jueves, agosto 21

La voz no es de mi general (segunda entrega)

Arcángel.– No, Néstor. Es interesantísima. Continúe, por favor.
Pecador.– Conste que usté me lo está pidiendo… Mi general y yo desayunábamos, comíamos y cenábamos juntos en la casa al centro de todos los batallones. Pasó otro mes y el general recibió un telegrama urgente. Se puso serio, como una roca, y empezó a repartir enmiendas. A una división le ordenó que partiera al sur, cuanto antes. A unos doscientos hombres los mandó a guerrear al norte. A El Flaco lo envió al oeste. Y él mismo se dirigió al este. “Tú, Néstor, te vienes conmigo”. Le juro que esa vez, si hubiese estado el mismísimo diablo parado al lado del general, no se habrían notado muchas diferencias. Sus ojos ardían como arden los carbones, y estaban negros, bien negros como la obsidiana. No le exagero. Quién sabe qué habría en ese telegrama urgente que a todos despachó deprisa. “¿Sabe cabalgar, Néstor?”. “Ay, mi general, pues claro, ni que fuera qué”. Cabalgué a su lado todo el tiempo. Liderábamos la marcha. Mi general, soberbio como un pavo real inflado, y yo encorvado junto a él. “¡Alto!”, gritó cuando dimos con un bosquecillo más o menos tupido de árboles. “Nos quedaremos aquí hasta que recibamos noticias”. Y nos quedamos ahí. Otra vez a comer pollito rostizado y arroz. “A ver, Néstor, si muy muy. Dispárale a esa ardilla. Aquí tienes mi pistola”, se la quitó del cinto y me la tendió. “No, mi general, ya le he dicho que yo no tengo manos, ¿pero qué tal le llevo la cuenta del parque?”. “Pues la llevas a puro tiento, mi Néstor, porque dudo que sepas contar hasta diez”. “¿Qué pasó, mi general? Soy indio pero no pendejo”. Nos reíamos esa madrugada con el pulque cuando un mensajero desarrapado nos trajo las noticias. “Y ahora ¿a ti qué te sucedió?”, comentó el general al ver al mensajero hecho un nudo de nervios. Llevaba la ropa hecha jirones, las rodillas ensangrentadas y aún jadeaba por la carrera. Hizo falta una hora para que se repusiera y le pudiéramos sacar una palabra. “M-mi general, m-mi general. Allá, allá… Nada, pos que allá capturaron a los nuestros. Y hoy, mi general, los hicieron pasar por el paredón”. Habían fusilado a El Flaco, mi cuate… El general rechinó los dientes. Sólo yo, que estaba juntito de él, lo oí. Rechinó los dientes de pura ira. “Tá bueno. Ahora lárgate, que te den de comer”, despidió al mensajero y se volvió hacia mí. “Vente, Néstor, cárgate un fusil y tres cajas de pólvora”. Me llevó a las lindes del bosquecillo donde acampábamos y en la distancia, a pesar de la negrura, advertí la sombra de un pueblo. “Esos cabrones van a pagar caro la muerte de El Flaco. Escucha, Néstor, lo que vas a hacer: te vas a ir al pueblo que ves allí, te metes como si fueses un borrachín perdido. Vas desperdigando la pólvora y el aceite, así como que no quiere la cosa. Luego te sales del pueblo, te alejas una distancia prudente, y disparas a donde tú sepas… Este pueblo hoy será cenizas, Néstor. Tú lo harás cenizas… Lo que nos obligan a hacer los cabrones, ¿eh?”.
Arcángel.–¿Quemaste el pueblo?
Pecador.– Sí, cómo no iba a quemarlo, con el perdón de usté. Si el general decía algo, no había más, ese algo se hacía. Regué el aceite y caminé por el pueblo justo como me indicó el general. Me tembló la mano cuando ya estaba lejos y alcé el fusil. Mis dedos tocaron su vientre, tocaron el gatillo. No importaba mi puntería, a donde cayese la chispa habría una explosión… Y sí, hubo muchas explosiones. El pueblo se incendió, y muchas, muchas llamaradas se alzaron. Iban de las casuchas al cielo, rojas, muy rojas. El fuego rugía conforme se tragaba al pueblo… Fue un espectáculo demoníaco, fíjese usté… El pueblo se había vuelto una gran fogata. Como si un cacho de sol se hubiese estrellado en la tierra… Las flamas me lastimaron. Y ahí dejé los ojos… “Ahora vámonos de este bosque, Néstor. Despierta a los hombres y que se preparen para huir como putas. Deja de mirar el incendio, ahí no hay nada que ver. Vámonos”.
Arcángel.– ¿Vámonos para dónde?
Pecador.– Vámonos pa’ donde nos arrastren los pies. Así funcionan las cosas con el general. O funcionaban, porque usté dice que ya estoy muerto, ¿no?
Arcángel.– Entre otras cosas, sí.
Pecador.– Ay, qué dramático es usté. Pero le sigo contando. Nos fuimos bien rápido del bosquecillo, y no nos detuvimos ni para respirar. “¿A dónde vamos, mi general?”. “Qué chingados te importa, Néstor. Tú síguele caminando, que no voy a esperar a nadie. Más rápido, cabrón, como si no tuvieras ganas de mear”… El general tenía un plan. Siempre tenía un plan, el canijo. Hasta para conmigo tenía uno, si no qué hago aquí… Sí, sí, el general tenía un plan.
Arcángel.– ¿Cuál era ése?
Pecador.– Nos condujo hasta los cuarteles de los tamarindos. “¿Quiénes son los tamarindos, mi general?”. “Carajo, Néstor, ¿en qué mundo vives? Son contra quienes luchamos. Y por cierto, te tengo otro trabajito. ¿Ves la carta que está aquí? La vas a coger y se la vas a ir a entregar a su comandante. Vas a ir desarmado y muy despacito, que vean que vas en son de paz. Se la entregas y sin apuraciones te regresas conmigo, ¿entendiste?”. “¿Y si no me quieren dejar salir, mi general?”. “Pos tú sólo esperas a que yo vaya por ti”. “¿Y si me hacen algo”. “Pos yo les hago más, Néstor. Ahora vete. Te quiero aquí en una hora”. No lo voy a negar, iba muerto de miedo. Me acerqué a los cuarteles enemigos sudando y aguantando a duras penas los orines. Me recibieron un par de hombres con camisas color caca. Y en unos segundos tenía a todo el cuartel delante de mí. “Ésta es pa’ su comandante”, les dije enseñándoles despacio, despacito, la carta. “Y ésta es pa’ tu general, pinche indio”, bramó el soldado que estaba enfrente y me disparó a los pies, sin atinarle. Ay, ay, ay. De inmediato comenzaron a dispararme varios hombres. Ay, ay, ay. Yo corrí como coyote. Corrí y corrí, fuera de los cuarteles y hasta mi campamento. Namás escuchaba las detonaciones detrás de mí. Ay, ay. Llegué cansadísimo, pero sano y salvo. Ahí dejé las piernas. “¿Cómo que no entregaste la carta, Néstor?”. “No la quisieron, mi general. Sólo abrieron fuego y por un pelito me escapé”. “Si serás, Néstor. Nada haces bien. Iré yo en persona”. Y el general fue a los cuarteles de los tamarindos. Tenía un plan, cómo de que no. Él siempre tenía un plan… No sé qué les habrá dicho o prometido, pero retornó bien cerrada la noche. Retornó medio ligero, algo borracho. “Ya la hicimos, mi Néstor”. “¿Qué ocurrió allá, mi general?”. “Pos lo que tenía que ocurrir: nos aliamos con los tamarindos”. “Pero si ellos son los enemigos, mi general”. “Tú lo has dicho: nos aliamos con los enemigos”. “¿Y qué hay con eso de la revolución, mi general?”. “La revolución se puede ir a chingar a su madre, Néstor”. “Pero ellos mataron a El Flaco, mi general”. “Y les diré que te maten si no te callas”. “No, eso sí que no, mi general. Eso de rendirse ha sido un error. Usté haga lo que quiera, al fin que siempre lo hace. Dispénseme, pero yo mañana dejaré el campamento. Ya me voy a dormir, mi general”. “Vete, Néstor, ni quién te necesite”. Me fui a dormir. Y tuve pesadillas. Soñé con Carmelita y con Jorgito, con mis milpas, con el pueblo chamuscado y mi reciente ida al cuartel de los tamarindos. Ay, fueron terribles esa pesadillas. Ahí dejé la cabeza… ¿Y qué me quedaba? Dígame usté, ¿qué me quedaba? Lo había ido dejando ya todo. ¿Qué me quedaba?
Arcángel.– La voz.
Pecador.– Sí, la voz. De seguro esos tamarindos me asesinaron mientras dormía. O quién sabe, a lo mejor fue el general, ¿no?
Arcángel.– A lo mejor. Ya no podremos saberlo. Por lo pronto pasa, Néstor. Recoge unos brazos, unas piernas, una nariz, una cabeza, unos ojos y un corazón, cualquiera estará bien. Recoge lo que te haga falta y, cuando estés listo, márchate. Espero no escuchar otra historia tuya sino hasta dentro de mucho.

5 comentarios:

Josemaría Llovet Abascal dijo...

¡Qué pluma la tuya! Por favor mete este cuento a un concurso, el que sea. Seguro ganas. ¡Enhorabuena! Una pequeña recomendación: cambia "con que me había casado por sus chilaquiles" por "con que me había casado con sus chilaquiles".

Garcín Altoalcázar dijo...

Seguro te está albureando, no le hagas caso.

Enhorabuena.

david-. dijo...

Me gustaría que nos explicaras un poco el final, si te parece adecuado.

Artemisia dijo...

¡Felicidades! Qué forma de narrar, caray... No lo sé, pero me recordó un poco al que escribiste de "El Buscador de Anhelos" en cuanto al aspecto de la incompletud, de la búsqueda de los fragmentos de los que se vio despojado el personaje a lo largo de su historia.

Esperamos leer otro de tus cuentos :)

J. M. Cuéllar dijo...

El final sugiere una reencarnación. Al protagonista se le conceden de nueva cuenta las partes de su cuerpo, y se inisinúa que le espera una historia parecida. De modo que el cuento se vuelve un ciclo.

Gracias, artemisa, por las felicitaciones. Y ahora que lo pienso, tienes razón: mis finales son muy ambiguos...