patriotismo? ¿En qué consiste? En un “valor” vacio y desfigurado en el que cabe cualquier cosa. Una flatus vocis, dirían los medievales. Mera ideología. ¿No es verdad que en los estadios existe un odio, ya no digamos de ricos contra pobres, de negros contra blancos, de españoles contra indios, sino de mexicanos contra mexicanos de la misma clase social, a muerte? Lamentablemente, sí. Basta con ver cuando se enfrentan algunos equipos de la capital para darse cuenta cabal de esto. ¿Qué es el patriotismo?

Me preguntas en tu carta sobre el estatuto que guarda el indígena en México. Es un tema largo y espinoso. Aquí sólo te apunto lo siguiente. Por paradójico que te resulte, uno de los insultos que encona más a la gente es “indio”. Llamar “indio” (calificativo que normalmente va precedido por la grosería “pinche”, que exalta el desprecio) a una persona conlleva siempre un rebajamiento de su clase y cultura. Si eres indio, eres inculto, feo, ridículo, altanero y un largo etcétera del mismo tenor. Es un nudo gordiano insuperable en nuestra historia. No hay forma de cortarlo de tajo. Mientras tanto: el indio sufre, muere, anhela la tierra perdida, cultiva un odio secreto y realmente motivado. No sabe nada de independencias ni revoluciones. Sigue siendo esclavo, ahora, del mexicano, de ése que tan poco orgullo muestra por su raza, que camina todos los días junto a él, que es él…

Si se desprecia por igual al indio que al ibérico, ¿qué es, pues, el mexicano? Nada, pues ha renegado de todo lo que es. Por eso te he hablado en otras cartas de la nada mexicana. Lo peor es que empiezo a formar ya parte de ella. Adelante me hago cargo de explicarte cómo caí en la cuenta de esto.

No desprecio in genere a México; desprecio lo que imprudentemente se ha hecho con él: mistificarlo, polarizarlo, a la orden de las ideologías. Conservadores o liberales. Ideologías trastocadas, a su vez, por su contraria. Esto hace que los auténticos valores promocionados por los intelectuales de una y otra ala, hayan quedado soterrados. El único triunfador: la ignorancia, que corroe los últimos soportes de esta desgraciada tierra. Huelga decir que, como en todos lados, hay gente muy buena y capaz que ha entendido y asumido existencialmente la realidad polar del mexicano. Son pocos y están terriblemente solos.

Tengo que hacer una anotación: mi decepción de México tiene como mina principal de alimentación al Distrito Federal, o sea, su capital. No conozco con suficiente hondura ningún otro estado para dar una opinión crítica o positiva de él, aunque por las noticias que diariamente leo y escucho puedo hacerme a la idea de que la mayoría de las ciudades que conforman nuestro territorio son semejantes. Es fuerza decir, por otra parte, que también existen lugares muy tranquilos y bellos, donde la mano del salvaje leviatán no ha hecho de las suyas. ¿Es una opción resignarme a vivir en algunas de estos lugares? En esa palabra está la respuesta: la resignación de abandonar el único centro cultural de México no es para mí una opción. Porque fuera de la capital, sí, puede uno vivir más tranquilo, pero haciendo el sacrificio cultural. Los estados no cosmopolitas donde se puede estar con relativa paz no se destacan por su nivel académico. El necesario sacrificio: seguridad por cultura o cultura por seguridad.

Desorden, caos y violencia. Estas tres palabras definen la realidad cotidiana de esta capital. He llegado a sentir auténtico furor, impotencia, odio, ante los millares de injusticias que se comenten diariamente, con una flagrancia tranquila y aceptada. ¡Tranquila y aceptada! Sí, la gente ya no se sorprende de las locuras que ve a su alrededor, las cuales ya te he descrito con todos sus pormenores. Eso es terrible. La nada mexicana ha logrado adormilar la conciencia prístina de orden, ese deseo natural de armonía mínima entre el hombre y su medio para vivir con honestidad. El mito del Estado ha logrado hacernos creer que somos individuos unidos por mera utilidad, para evitar la guerra de todos contra todos. El resultado: desconfianza y su versión cansada: la impersonalidad.

Y lo peor está por llegar. Cuando se ha logrado fracturar esta densa capa de no-ser, ha sido de la peor manera: neurosis descontroladas, odio acumulado cuya válvula de escape es el homicidio. Ayer, por ejemplo, un hombre absolutamente frustrado por el tráfico, se bajó y tiroteó a unos trabajadores de obras viales, pues dichas obras causan un caos indecible.

Te he dicho líneas arriba que la nada se ha posesionado– lenta pero continuamente– de mi corazón. Te cuento la dramática escena que me hizo caer en la cuenta de que el odio es solamente la última consecuencia de un proceso mucho más abominable: el olvido del otro.

Regresaba en el metro con mi novia, cuando, al abandonar la estación, en un túnel que daba a la salida, se me presentó a la vista una de las escenas más desgarradoras jamás vistas en mi vida: un niño de 7 u 8 años, pobrísimo, llorando con alaridos de otro mundo, mientras defecaba en el suelo algo que sólo indicaba enfermedad. Al lado de él, su madre, una indígena pobre, obnubilada por el dolor que le causaban las llagas supurantes que tenía en su tobillo, las cuales presentaba a cualquier transeúnte para recibir una caridad. El niño tenía el rostro congestionado, las mejillas arrasadas por las lágrimas. La madre, impersonal, miraba a otro lado. Sentí como si la muerte lamiera mi frente, como si abrazara la nada por sí misma. Sentí un miedo terrible, asco, furia, ternura, odio, remordimiento, impotencia, impotencia, impotencia. En el momento, lo único que se me ocurrió –oh, triste burgués consumado– fue tomar de la mano a Alejandra y apartarme de ahí lo antes posible… Estoy seguro que mi ángel de la guarda, ante lo que hice, volteo su cara con estupor –tomo la expresión de Bernanos–.

Es la peor bofetada que he recibido de la realidad. Esa realidad tan lejana, apartada por los miles de eventos baladíes, por las mil y un preocupaciones vacías: todo espectro, todo falsedad. ¡Ay, no sabes lo que sufrí en la noche! El paradigma de funcionalidad que nos impone el Estado, mi odio sin ton ni son a esta ciudad y mis tristes “asuntos” me habían apartado un tiempo verbal del drama de la existencia real. “¿Dónde estoy? ¿Qué hemos hecho?..., Deus absconditus”, pensé.

No quiero vivir en un lugar así; no quiero formar parte de un lugar así. ¿Qué hacer? ¿Abandonar? ¡¿Correr otra vez lejos de esa miseria que me involucra directamente?!

El olvido, de nuevo, se posará en mis mientes. El odio, autodestructivo, volverá a incendiar varias veces mis entrañas. Y mañana caminaré como si nada hubiese pasado, bajo el mismo sol que reluce para los justos y los pecadores. Estamos tan lejos de nosostros mismos, tan alejados de nuestra humanidad, mediatizados. La niebla unamuniana que todo lo "cura". Tristitia.

Y como este caso, los hay por decenas de millón: asesinatos a sangre fría donde las personas se quedan inmóviles por el miedo; asaltos violentos ante la mirada atónita e impersonal de cien espectadores; prostitución infantil a la vista de todo el público, y el público deja de existir voluntariamente; decapitaciones, linchamientos, infiernos… El universo debería enmudecer varios minutos.

Dejo aquí estás líneas, pues mi ánimo languidece y las lágrimas acuden copiosas a mis ojos. Espero que su sal logre purificarlos. Disculpa el desorden argumentativo, pero los párrafos son pasión pura.

Te deseo lo mejor, y en carta posterior me haré cargo de contarte sobre mi nuevo departamento (o piso, como le llaman ustedes) y de mi relación con Alejandra –cumplo el 15 de marzo tres años con ella–.


La paz sea contigo, M.


Eliseo.

viernes, febrero 27

Alguna esperanza querdará (segunda entrega).

Una vez que Farragut pudo calmar su hambre, comprendió que la historia interminable de aquél hombre era un hilván de lugares comunes. De seguro era inventada, pensó. Pero prefería, sin género de duda, escuchar las fantasías de Vermont por horas que acostarse con la mujer de la barra.

Hora y media más tarde, Saul, que ya desvariaba por el alcohol, le dijo:

“Entonces, ¿te vienes conmigo o vas a vagabundear por la ciudad, hijo?”

Farragut no supo qué contestar. Y dijo para sus adentros:

“Este hombre de aliento ácido me ofrece un lugar para dormir; sin embargo, no confío en él y me causa cierta repugnancia. Prefiero caminar y dormir a la intemperie, al fin y al cabo no tuve que vender mi abrigo.”

El hombre insistió: “¿Entonces?”

Farragut le dijo: “no, señor, muchas gracias, tengo lugar a donde pasar la noche”.

Los dos hombres abandonaron el lugar a un tiempo. Ya en la calle, donde el frío arreciaba, el hombre preguntó por vez última:

“¿Seguro que no te vienes conmigo? Tengo algo de alcohol y mariguana en mi casa, podríamos divertirnos y ver hasta dónde llegamos…”.

Vermont terminó la frase cerrando un ojo, gesto que anunciaba complicidad.

“No, no, pero se lo agradezco”, contestó Ezekiel, con el semblante lleno de angustia y asco.

Los dos hombres tomaron rumbos opuestos. Farragut caminó sin querer llegar a ningún lugar. Estaba como extasiado de noche. Comenzó a silbar. Eso le agradaba bastante, pues tenía buena entonación. Cierta vanidad pasó por su cabeza. Respiró profundo, como queriendo asir la vida, y metió las manos en las bolsas del abrigo. Una alegría desconocida lo invadió. Era libre.

Después de un rato de errático andar, se sentó en el banco de un parque. Serían como las 3:30 de la mañana. Estaba agotado. Cabeceó varias veces y se quedó, al fin, dormido. Despertó 20 minutos después por el frío que se le había colado hasta los huesos. Pensó: “tengo que encontrar un lugar para dormir un rato. Una vez descansado tomaré una decisión”. Palpó su costillar y notó un agudo dolor. Intentó ver las heridas de sus piernas, pero los músculos para agacharse no le respondían bien: estaban ateridos. “¿De dónde sacaré dinero para rentar un cuarto…? Ah, ya sé, iré a una iglesia y pediré caridad con el párroco… ¿Dónde estará la iglesia más cercana?” Mientras pensaba en esto, Farragut volvió a caer dormido, pero el frío volvió a hacer de las suyas. Sin ningún ánimo, Ezekiel se levantó y comenzó a mirar a su alrededor para ver si encontraba algún campanario que anunciara una iglesia. Caminó al otro extremo del parque y vislumbró algo parecido a una parroquia. Bien sabía Farragut que difícilmente esa iglesia con la que se había topado sería católica, pero en ese momento la pareció que cualquier religión comprendería su miseria y lo auxiliaría. Todas sus esperanzas estaban puestas en encontrar alguien que lo acogiera.

En la entrada de la iglesia había un par de perros callejeros, los cuales despertaron al oír la primera pisada de nuestro hombre en la escalera. Ambos tenían esa mirada de canes viejos, experimentados, a caballo entre la ternura, la piedad y el miedo. Al segundo peldaño, movieron la cola. Farragut encontró en ese movimiento espontáneo y tranquilo la primera muestra de humanidad desde que había salido de la cárcel.

Como era de esperar, la puerta estaba cerrada. Ezekiel, agotado, se tumbó entre los dos perros para calentarse un poco. “Soy –pensó– un auténtico vagabundo. Y, a decir verdad, prefiero esto a estar con Mary… ¿Qué será de mi pequeño Samuel?...”

En el continuo sopor de la cárcel, donde jamás logró distinguir claramente la realidad del sueño, el antiguo profesor universitario no había parado mientes ni una sola vez en Samuel, su hijo, quien a la sazón tendría 14 o 15 años. 3 años de animalidad; tres años viviendo como bestia, y precisamente 2 bestias habían despertado sus instintos paternales. “Samuel –dijo en voz baja–“, y ese nombre le sonaba tan lejano e irreal como sus viajes burgueses a París a Viena a Salzburgo… “Samuel…”.

Desde que su hijo nació, Farragut ya era adicto a la heroína y ya había amado a algunos hombres. En el recuerdo, la infancia de su pequeño le parecía la vida de otra persona: jamás había entablado una relación con él, jamás se había preocupado por su bienestar psíquico, jamás había pronunciado su nombre con conciencia. Parecía que era otro quien contaba esa historia en su cabeza; parecía que era otro quien la había vivido realmente.

“Papá, ¿por qué mamá siempre está de mal humor?”

“No lo sé, Samuel. Supongo que es un poco exagerada.”

“He visto que se enoja mucho porque tú nunca le contestas cuando te regaña. Parece que estás en un sueño… “

Y Farragut lo estaba. Mary le llegó a dar fuertes bofetadas y él simplemente volteaba al suelo, se levantaba y se iba ofuscado a su cuarto, como un niño pequeño regañado.

“Papá: ¿me quieres? Dice mamá que no, porque nos lastimas.

“Yo jamás te he hecho daño, Samuel. Y a tú madre tampoco.”

“Ella dice que nos lastimas de la peor manera: destruyéndote a ti mismo”.

Y Farragut se destruía. Semanas enteras había injerido droga sin parar. El único límite había sido el dolor que sentía en sus brazos y la falta de dinero. Probó todos los narcóticos; los combinó; perdió la conciencia días completos. Había amanecido rodeado de su vomito y sus heces. Había llorado largamente sin sentimiento alguno.

“Jamás das un centavo para la educación de Samuel –le había dicho Mary–. Todo te lo gastas en tus porquerías, y ni si quiera tienes las agallas del auténtico adicto para conseguir dinero como sea. Vienes llorándome como una mujerzuela para pedirme dinero. Eres lo peor que le pudo haber pasado a tu hijo, Ezekiel. Das pena. Eres más patético que un ciego pobre…”

Ezekiel se levantó bruscamente. Había dormido un par de horas más. Las puertas de la iglesia se abrían, los perros, impacientes, comenzaban a salivar. Sintió sed. Una arrasadora sed. Tronó los huesos de su flaca espalda. Se frotó los ojos para quitarse las lagañas. De la puerta salió un hombre viejo que llevaba una pequeña cubeta con pan duro. Miró a nuestro hombre de hito en hito, con cierta desconfianza.

“¿Qué quiere, señor?”, dijo el desconocido con una voz sin timbre.

“Tengo sed”, contestó Farragut mirándolo con piedad.

“Pase, entonces. Le regalaré un vaso con agua.”

Farragut cruzó el umbral y fue recibido por un ambiente cálido. Olor a cera quemada: olor a infancia y buenos deseos. Sintió una tranquilidad poco común, una mezcla de nostalgia y seguridad. Estaba más cerca de sí mismo que nunca.

El hombre comenzó a lanzar los trozos de pan a los perros, que devoraban al vuelo los duros manjares. Después, tomó un cacharro que estaba en el suelo y les dio de beber. El convite parecía desarrollarse entre viejos conocidos: no había ninguna formalidad, pero, eso sí, un auténtico agradecimiento por parte de los comensales, quienes agitaban sus colas como queriendo aplaudir.

miércoles, febrero 25

Memento homo...


quia pulvis es, et in pulverem reverteris.

viernes, enero 30

Alguna esperanza quedará. Primera entrega. (con motivo de la lectura de "Falconer" de Cheever).

Farragut bajó del camión. Todas sus esperanzas estaban puestas en un buen bocadillo de jamón y queso. Gruesas gotas de sangre resbalaban por sus botas, pero a él no le importó. Era un hombre libre y eso, por lo menos en estos momentos, le hizo olvidar todo lo demás, excepto su hambre, que se valía de retortijones terribles para recordarle que, a pesar de su actual estatus de liberto, también era un animal con necesidades primarias. El dolor de estómago también le hizo caer en la cuenta de que no podía ir por la calle con manchas de sangre por todo el cuerpo, las cuales ya comenzaban a tomar un color muy vistoso, aun en la noche.

Caminó por una avenida desconocida –Gral. Ernest Mc Gregor–, arrastrando la pierna que más le dolía. Lloviznaba. Dio gracias al destino por el abrigo que le había regalado el extraño hombre del camión. El hambre y el frío habían tomado plena posesión de sus pensamientos. Ahora, por primera vez después de 5 años, tenía que tomar una decisión real: “si vendo el abrigo para comer, me muero de frío; si me quedo con el abrigo, no podré comerme el bocadillo ese que tanta ilusión me da. ¡Qué mierda!”, decía mientras se levantaba el cuello del abrigo e intentaba recordar cuándo había sido la última vez que había comido. Hizo sus cálculos y concluyó que llevaría como tres días sin probar bocado. De pronto, sin motivo aparente, se acordó de su amigo el “Pollo”, y de la oportunidad que le había brindado su muerte. “Gracias, Pollo –murmuró. “Aunque no hiciste nada importante en toda tu vida, salvo gastarte 2000 dólares en tatuajes, tu muerte al menos sirvió para que yo pudiera escapar”. Estas palabras le parecieron una auténtica y sincera plegaria en honor a su amigo, quien probablemente a esa hora ya había sido reducido a cenizas, con la sola presencia del impersonal encargado del horno de cremación.

Pasado un tiempo, no pudo dar un paso más: las heridas en las piernas y en los costados se habían vuelto insoportables. “Vaya mierda, irme a cortar con la puta cuchilla de afeitar…” Decidió, obligado por el dolor, entrar a un barecillo de mala muerte que estaba en la acera de enfrente. Se abrochó todos los botones del abrigo, tomo una bocanada de aire con la intención de relajarse, y cruzó la puerta para ingresar al antro. No había casi nadie. En la sucia barra, una mujer gorda y vieja, de pelo ralo y grasoso, apoyaba su cabeza en la mano con cierta melancolía. Farragut temió que lo tomará por un vagabundo y le obligara a abandonar el lugar. Al lado de la puerta del baño, un tocadiscos dejaba oír una canción que él no pudo en ese momento reconocer. Olía a salmuera y sudor; tal vez un poco a orines. Farragaut no lo percibió. Se acercó a la barra y le preguntó a la mujer si podía utilizar su baño. La mujer no habló; sólo hizo un ademán de indiferencia con la mano, que se podía interpretar en cualquier sentido. Así que nuestro hombre, sin querer hostigar de nuevo a la mísera mujer, fue derechito al baño. Entró, se quitó el abrigo y los pantalones. Tenía tres cortadas en el muslo izquierdo; ninguna de gravedad. Su costado izquierdo estaba surcado por tres heridas que sangraban sin parar. En la rodilla derecha tenía una cortada pequeña, pero profunda; era la más sanguinolenta. Farragut tomó papel de baño, lo mojó y le puso un poco de jabón –o lo que realmente fuera– e hizo una cataplasma que dividió en tres trozos que se puso en cada una de las heridas de su flaco costillar. Se sentó en uno de los escusados y se quitó las botas y los calcetines. Mientras realizaba estos menesteres, pensó: “¿Qué haré? ¿Trataré de contactar con Mary? Seguro me manda al diablo. ¿Y si localizara a Paul? Seguro que su esposa oriental no sabe nada de los amoríos homosexuales de su esposo… ¿Le daría gusto a Paul verme? Probablemente me trataría con indiferencia o hasta con odio, pues yo sólo sería un recordatorio de la lobregueces de su vida pasada.

Sin deberlas ni temerlas sintió una fuerte ansia. Tembló. Vomitó. Parecía que los síntomas de abstinencia de la heroína querían cobrar los fueros perdidos. Y pensó: “Ya decía yo que era muy raro que este diablo no me hubiera poseído en tanto tiempo. Ahora quiere recuperar los días que no me atormentó”. Farragut llevaba un mes limpio, pero él bien sabía que no se debía a su fuerza de voluntad: en vez de metadona le habían administrado placebos sin que se diera cuenta. El repentino asalto del síndrome de abstinencia le dio, curiosamente, cierto regustillo: “Yo sabía que mi adicción no era de esas afectadas, de esas que sólo dan pena – se decía mientras limpiaba su boca con la manga de la camisa después de haber regurgitado únicamente líquidos–; la mía es más espiritual, más verdadera. No es psicológica, es física.” Y se enorgullecía mientras pensaba esto. Sin embargo, el fuego no se convirtió en hoguera incontrolable: el temblor, el vómito y el ansia fueron desapareciendo lentamente, y Farragaut recuperó plena conciencia. Dio gracias y, al mismo tiempo, se sintió avergonzado.

Decidió tirar los calcetines, pues estaban repletos de sangre. Se puso otras cataplasmas en las heridas del muslo y la rodilla, se vistió y salió del baño. “Qué hambre tengo, qué hambre tengo”. Se acercó de nuevo con la mujer de la barra, que ahora estaba pasando lánguidamente un trapo por el mueble donde estaban las botellas de licor. Su figura era espantosa: el culo semejaba un saco de papas, le espalda estaba un poco encorvada, y los hombros caían mustios y sin forma. Farragut hizo un viso de asco que la mujer no pudo ver. Le dijo: “buena mujer, llevo más de dos días sin comer y no tengo ni un duro…” La mujer volteó e hizo el mismo ademán de indiferencia que cuando nuestro hombre le pidió permiso para entrar al baño. “Sólo tengo este abrigo y sería capaz de venderlo por un bocado, pero después me moriría de frío”, continuó nuestro hombre. La mujer sexagenaria le respondió con un tono tranquilo y una voz de fumadora vieja: “Yo podría comprarte ese abrigo”. Farragut se entristeció: sabía que su actitud lastimosa no obtendría nada de esa mujer, quien volvió a dirigirse a él: “Te daría de comer y de beber por un buen sexo. Tengo un pequeño cuarto aquí mismo”. Dos mese atrás, hubiera aceptado la oferta, pero en su nuevo estatus de libertad no quería ser un prostituto; sentía cierta dignidad. “No señora, no. Yo no soy una puta que se entrega por comida”, replico. “Pues bien –contestó la vieja lasciva con cierta indignación–, si no tienes dinero para consumir algo, tienes que largarte de aquí”. Y señaló con su artrítico índice la destartalada puerta de salida.

Cuando Farragut ya había perdido toda esperanza de llevarse un bocado a la boca y, con los hombros caídos y los ojos perdidos en el suelo, se acercaba a la puerta de salida, sintiendo a cada paso cómo se habrían sus heridas, un hombre se dirigió a él con un fuerte: “¡Schiiit!”. Farragut volteó distraído, y el hombre de la mesa le hizo una seña con la mano para que se acercara a la mesa donde se encontraba. “¿Cómo te va la vida, hijo?”, dijo el hombre, después de tomar un hondo sorbo de cerveza y limpiarse la espuma de la boca. “Esta mujeruca es miseria pura y madura”, y señaló con la cabeza a la barra. “Yo me he tenido que acostar con ella algunas veces para beber un poco de cerveza. Me arrepiento totalmente. No sabes que es tener una bola fétida de grasa encima de ti…”. Mientras decía esto, la mujer, que en su ensimismamiento no había escuchado los insultos de su cliente, comía algo semejante a un sándwich.

“¿Cómo te llamas, hijo?”.

“Ezekiel ”, contestó con cierta timidez nuestro hombre.

“Ezekiel, ¿eh? ¿Y eres judío?

“No, señor; soy católico.”, dijo atropelladamente Farragut.

El hombre no pareció poner atención.

“¿Estás enfermo, hijo? Tienes una pinta que da pena verte”. Y al decir esto hurgaba sin ningún
pudor su gruesa y grasienta nariz.

“Creo que lo estoy, señor. No he comido en varios días.”

“Siéntate, muchacho, siéntate. Así que eres un indigente… Pues no tienes pinta…, más bien pareces un burgués afeminado.”

Farragut guardó silencio. Todas sus esperanzas estaban puestas en que el hombre que le hablaba le invitara a comer.

“Entonces estás hambriento… Y de seguro que la vieja esta –y señaló con el meñique a la mujer– te ofreció alimento a cambio de placer. Te aseguro que ese adefesio jamás ha tenido sexo gratis… ¿Quieres comer algo, hijo?”

A Farragut le molestaba que el extraño le llamara “hijo”, pues eran hombres de la misma edad. Este apelativo denotaba un aire de superioridad y cierta lástima. Además, le obligaba a referirse a este hombre con el término “señor”, que él había usado tantas veces para referirse respetuosamente a las personas más deleznables que había conocido en su vida. Sin embargo, la ansiada pregunta hizo a Ezekiel olvidarse de cualquier cavilación. Contestó:

“Si usted fuera tan amable de darme algo de comer, se lo agradecería enormemente, señor.”

“¿Pero eres o no un indigente?”

“Hoy por hoy, sí. Pero hace 5 años era profesor universitario. Sucede que mi adicción me arrancó todo lo que tenía un poco de valor en mi vida… mi mujer, mis hijos y… mi libertad. Si tuviera que dar una clase hoy, seguro que no podría hilar un discurso coherente”.

El hombre de nuevo estaba distraído, ahora con una muela postiza que había sacado de su boca y que usaba machaconamente como un palillo de dientes. Sólo logro decir: “Ah, ya. Está bueno”. Los dos guardaron silencio. Únicamente se escuchaba el sonido metálico que generaba el improvisado mondadientes del desconocido al chocar contra las muelas.

“¡A ver, Paula, trae algo de comer a este señor!”, gritaba el extraño, con una voz profunda y entonada. “¡También sírvele una cerveza obscura!, ¡Ah, y quita esa mierda de música, que estamos intentando conversar!”.

La respuesta de la madama no se hizo esperar. “¿Conversar? ¡No me jodas! Vas a contarle la ya relamida historia de tu vida… ¡ja!, le quitarás a ese espantajo las ganas de comer… Prefiero oír a un burro rebuznar que escuchar por milésima vez el cuento de tu triste vida, Vermont.”

“Cállate ya, maldita bruja; haz lo que te digo o te caliento.”

La mujer le hizo una seña obscena, y después comenzó a preparar la comida de Farragut.

“Pues mira: yo soy Saul Vermont. Hace 10 años era un afamado abogado, pero un socio del despacho me defraudó millones y terminé casi en la calle. Mi mujer murió de cáncer de mama al poco tiempo y yo me quedé solo. Desde entonces, no creo en nada ni en nadie. Vivo de las rentas de unos departamentos que tengo en el centro y me dedico a beber y vagar todo el santo día. Espero pacientemente el momento en que el alcohol me dé la fuerza de voluntad o me embrutezca lo suficiente para matar al hijo de puta que me robó… Pero no me quejo: creo que tener salud es el máximo tesoro de un hombre. Además: nunca me han faltado mujeres desde mi soltería. Eso sí: nunca gratis, ni una sola vez. Vivo cerca de aquí, así que si no tienes lugar a dónde ir, te puedes quedar unos días conmigo. Serás como mi perro de compañía…” El extraño se vio interrumpido por la mujer, que traía un par de cervezas y algo que semejaba un sándwich. Dejó la orden y se retiró, no sin antes recibir una sonora palmada de Saul en los cuartos traseros, que vibraron sin ningún concierto.

Farragut se lanzó ferozmente sobre el plato. Devoró en pocos minutos la comida y la cerveza. Cuando terminó de comer, se dio cuenta que lo había hecho como un indigente. Pensó en los restaurantes parisinos que había visitado en su luna de miel con Mary, quien en esa época estaba en la plenitud de su belleza: firme, torneada, su busto, mediano y firme, era perfecto. Su pelo abundoso, negro y brillante, semejaba el azabache. Una delicia. Ya en los primeros años, Farragut se preguntaba cómo era posible que estuviera casado con una mujer así. Él no era feo, no; pero bien sabía que no era un galán. A comparación de Mary, perecía un hombre gris… Este pensamiento fue tomando fuerza día a día, atormentándolo hasta las lágrimas. La última vez que había platicado con Mary había tomado plena conciencia del abismo físico que los separaba. Ella aún se encontraba bastante bien: a sus 38 años todavía mantenía un buen cuerpo, el pelo igual de bello que siempre y los pechos, pese haber sufrido las fuerzas gravitatorias, todavía eran muy honorables. Él, en cambio, a sus 43, era un viejo. Paul se lo había dicho: “Mira; me pareces bello, y eso que ya tus carnes son flácidas y lechosas como las de un anciano”. Él recordaba estas palabras, aunque era muy posible que no fueran tan fieles a las pronunciadas por Paul aquella vez. El pelo de Farragut era pajoso y escaso y la falta de actividad física le había regalado con un cuerpo endeble y encorvado: los hombros cargados, las piernas flacas y ya sin pelo y una caja torácica quebradiza y huesuda. No; no era bello, como había dicho Paul; era un alfeñique con rasgos ingleses, y poco más.

Al tiempo que Farragut cavilaba con tristeza en estas cosas, Saul seguía hablando de los dimes y diretes de su malhadada existencia.

miércoles, diciembre 24

Con la venia del Líder, Hapaxes desea Felices Pascuas de Navidad a todos. Que las paséis muy bien, con alegre compañía, felicidad y buen vino. Para continuar la tradición, un par de citas de Ratzinger acompañan al icono de la Natividad:

El niño toca. Si qusiéramos recibirlo hemos de repensar profundamente nuestra propia actitud hacia la vida humana. Estamos lidiando aquí con lo fundamental, con nuestra idea misma de lo que significa ser humano: vivir en pleno egocentrismo o en la confiada libertad de quien sabe que su vocación es estar unido en el amor, para ser libre de aceptar a los demás.
(1979)


El primero en afirmar con certeza que Jesús nació el 25 de diciembre fue Hipólito de Roma en un comentario a Daniel, escrito alrededor del año 204. Bo Reicke, profesor de exegésis bíblica en Basilea ha hecho notar que en el Evangelio de Lucas la historia del nacimiento del Bautista y de Jesús están ligadas. Podemos deducir que Lucas presupone la fecha del 25 de diciembre como fecha del nacimiento de Jesús. En esos días se celebraba la fiesta de la Dedicación del Templo establecida por Judas Macabeo en el 164 a.C. Así, el nacimiento de Cristo vino a simbolizar que con él, que aparecía como la luz de Dios en una noche invernal, la consagración del Templo realmente se realizaba: la venida de Dios al mundo. En todo caso, la fiesta de la Navidad sólo tomó forma en el s. IV cuando tomó el lugar de la fiesta romana del sol invictus (sol invencible), que enseñó a los fieles a concebir el nacimiento de Cristo como el triunfo de la verdadera Luz.
(2005)

viernes, noviembre 7

Estoy cansado

de toser, estornudar, sentir escalofríos, sonarme, dar clases, levantarme temprano, tragar pastillas, de los mocos blanquecinos, beber jarabes, esconderme de las corrientes de aire, amordazarme en el frío, arroparme con cuatro prendas; estoy cansado de congelarme en la sombra y sudar bajo el sol, de dormir incómodo y despertar molido, de la lengua seca y los labios de papel, de los pañuelos húmedos en mis bolsillos o de los pañuelos acartonados, de los orines que hieden medicina y del sabor dulzón de las flemas.

Pinche gripe.





"La básica lección kantiana (y también hegeliana) fue bien aclarada por Chesterton: 'Todo acto de voluntad es un acto de autolimitación. Desear acción es desear limitaciones. En este sentido, todo acto es un acto de autosacrificio'. Dentro de la misma línea, un adolescente promiscuo puede participar de extremas orgías en las que circulan sexo y drogas, pero lo que no puede soportar es la idea de que su madre pueda estar haciendo algo similar; sus orgías descansan en la supuesta pureza de su madre que sirve como punto de excepción, la garantía externa: puedo hacer todo lo que quiera dado que sé que mi madre mantiene su lugar puro para mí... Lo más difícil no es violar las prohibiciones en una salvaje orgía, sino hacerlo sin confiar en alguien de quien se supone que no goza para que yo pueda gozar, es decir, asumir directamente mi propio placer sin la mediación de la supuesta pureza de otro. (Y lo mismo vale para la creencia: lo difícil no es rechazar la creencia para poder así sorprender a otro creyente, sino ser no-creyente sin la necesidad de otro sujeto que se supone que cree por mí.)"


Slavoj Zizek

Visión de paralaje, FCE, Buenos Aires, 2006, p. 137.

Es lo que hay.


Yo: ¿Y qué te cuentas?


JM: Pues no mucho. Lo de siempre: relaciones afectivas tormentosas y atormentadoras, trabajo (a veces) interesante, frustración burguesa, languidez espiritual, desencanto general y búsqueda de Dios, creo. Lo de siempre, ya digo.


Yo: ¡Totalmente lo de siempre!

lunes, octubre 6

Premio a la lectura rápida y pronta respuesta


Acabo de enterarme que "gané" una de las "becas" otorgadas por Punto de Lectura. Y digo "gané" porque, en realidad, se trató más de una cuestión de prontitud que de mérito intelectual o literario: leer tres libros, de entre un catálogo de 18, y contestar una serie de preguntas. Las preguntas no implicaban mayor reflexión; era un cuestionario puntual, y hasta ridículo, que exigía de buena memoria y una lectura atenta. Digo "beca", también, porque el premio consiste en 1,500 pesos mensuales, durante un año, a cambio de una reseña. Una bicoca.

En cualquier caso, se siente bien ganar. Hacía tiempo, desde tercero de primaria cuando recibí un diploma con una catarina sonriente en reconocimiento de mi primer lugar en Spelling Bee, que no ganaba nada. Al final, no importa que diga "ganar", "beca", "premio", "concurso" o cualquier "pendejada": los "nombres", son nombres; las "victorias", victorias; las "becas", becas y "mil quinientos pesos" al mes, unas lanas más.

Aquí el link:
http://www.puntodelectura.com.mx/artman2/publish/eventos/Ganadores.php

martes, septiembre 30

Momentáneamente

Este bló está momentáneamente atabardillado a causa de la misantropía de sus colaboradores.

miércoles, agosto 27

Seguimiento de Xto

Gracias a José María por estos párrafos de dicha. Y a Rodrigo Guerra por enviárselos. 

"Una persona sigue siendo cristiana mientras se esfuerce por prestar su adhesión central, mientras trate de pronunciar el sí fundamental de la confianza, aun cuando no sepa situar bien o resolver muchas particularidades. Habrá momentos en la vida en que, en la múltiple oscuridad de la fe, tendremos que concentrarnos realmente en el simple sí: creo en ti, Jesús de Nazaret; confío en que en ti se ha mostrado el sentido divino por el cual puedo vivir mi vida seguro y tranquilo, paciente y animoso. Mientras este presente este centro, el ser humano está en la fe, aunque muchos de los enunciados concretos de ésta le resulten oscuros y por el momento no practicables. Porque la fe, en su núcleo, no es, digámoslo una vez mas, un sistema de conocimientos, sino una confianza. La fe cristiana es ".

Josef Ratzinger, Fe y futuro, DDB, Bilbao 2008, p.p. 31-32.

"Los fariseos quieren que los demás sean perfectos, lo exigen. No saben hablar de otra cosa. Pero Yo soy menos exigente, dice Dios. Porque Yo sé bien lo que es la perfección y no exijo tanto a los hombres. Precisamente porque Yo soy perfecto y no hay en Mí más que perfección, no soy tan difícil como los fariseos. Soy menos exigente. Soy el Santo de los santos y sé lo que es ser santo, lo que cuesta, lo que vale. Son los fariseos los que quieren la perfección. Pero para los demás. Encuentran siempre indignos a los demás, encuentran indigno a todo el mundo. Pero Yo, dice Dios, Yo soy menos difícil, y encuentro que un buen cristiano, un buen pecador de la común especie es digno de ser mi hijo y de reclinar su cabeza sobre mi hombro".

Charles Peguy, Palabras cristianas, Sígueme, Salamanca 2002, p. 41

jueves, agosto 21

La voz no es de mi general (segunda entrega)

Arcángel.– No, Néstor. Es interesantísima. Continúe, por favor.
Pecador.– Conste que usté me lo está pidiendo… Mi general y yo desayunábamos, comíamos y cenábamos juntos en la casa al centro de todos los batallones. Pasó otro mes y el general recibió un telegrama urgente. Se puso serio, como una roca, y empezó a repartir enmiendas. A una división le ordenó que partiera al sur, cuanto antes. A unos doscientos hombres los mandó a guerrear al norte. A El Flaco lo envió al oeste. Y él mismo se dirigió al este. “Tú, Néstor, te vienes conmigo”. Le juro que esa vez, si hubiese estado el mismísimo diablo parado al lado del general, no se habrían notado muchas diferencias. Sus ojos ardían como arden los carbones, y estaban negros, bien negros como la obsidiana. No le exagero. Quién sabe qué habría en ese telegrama urgente que a todos despachó deprisa. “¿Sabe cabalgar, Néstor?”. “Ay, mi general, pues claro, ni que fuera qué”. Cabalgué a su lado todo el tiempo. Liderábamos la marcha. Mi general, soberbio como un pavo real inflado, y yo encorvado junto a él. “¡Alto!”, gritó cuando dimos con un bosquecillo más o menos tupido de árboles. “Nos quedaremos aquí hasta que recibamos noticias”. Y nos quedamos ahí. Otra vez a comer pollito rostizado y arroz. “A ver, Néstor, si muy muy. Dispárale a esa ardilla. Aquí tienes mi pistola”, se la quitó del cinto y me la tendió. “No, mi general, ya le he dicho que yo no tengo manos, ¿pero qué tal le llevo la cuenta del parque?”. “Pues la llevas a puro tiento, mi Néstor, porque dudo que sepas contar hasta diez”. “¿Qué pasó, mi general? Soy indio pero no pendejo”. Nos reíamos esa madrugada con el pulque cuando un mensajero desarrapado nos trajo las noticias. “Y ahora ¿a ti qué te sucedió?”, comentó el general al ver al mensajero hecho un nudo de nervios. Llevaba la ropa hecha jirones, las rodillas ensangrentadas y aún jadeaba por la carrera. Hizo falta una hora para que se repusiera y le pudiéramos sacar una palabra. “M-mi general, m-mi general. Allá, allá… Nada, pos que allá capturaron a los nuestros. Y hoy, mi general, los hicieron pasar por el paredón”. Habían fusilado a El Flaco, mi cuate… El general rechinó los dientes. Sólo yo, que estaba juntito de él, lo oí. Rechinó los dientes de pura ira. “Tá bueno. Ahora lárgate, que te den de comer”, despidió al mensajero y se volvió hacia mí. “Vente, Néstor, cárgate un fusil y tres cajas de pólvora”. Me llevó a las lindes del bosquecillo donde acampábamos y en la distancia, a pesar de la negrura, advertí la sombra de un pueblo. “Esos cabrones van a pagar caro la muerte de El Flaco. Escucha, Néstor, lo que vas a hacer: te vas a ir al pueblo que ves allí, te metes como si fueses un borrachín perdido. Vas desperdigando la pólvora y el aceite, así como que no quiere la cosa. Luego te sales del pueblo, te alejas una distancia prudente, y disparas a donde tú sepas… Este pueblo hoy será cenizas, Néstor. Tú lo harás cenizas… Lo que nos obligan a hacer los cabrones, ¿eh?”.
Arcángel.–¿Quemaste el pueblo?
Pecador.– Sí, cómo no iba a quemarlo, con el perdón de usté. Si el general decía algo, no había más, ese algo se hacía. Regué el aceite y caminé por el pueblo justo como me indicó el general. Me tembló la mano cuando ya estaba lejos y alcé el fusil. Mis dedos tocaron su vientre, tocaron el gatillo. No importaba mi puntería, a donde cayese la chispa habría una explosión… Y sí, hubo muchas explosiones. El pueblo se incendió, y muchas, muchas llamaradas se alzaron. Iban de las casuchas al cielo, rojas, muy rojas. El fuego rugía conforme se tragaba al pueblo… Fue un espectáculo demoníaco, fíjese usté… El pueblo se había vuelto una gran fogata. Como si un cacho de sol se hubiese estrellado en la tierra… Las flamas me lastimaron. Y ahí dejé los ojos… “Ahora vámonos de este bosque, Néstor. Despierta a los hombres y que se preparen para huir como putas. Deja de mirar el incendio, ahí no hay nada que ver. Vámonos”.
Arcángel.– ¿Vámonos para dónde?
Pecador.– Vámonos pa’ donde nos arrastren los pies. Así funcionan las cosas con el general. O funcionaban, porque usté dice que ya estoy muerto, ¿no?
Arcángel.– Entre otras cosas, sí.
Pecador.– Ay, qué dramático es usté. Pero le sigo contando. Nos fuimos bien rápido del bosquecillo, y no nos detuvimos ni para respirar. “¿A dónde vamos, mi general?”. “Qué chingados te importa, Néstor. Tú síguele caminando, que no voy a esperar a nadie. Más rápido, cabrón, como si no tuvieras ganas de mear”… El general tenía un plan. Siempre tenía un plan, el canijo. Hasta para conmigo tenía uno, si no qué hago aquí… Sí, sí, el general tenía un plan.
Arcángel.– ¿Cuál era ése?
Pecador.– Nos condujo hasta los cuarteles de los tamarindos. “¿Quiénes son los tamarindos, mi general?”. “Carajo, Néstor, ¿en qué mundo vives? Son contra quienes luchamos. Y por cierto, te tengo otro trabajito. ¿Ves la carta que está aquí? La vas a coger y se la vas a ir a entregar a su comandante. Vas a ir desarmado y muy despacito, que vean que vas en son de paz. Se la entregas y sin apuraciones te regresas conmigo, ¿entendiste?”. “¿Y si no me quieren dejar salir, mi general?”. “Pos tú sólo esperas a que yo vaya por ti”. “¿Y si me hacen algo”. “Pos yo les hago más, Néstor. Ahora vete. Te quiero aquí en una hora”. No lo voy a negar, iba muerto de miedo. Me acerqué a los cuarteles enemigos sudando y aguantando a duras penas los orines. Me recibieron un par de hombres con camisas color caca. Y en unos segundos tenía a todo el cuartel delante de mí. “Ésta es pa’ su comandante”, les dije enseñándoles despacio, despacito, la carta. “Y ésta es pa’ tu general, pinche indio”, bramó el soldado que estaba enfrente y me disparó a los pies, sin atinarle. Ay, ay, ay. De inmediato comenzaron a dispararme varios hombres. Ay, ay, ay. Yo corrí como coyote. Corrí y corrí, fuera de los cuarteles y hasta mi campamento. Namás escuchaba las detonaciones detrás de mí. Ay, ay. Llegué cansadísimo, pero sano y salvo. Ahí dejé las piernas. “¿Cómo que no entregaste la carta, Néstor?”. “No la quisieron, mi general. Sólo abrieron fuego y por un pelito me escapé”. “Si serás, Néstor. Nada haces bien. Iré yo en persona”. Y el general fue a los cuarteles de los tamarindos. Tenía un plan, cómo de que no. Él siempre tenía un plan… No sé qué les habrá dicho o prometido, pero retornó bien cerrada la noche. Retornó medio ligero, algo borracho. “Ya la hicimos, mi Néstor”. “¿Qué ocurrió allá, mi general?”. “Pos lo que tenía que ocurrir: nos aliamos con los tamarindos”. “Pero si ellos son los enemigos, mi general”. “Tú lo has dicho: nos aliamos con los enemigos”. “¿Y qué hay con eso de la revolución, mi general?”. “La revolución se puede ir a chingar a su madre, Néstor”. “Pero ellos mataron a El Flaco, mi general”. “Y les diré que te maten si no te callas”. “No, eso sí que no, mi general. Eso de rendirse ha sido un error. Usté haga lo que quiera, al fin que siempre lo hace. Dispénseme, pero yo mañana dejaré el campamento. Ya me voy a dormir, mi general”. “Vete, Néstor, ni quién te necesite”. Me fui a dormir. Y tuve pesadillas. Soñé con Carmelita y con Jorgito, con mis milpas, con el pueblo chamuscado y mi reciente ida al cuartel de los tamarindos. Ay, fueron terribles esa pesadillas. Ahí dejé la cabeza… ¿Y qué me quedaba? Dígame usté, ¿qué me quedaba? Lo había ido dejando ya todo. ¿Qué me quedaba?
Arcángel.– La voz.
Pecador.– Sí, la voz. De seguro esos tamarindos me asesinaron mientras dormía. O quién sabe, a lo mejor fue el general, ¿no?
Arcángel.– A lo mejor. Ya no podremos saberlo. Por lo pronto pasa, Néstor. Recoge unos brazos, unas piernas, una nariz, una cabeza, unos ojos y un corazón, cualquiera estará bien. Recoge lo que te haga falta y, cuando estés listo, márchate. Espero no escuchar otra historia tuya sino hasta dentro de mucho.

lunes, agosto 18

La voz no es de mi general (primera entrega)

He aquí un cuento en dos largas entregas que dejo a su consideración.



El siguiente diálogo acontece entre un arcángel –custodio de las Puertas del Cielo– y el alma de un inmundo pecador, recién muerto aquí, en la Tierra.

Arcángel.– ¿Quién se acerca?
Pecador.– Soy yo, y estoy aquí, frente a usté. ¿No me ve?
Arcángel.– No, la verdad es que no. Si pudiera tener miedo, lo tendría. ¿Quién eres? ¡Habla, espectro! ¿Qué quieres aquí?
Pecador.– Pos soy Néstor Sepúlveda, de eso estoy seguro. Aunque, como a usté, me gustaría saber qué carajos hago aquí. Y por qué no me ve. Ay, pérese… Ni yo mismo me veo… Es como si fuera sólo voz.
Arcángel.– Alma. Eres sólo alma.
Pecador.– Ay, ¿me morí?
Arcángel.– Sí, Néstor. Y tu voz no es de viejo, ¿quién te mató?
Pecador.– Segurito fueron esos cabrones… Ay, me debí haber ido a la selva…
Arcángel.– ¿De dónde vienes?
Pecador.– Pos de San Andrés, ¿de dónde más?
Arcángel.– ¿Y quiénes son ésos que te mataron?
Pecador.– Los tamarindos. Así los llamamos por sus camisas color caca.
Arcángel.– ¿Y por qué te mataron?
Pecador.– Por órdenes de mi general, yo creo.
Arcángel.– Explícate, Néstor.
Pecador.– La historia es larga, fíjese usté. No quisiera robarle su tiempo.
Arcángel.– Resúmela.
Pecador.– Bueno… Pos déjeme empiezo platicándole de San Andrés. No sé si lo conocerá. Es un pueblucho rascuache, de tres calles y como cuatro haciendas. La tierra es árida y como que siempre anda queriendo llover y no llueve. Ya le digo yo, es un pueblo rascuache. Pero mi pueblo, al fin. Y lo quiero reteharto. Ahí viví feliz. Recuerdo que mi papá y yo nos levantábamos tempranísimo y nos íbamos de casa; hasta espantábamos al gallo de lo temprano que era. Pero la cosa tenía que ser así, si no luego el sol cala duro y uno no puede deshojar la milpa. Ay, qué le voy a contar. Como a la una ya se nos habían aterido los huesos, y nos regresábamos a la casa a comer con mamá. Ay, mi San Andrés. Cuánto lo extraño. Su mercado de los jueves, su iglesita bien mona, sus escuinclas prietas. Y las tortillas. En todos los lugares por los que he andado no me he topado con mejores tortillas que las de San Andrés. Pero me estoy desviando, ¿verdad? Usté dispense. Comprenda que me emociono de más cuando hablo de mi pueblo, ese pueblo rascuache, entre el Monte de los Cipreses y las Cierras Coloradas. Ya le digo yo, un suelo desértico aquél.
Arcángel.– Pero aun así cultivaban milpas.
Pecador.– Ah, bueno, eso sí. Unas milpas raquíticas, como a punto de morirse. Pero sí, las cultivábamos todo el año. Mi padre y yo y todos los muchachos en edad de trabajar del pueblo.
Arcángel.– ¿Tenía esposa?
Pecador.– A eso iba, no coma ansias. Le decía que uno, como a la una, se iba a comer a la casa. Con mi mamá. Pero pos un año mi mamá no aguantó muy bien la tramontana y se nos enfermó. Tosía y tosía, la pobre. Hasta que no tosió más… Pinche tramontana. A cuántos no se llevó ese año… El caso es que la vecinita de junto, Carmela, se acomidió a cocinarnos todos los días, luego del trabajo. Ella y yo ahí nos andábamos en edad. Y de tanto verla, de tanto oírla, de tanto platicarle babosadas, me enamoré. O a lo mejor me enamoraron sus chilaquiles. Siempre la molesté con eso: con que me había casado por sus chilaquiles. El punto es que nos unimos en matrimonio y pos, usté sabe, no tardan en venir los chamacos. Al primero le pusimos Jorgito, la segunda fue niña y le pusimos Carmelita. Y yo seguí en la milpa. Cuando, después de muchos meses, me preguntaba el general que por qué la mala puntería, yo le respondía pícaro que porque no tenía manos. “Mis manos las dejé en la milpa, mi general. Allá en San Andrés”. El general como que se hacía el pendejo para no reír y se iba, arrebatándome el fusil de las manos. “Eres un peligro con esto, Néstor. Mejor cuéntame el parque”. Mi general no era ni bueno ni malo, era un hombre cabrón, y punto. Pero me estoy adelantando a las cosas. Perdóneme, así suelo ser. ¿En qué estaba?
Arcángel.– En que se casó, y tuvo hijos, y siguió en la milpa.
Pecador.– Ah, sí. Seguí dejando mis manos en la milpa cada mañana. Y hubiese seguido de no ser porque una tarde entró al pueblo un ejército de hombres.
Arcángel.– Eso es terrible, ¿y qué querían?
Pecador.– ¿Qué querían? Ni ellos mismos sabían qué querían. Saquearon los gallineros, y el cabecilla, que se apodaba El Flaco y que luego se hizo muy cuate mío, nos anunció a nosotros (los varones) que se habían levantado en armas en contra del gobierno. Que la pinche revolución había empezado. “Ha empezado la diversión”, dijo exactamente El Flaco. Y que o nos uníamos al batallón o arrasaban San Andrés.
Arcángel.–¡Ah, esos hombres! ¿Qué hicieron ustedes?
Pecador.– Pos ni modo. Nos fuimos con El Flaco y su batallón. Nunca había visto tantas lágrimas en San Andrés. Las mujeres chillaban, los escuincles chillaban, los esposos chillaban, hasta la milpa parecía llorar porque ya no iba a haber quién chingados la atendiese. Bueno, con decirle que hasta las viudas, que no tenían vela en el entierro, también chillaron. Fue un chilladero. Yo me despedí de Carmela, de Carmelita y de Jorgito reprimiendo las lágrimas. “Bueno, familia, vuelvo pronto. Háganle caso a su madre y tú, chamaco, no la martirices. Vuelvo pronto. Recen por eso de la revolución. Y por mí, de pasada. Adiós, hijo. Adiós, vieja”.
Arcángel.– Debió haber sido un momento difícil.
Pecador.– ¿Pos no le digo que fue un chilladero? Los hombres nos marchamos a la guerra. Nos marchamos de ese pueblo rascuache. Pero la verdad es que yo dejé mi corazón allí. Se lo dejé a Carmela. Mis manos y mi corazón serán por siempre de San Andrés.
Arcángel.– ¿A dónde los llevó el tal Flaco?
Pecador.– Vaya usté a saber a dónde nos llevó el condenado. La mayoría jamás había puesto un pie fuera de San Andrés, yo incluido. Por lo que no reconocíamos ni pizca del paisaje. Anduvimos mucho, eso sí. Acampábamos por las noches, donde nos cayera la oscuridad. Encendíamos un fuego que alcanzara para todos (éramos unos cien) y El Flaco se ponía a cantar. Bien desentonado, pero se ponía a cantar y no paraba, el canijo, más que para echarse un trago de pulque. Nos hicimos cuates, El Flaco y yo. Y me nombró encargado de las municiones y de los rifles. Luego de un mes, o un poquito más, nos encontramos a otro batallón, y después a otro, que también iba a unirse con las tropas del general. El que luego se hizo mi general.
Arcángel.– ¿No tenía nombre?
Pecador.– No. Y si lo tuvo alguna vez ya nadie se acordaba, ni él mismo. Para todos era “mi general”. Y cuidadito te olvidaras del “mi”. Llegamos con él al anochecer. Varios batallones habían arribado antes que nosotros, y varios batallones faltaban todavía. Era, ay nanita, un ejército retegrande. El general se había instalado en una casa al centro de todos sus hombres. Ahí diario cenaba pollo rostizado y arroz. Llegamos al anochecer, y El Flaco me dijo: “Vente, Néstor, acompáñame. Voy a avisarle a nuestro general que ya llegamos, y sirve que te conoce”. El general era un hombrecito. Chaparrito como mi Jorgito, medio panzón, pero eso sí, con un bigote y una expresión de miedo. Y una mirada de quítate-que-te-suelto-un-plomazo. Se metía la pechuga de pollo a la boca cuando lo interrumpimos. Tras las presentaciones y los avisos debidos, el general nos invitó a mí y a El Flaco a quedarnos esa noche en la casa. “Los zopilotes andan inquietos allá en las nubes. Se la pasarán mejor aquí, sobre un colchón, como Dios manda. ¿No quieren una alita?”. Al amanecer, yo fui el primero en levantarse; todavía no se me quitaba la costumbre de madrugar. Resultó que el general también era madrugador. “No, no es eso. Lo que pasa es que nunca duermo”, me aseguró sin que se arrugase su cara de perro sarnoso. Éramos los dos únicos hombres despiertos. “Toma, Néstor”, me tendió un fusil cargado. “Mátate un zopilote para el desayuno”… Tiré como diez veces, y ninguno de mis balazos acertó. Sólo sirvieron para alborotar a medio mundo. “¿Por qué la mala puntería?”, me preguntó. “Es que mis manos las dejé en la milpa, mi general. Allá en San Andrés”. El general puso los ojos en blanco. “Eres un peligro con esto, Néstor. Mejor cuéntame el parque”. Desde ese día dormí siempre en la casa, en el mismo cuarto que las balas y los cañones. Casi no podía dormir por el olor a pólvora, que no sé si usté lo ha olido, pero es un olor agrio, como de muchos sudores. Ay, ahí dejé la nariz… ¿Lo estoy aburriendo con mi historia?