martes, marzo 10

Sobre "La confesión. El diario de Esteban Martorus" de Javier Sicilia


Sólo hay una tristeza, y esa es la de no ser santos.

León Bloy


Creo que era Umberto Eco quien catalogaba a los novelistas en dos clases: los del tipo reportero, que escriben con igual soltura sobre cualquier cosa, y los que sólo saben tres o cuatro y las vuelven a escribir en cada novela: escritores del tipo obsesivo. El primero es, podríamos decir, detectivesco: elige un asunto cualquiera y dedica algunos meses a investigarlo. Así, si se trata de escribir una novela del estilo de Nostalgia del plomo en octubre sobre el trágico destino de un estudiante envuelto en el conflicto estudiantil del sesenta y ocho, investiga en todos los periódicos, ve todos los documentales, acude con las víctimas aún vivas, se familiariza con el estilo de la "literatura del Boom" y dedica tardes enteras a vagar por la Plaza de las Tres Culturas. Un día, después de llenar de notas cuatro libretas, se sienta a escribir. Ese procedimiento le permite hablar, en principio, de casi cualquier tema sujeto a ser investigado. El novelista del tipo obsesivo, en cambio, no tiene más un tema, dos cuando mucho, y la esperanza de deshacerse de él arrojándolo al papel. Puede tener muchos recursos literarios, pero sólo una fuente alimenta su escritura: su vida. Así, en vez de salir a la calle a desempolvar pasados ajenos, se encierra en su alma e invoca a sus demonios. Hace así la cosecha de su corazón en una delicada introspección, con el tiento usado para la vendimia, y lo aplasta con la desnudez de sus pies para ver si le arranca un mosto qué fermentar en las barricas de un libro.


Está claro que Javier Sicilia pertenece a esta segunda especie de escritores. Por eso su literatura es, por fuerza, honesta (que el título sea La confesión no es casual) y está escrita, necesariamente, desde el dolor. Esta manera de proceder hace que sus letras tengan el aire de familia de Mauriac, Péguy, Claudel y Bernanos... Pero decía que Javier es uno de esos escritores obsesivos. Si a alguien le quedaba duda de ello, basta ver que en ésta nos ha entregado otra novela acerca del único tema del que sabe hablar. Y es que sólo sabe hablar del Amor. Es por eso que La confesión se trata, como todo lo que escribe, de la Fe. Es decir, de las razones para la Esperanza.


Me explico: una vez más hace una excavación literaria del Misterio. Por eso El diario de Esteban Martorus habla desde el absurdo del dolor y el mal, siempre al borde de la desesperación. Y que todo esto sea abordado a partir de las alegrías sencillas y los dramas locales de los habitantes de una parroquia suburbana, donde lo raro es ocurran sucesos de esos que se llaman "importantes" o "grandes", no puede sino estar en perfecta consonancia con la concepción peculiar que del Amor tienen Sicilia y el cristianismo. Como no se le escapa tampoco el abordaje lúdico. La confesión está llena de un humor que atraviesa esta novela como la vida, a veces un poco negro. Y, lo mismo que en la vida, el humor es usado en su contra, pues Javier es uno de los personajes de esta novela. Por eso resulta tan genial esta novela en que el drama fundamental de lo humano esté contenido en las realidades más sencillas, que es donde mejor habita el Misterio.


A un lector familiarizado con la literatura cristiana del XX no escapará, al leerla, que esta novela es deudora, casi punto por punto, del Diario de un cura de aldea que escribiera el viejo Bernanos. En efecto, el recurso narrativo es el mismo: un diario. El personaje principal está trazado con un molde casi idéntico al del cura de Ambricourt: un padrecito desaseado, torpe para los asuntos del mundo –un perfecto inútil­-, medio místico, relegado a la última parroquia. El orden y ritmo de los eventos, aún el estilo narrativo, muestran a las claras su filiación. Incluso algunas analogías, como la del aprisco para referirse a la feligresía de la parroquia, o la dirección de la crítica a la Modernidad y a la Iglesia, que presentan sus páginas, son paralelas a la novela del francés. Antes de que se me acuse de llamar plagiario a Javier hay que decir que él mismo ha hecho evidente la simetría con sus referencias. Y si bien, está claro el homenaje que en esta novela le presenta al entrañable Bernanos, soy de la opinión de que se trata de uno de esos reconocimientos en que el discípulo, en vez de trillarlas, lleva más lejos las intuiciones de su maestro. Por eso más que el Diario de un cura de aldea "región cuatro", en La confesión nos es dada una novela autónoma y consistente en sí misma, que se hace eco de la del francés para magnificar y delinear más precisamente las resonancias del impulso que la motiva.


El padre Martorus se nos presenta como un hombre de una gran sabiduría de corazón y una inutilidad práctica atroz. Cierta timidez que lo hace antipático, al estar combinada tal delicadeza con una torpeza de maneras imprudente y una penetración mística singular hacen de este personaje casi lamentable, un tipo entrañable. Es un hombre confundido, que no encuentra su lugar en un mundo que ya no reconoce… y que ya no lo reconoce. Los años de oración y cuidado de los más humildes entre los humildes le dieron un conocimiento hondo sobre el misterio del hombre del que, sin embargo, es incapaz de sacar provecho en su labor parroquial. Símbolo de la Iglesia en la Modernidad, llega a la parroquia de Ahuetepec, cubierta por la pátina del tedio moderno, desarraigada de su tierra y enajenada. Aún más confundida sobre su lugar en el mundo que el propio Martorus, porque ha "perdido el piso"; o, mejor, lo ha vendido, lo ha pavimentado y llenado de casas grises y lujosas zonas residenciales.


Si bien esta novela alcanza altos vuelos literarios y teológicos, no obstante, todo el tiempo está enmarcada en las realidades más concretas. Habla de le la Gracia y el pecado (es decir, del amor y el desamor)… en la alegría de los chavales que juegan fútbol y el alcohólico que le pega a su mujer. Javier, como el poeta que es, sensual, conoce la importancia fundamental de lo sensible, de la carne. Por eso insiste en la relevancia de reconocer en la tierra una patria y recibir de ella un hogar y muestra con alarma lo dramático de la Modernidad, progresivamente desencarnada.


Sólo por un acceso sin mediaciones al mundo, cuando la carnalidad de la tierra aún nos dice algo, se puede discernir su doble carácter de don e incompletud, donde se escuchan "el silencio de las cosas, ese abismo de soledad, que nada puede colmar" y la intuición de que alguien lo puso allí para nosotros. Por eso Javier presenta a un Dios al alcance de la mano ―si bien, una mano frágil, limitada―, pues "nada en el mundo puede ser comprensión de las realidades sobrenaturales si no se ha hecho antes percepción carnal", como le dice Sicilia a Martorus en la novela. Por eso, porque está obsesionado con lo sobrenatural, la Encarnación juega un papel central en la literatura de Sicilia. Y en esta novela lo hace muy señaladamente.


Detrás de la suerte de los personajes que construye aquí Javier, del escándalo y la gratuidad de un Dios hecho hombre, están el diagnóstico y la crítica de Ilich a la Modernidad. Por eso bien podría leerse esta novela a la luz del ensayo que a suerte de prólogo escribió para el segundo tomo de las Obras completas de Ivan Ilich. Sólo a la luz de la importancia de la Encarnación, de que el Logos "tomara carne", se pueden comprender la profundidad y la radicalidad del mal de nuestro tiempo. Ese mal que, con toda su gravedad, retrata Javier en Ahuatepec. Nos mete de lleno al drama que es la "lucha de la Resurrección de Cristo, tan débil, tan intangible, tan pobre, por iluminar las tinieblas" poniendo a sus personajes en situaciones límite: el suicidio, la desesperación, el abuso sexual y la pederastia.


Esta es una novela que habla del amor en sus límites. El amor que llega al borde de la nada. Nos planta en el infierno de la soledad, de la desesperación, es decir, del pecado. "No encuentro otra manera de definirlo ―dice Sicilia― que lo que más temo en mí: la falta de amor. (…) Lo que llamamos pecados se reduce a uno, cada vez más intangible: el desamor; la horrible afirmación de que Dios no está allí (…), de que estamos solos." No otra cosa es el infierno: la ausencia de Dios, es decir, del Amor. Él no es quien lo ha creado, sino nosotros, cuando debiendo amar, debiendo reconocer la condición gratuita del amor, claudicamos. Pero la voz de Dios, su Verbo, que en el silencio de una niña se hizo carne, nos sigue y nos perseguirá hasta la última de las distancias… "Y ante Él ―escribe Sicilia― sólo quedan dos caminos: permanecer en el infierno o amar."


El problema al que se enfrentan los personajes de esta novela es el drama mismo al que se enfrenta el hombre, en última instancia, en su corazón: la elección del amor o la muerte. Y la opción por el amor es la más cara porque involucra la exigencia de la santidad, implica la deposición del orgullo… la confesión. Sicilia nos narra una conversación trepidante, que da nombre a este libro, en la que Martorus intenta vulnerar la soberbia del padre M. Cuando el pecado del segundo se ha manifestado con toda su desesperada violencia y éste se aferra a su grandeza para no tener que reconocer la fragilidad de la que su grandeza pendía, el doblez de su vida, su necesidad de ser redimido, el padre Martorus le muestra el único camino al amor: la puerta estrecha. "Siempre hay la posibilidad de levantarse ­―le dice― para ser acogido. Lo odioso de la traición no es caer, por más duro que resuene el estrépito. Ni siquiera la desesperación que la traición provoca, ese sentimiento de una dignidad que ha extraviado su objeto; lo repugnante es el cinismo, la simulación, el silenciamiento, la caída que se niega a mirar y a asumir su mal y se disculpa a sí misma."


Tal se nos presenta el drama de la Historia, la Salvación. El desenvolvimiento de esa paradoja que nos gana la Vida en la muerte a nosotros mismos, que nos ganó en su muerte la Vida, lo más hermoso y lo más repugnante a la vez: Cristo. "Ningún cuerpo, ningún rostro, ninguna presencia tienen su hermosura; pero a la vez, ninguno es tan repugnante y sobrecogedor." Javier sabe lo que en la Iglesia se juega. Por eso, al saberla custode de tan terrible gracia de la que nunca está a la altura, que corresponde como puede, formula la experiencia adquirida en estos términos: "Después de tantos años, de tantos siglos de decir que lo amamos, continuamos crucificándolo y manteniéndolo en la Cruz." Y exclama: "A veces mi pinche Iglesia me exaspera y, sin embargo, no dejo de amarla, dolorosamente, como amo a este mundo, como sólo puedo amarme también a mí mismo".


Los reveses y giros que da la narración recuerdan el estilo de Graham Greene, en cuya literatura la Gracia aparece como aparece el asesino en los cuentos policiacos: para darle sentido a toda la historia previa y de una manera a la vez sorprendente e irreductible. La experiencia de la Gracia que siempre (¡gracias a Dios!) nos termina pillando hace a Javier sugerir en Martorus un enunciado desconcertante para el moralismo: "¿Qué importa lo que hagas? Todos los caminos desembocan en Dios." Y esto vale lo mismo en la vida de Benedicta, la abadesa del monasterio de Ahuatepec, la vida de amor de una mujer que ha habitado la tierra ―y por eso es familiar al Cielo y no es ajena al infierno―, que en la del padre M, soberbio sacerdote fundador de una congregación poderosa, recientemente condenado por Vaticano a causa de su pederastia.


Todos los caminos desembocan en Dios. Sí, pero ninguno ahorra el drama del camino mismo. No edulcora Sicilia la Fe, disolviéndola en agua de rosas o convirtiéndola en un ansiolítico. Muestra cómo el cristiano no sólo no escapa al drama de la existencia sino que, encima, se carga encima una vocación de amor ―y hay que saber que a continuación de la expresión "vocación al amor" hay que decir "vocación al sufrimiento". Presenta al creyente como aquel que es llevado a la Noche, a una noche insondable y dolorosa, y glosa a San Juan que sólo puede presentar el sufrimiento al que el cristiano está sujeto entonces en términos analógicos: "es tan opresiva que uno no sabría cómo mantenerse en el amor que la provoca sin pronunciar el desgarrador grito de la amada que repentinamente, sin saber cómo, no encuentra a su amante en el lecho donde acaba de yacer con él." Sólo después de ser llevado a ese límite, al umbral en que ya no se distinguen el Ser y la nada, el cristiano puede advertir que "Dios, a pesar de todo, estaba allí sosteniendo el mundo". Aún más: que, como escribió Teresa de Lisieux -y vuelve a decir Bernanos-, todo es gracia.


3 comentarios:

david-. dijo...

Lo confieso: he tomado la parte más pobre de esta reseña y de la paralela, de Diego (http://eljustomedio.blogspot.com/2009/03/servir-que-no-ayudar-los-pobres.html).

Quiero decir: en lugar de atender a su contenido, me la he pasado pensando en si será cierto que ha aparecido un nuevo Bernanos. Pero supongo que esa no era su idea, sino al revés: apelar a los parecidos para enfatizar el fondo. Así que nada.

rodrigo dijo...

Cada vez que encuentro, que se escribe sobre el amor, tengo más miedo de no saber qué es.

Justo Medio dijo...

Debo confesar que no he visto en la novela de Javier el famoso 'giro' de la Gracia al estilo Greene. He visto, más bien, como la conversión de Péguy, un seguir andando por lo que ya se anunciaba.
Leo la novela de Javier como el esfuerzo de un místico por hacer vivir a su lector lo que él mismo ha vivido ya, pero no como de repente, sino a través del camino arduo de los impactos espirituales.
Hay un momento en la novela en donde ya no hay vuelta atrás, sino que es puro derrumbamiento de la capacidad humana por salvarse.
He encontrado a la novela como una obra más o menos análoga a El Desbarrancadero de Fernando Vallejo (quien por cierto, tengo por el mejor prosista vivo en castellano), pues es una historia en la que se muestra el desfiguramiento y la descomposición de lo humano. Parece que Sicilia lleva al extremo -quizás la única manera de llevarla- la condición humana: una paupérrima capacidad de salvarse a sí mismo.
Queda claro que solos, seríamos absurdos. En ese sentido la Gracia se muestra como exigencia de la razón y de la existencia, pero también como presencia patente para el ser humano. Aunque esta patencia sólo se hace visible en el dolor. Y en el desfiguramiento mismo de lo humano, como en Vallejo.