jueves, junio 12

Bóreas (tercera entrega).

Lucas Cranach, el viejo. Melancolía II.



El tráfico de la ciudad era insufrible. Los sentimientos de tranquilidad y las reflexiones alambicadas sobre la Providencia pronto se trocaron en bilis negra y rabiosa; la doxología de Bruckner terminó por disolverse entre el ruido de los coches y mi furia. “No me extrañaría morir de una embolia en un hervidero de coches como éste. ¡Qué mierda! Llevo hora y cuarto inmerso en este pandemonio…”. Clavé la vista en el retrovisor y miré mi gesto de aflicción, como de mártir cristiano, pero sin el aire piadoso. “¡De nuevo las malditas arrugas…!”

El cielo caliginoso prorrumpía en tronadores vagidos y lágrimas abundantes; y yo, secundándolo, en maldiciones cósmicas.

Desarmado e impotente frente a mi situación, resolví arrostrar algunos problemas que han venido estrujándome mecánicamente el entrecejo por días, tal vez semanas (algunas noches, cuando me pregunto por qué no puedo conciliar el sueño, descubro mi ceño duro, constreñido, y lo toco, lo masajeo, pero no soy capaz de relajarlo a voluntad).

Pensé: “Después de 18 años venir a parar en esta situación. No termino de comprender los porqués de su enojo. Al parecer, se anidaba hace tiempo en su conciencia un profundo odio hacia mí. ¿Qué le he hecho? Hombre, más allá de ciertas críticas sobre su condición social, críticas que invariablemente van perfumadas con las fragancias de la broma, y algunas observaciones irónicas sobre su posición intelectual…no recuerdo nada penoso. De verdad, no lo entiendo; soy incapaz de reconocer en esa voz, en esa carta, en esa indignación, y por último, en esa dramática decisión ­–desgajar de raíz nuestra relación–, al antiguo amigo de mi vida. Después de 18 años… ¿Acaso soy demasiado cruel?... Nunca lo había pensado… Sí lo soy… bueno… tampoco demasiado… (Y suspirando con el alma): sí; soy un descorazonado. ¿Y el placer voluptuoso de decirlo? ¡Homo homini lupus, carajo!... Vamos a ver: a decir verdad, él está muy lejos de ser un diletante de la iniquidad. No conozco ser más cáustico; su virulencia es de primera línea, definitivamente. Lo de siempre, supongo: Dios nos hace y nosotros nos juntamos. Era lógico: mientras las solfataras supuraban ácidos verbales en cualquier dirección que no fuera hacia ellas mismas, todo iba bien; pero llegó el día en que se carearon… Invectiva tras invectiva, terminamos destrozándonos... ¡Qué lejos estoy de los días de la niñez, cuando mi máxima ilusión era ser santo! La santidad, la santidad… qué lejos. Razón lleva Rodrigo cuando afirma que nos hicieron crueles en El Objeto Delicuescente, como él lo llama, por referencia a un cuento de Salvador Elizondo… Mas no debo engañarme ni dulcificar las responsabilidades: yo ya era un tunante hecho y derecho a los 11 años: decía mentiras para todo, pegaba a mis hermanas, fumaba… creo que hasta robaba y sabía algo del sexo…”

Me vi de nuevo arrastrado por la discontinuidad de las ideas. Divagué un rato más sobre mi infancia, sobre mi familia (todos taimados, igual que yo), y sin haber tomado determinación alguna sobre el primer asunto, cavilé sobre otro, más fresco que el primero:

“Suetonio… Ya estoy un poco cansado de Suetonio. Es un soberbete. Su “letrada” opinión tiene que prevalecer siempre: siempre. Y eso no es lo peor: su actitud de sabio humilde, que no desprecia ni una sola opinión, venga de quien venga –como dice él–, me resulta repulsiva. Basta con ver que sólo escucha con el gesto de la cara (gesto, lógicamente estudiado); los oídos lejos andan, atentos de soslayo para retornar a la hora de los halagos. Lo dicho por él, dicho está; las opiniones adversas o aquéllas que suman un ápice de agudeza no contenido en su comentario, sirven únicamente para formar parte de los infinitos ruidos del mundo. Las cosas así, todos los que lo rodean terminan por convertirse en bufones de su corte. Su privanza hacia las personas se decanta según la lógica del entretenimiento: quien tiene la agudeza para hacerlo reír es, según su parecer, listillo. Lo que significa en realidad: alguien entra en su gracia siempre y cuando juegue su juego, con sus reglas, sus amonestaciones, sus idas y venidas de humor, sus temas, sus ritmos. El que osa perturbar estos cánones cortesanos termina por ser víctima de su lengua pertinaz. Invariablemente, el diagnóstico de Suetonio es atinado e incisivo: fulanito está apestado de ignorancia y mal gusto...

Ésta es la explicación apasionada del modus operandi de Suetonio. Un análisis más detenido revelaría la filigrana – auténtico trabajo de experto orífice– para hacerse de fieles. La liturgia es siempre la misma: juicio externo (normalmente reprobatorio); primera aproximación (siempre con desdén, pero dando algunos caramelos de sabrosa adulación); aparente amistad (donde sigue la adulación, y secretamente comienza la imposición de la jerarquía maestro-discípulo. También se revelan las claves indispensables para ganar puntos en la confianza y se dan nuevos caramelos); por último, aburrimiento (indiferencia, frialdad en el trato y abandono), a menos que la persona esté dispuesta a seguir con el circo. Si uno es de frente amplia, descubre las condiciones de donde pende la pretendida amistad. Y entonces: o bien se entra conscientemente en su juego: entronarlo siempre que se pueda; o bien se renuncia a su amistad.

Suetonio es un fementido. Promete las perlas de la Virgen, y termina dando burdos abalorios. Incontables veces he confiado en sus ofrecimientos, pero llegado el plazo de cumplimiento, se retracta, jura y perjura que él jamás había ofrecido tal cosa… o simple y llanamente dice: no, ahora no me place… Ya sé de qué va…Y lo sé porque yo también soy un poco así: Dios nos hace…"

"¿No seré yo el problema?” Y acudió a mi memoria la imagen del rapavelas C... "Probablemente siempre tuvo la razón: soy demasiado crítico e intelectualista... ¡Ay, el Objeto, ay!..."

8 comentarios:

The Phoenix dijo...

Lord Chandos:

Eres taimado, intelectualista, quizá algo elitista, etc. Puede ser...

Puede ser que mucho de lo que dices de Rodrigo y de tu amigo con el que rompiste, haya mucho que se refleja en ti...

Puede ser...

Pero eres conciente, sabes que conocer textos, música, u otros artefacto de la alta cultura, son para otra cosa que esa patética armadura con la que algunos se protejen para tener cierta valía y así cultivar el gusto por el desdén, por la corte o por la farsa.

Algunos se toman tan en serio sus máscaras y no se dan cuenta o no quieren ver, que están en una enorme mascarada.

Pero vos, vos en ese sentido eres distinto. Así que date tu propia paciencia, y sobre todo, tu propia tesitura.

Abrazo.

Iván dijo...

Fuera máscaras digo yo. De nada sirven. Uno es como es.

Abrazo pues.

roncuaz dijo...

Aguda descripción. Escalofriante diría. Qué difícil deshacerse de la vanidad, que dura puede ser nuestra soberbia, que arduo alcanzar un poquito de humildad... te agradezco el post... y me voy a rezar a la capilla para hacer un poco de silencio, de repente alcanzo algo de luz... saludos y oraciones... y e dnuevo gracias

De-Scartes dijo...

¡vientos!
bueno, es escalofriante.
espero haya cuarta entrega.
esta pinche ciudad no dista mucho de calcuta.
la náusea, bien enfocada, puede llegar a ser jocosa; hilarante.
me agradó tu bló.
post scriptum:
ya está la cuarta epístola en mi propio bló de mi propiedá; échale un oclayo: es buena; "BUENA".
saludines.

zocadiz dijo...

Eso de ser santos...cuantas cosas remueven en mi ser.
nos leemos.

Justo Medio dijo...

Es un gran texto sin duda. Mauriac está queriendo asomarse. Muy bien, Alonso.
Abrazo hondo.

Artemisia dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Artemisia dijo...

Lord mío,


Me agradó el saborcillo picaresco con que estás condimentando tu cuento. Es tragicómico: me provoca risa en la manera como describes (ejemplo: "...miré mi gesto de aflicción, como de mártir cristiano, pero sin el aire piadoso.") Pero me apena lo terrible que hay detrás del o los personajes, como en Suetonio "...sólo escucha con el gesto de la cara (gesto, lógicamente estudiado); los oídos lejos andan, atentos de soslayo para retornar a la hora de los halagos." Me llama mucho la atención tu aguda observación sobre este tipo de comportamientos sociales.

Por otro lado, me parece ingeniosa la construcción de tu cuento, la cual revelas cuando escribes: "Me vi de nuevo arrastrado por la discontinuidad de las ideas (...) y sin haber tomado determinación alguna sobre el primer asunto, cavilé sobre otro, más fresco que el primero". Me gusta porque parece un boceto preparatorio, donde se pueden apreciar todas las pinceladas y rayoneos, antes del ordenamiento y el recubrimiento de los colores en una pintura.

Así también, esos saltos anacrónicos me parecen más adecuados a la relación de nosotros con el tiempo: Nuestra narración está estrechamente relacionada con la memoria y ésta es azarosa. Un pensamiento nos lleva a otro y a otro, al parecer sin orden lógico. Pero ¿quién sabe si el tejido mnemotécnico forme después un tapiz iluminador?

Esperamos tus siguientes entregas.

Un beso, amor mío.



Tu Artemisia.