martes, agosto 22

BENEDIXIT, FREGIT, DEDITQUE.

En los 70 años de la ordenación sacerdotal del Cardenal Hans Urs Von Balthasar.
“I consder my own theology to be like the finger of John pointing to the fullnes of revelation in Jesus Crhist, unfolded in the immense fullnes of its reception in the history of the Church, in the meditation of the saints above all.” Spirit and Fire: An Interview with Hans Urs Von Balthasar. Communio Iternational Catholic Review. Fall 2005.

El 26 de julio se cumplieron 70 años de la ordenación sacerdotal del eminente teólogo de Basilea, Hans Urs Von Balthasar. La elección inconfundible y gratuita fue reconocida y aceptada en el sur de Alemania, en la Selva Negra: “Todavía hoy… podría encontrar de nuevo en aquel camino perdido del bosque en la Selva Negra, no lejos de Basilea, el árbol bajo el cual fui como tocado por el rayo…”. No fue una llamada que le revelase una misión concreta, sino una entrega completa al seguimiento: “Pero no fue ni la teología ni el sacerdocio lo que entonces entró como un rayo en mi espíritu...”. Fue en el año de 1929 que la vida de un joven Suizo estudiante de germanística queda marcada de por vida. Tras su asistencia a un retiro espiritual, donde se predicaban los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola, descubre con claridad que ha sido elegido para obedecer desde la fe: “Fue únicamente esto: tú no tienes nada que elegir has sido llamado. Tú no vas a servir, alguien te llamará a su servicio; no tienes que hacer planes eres sólo la piedrecita en un mosaico que ya está preparado desde hace tiempo.”. Y, consecuente con su llamada, a lo largo de su más de 80 años de vida terrestre, fue ejemplo vivo para miles de almas y, quizá con sus escritos, lo sea de millones, del encuentro personal con la Gloria Divina, con la forma luminosa del Crucificado. La vida de entrega y fidelidad a la Iglesia de H.U. Von Balthasar nos merece veneración. Su potente obra teológica, que nos enseña la necesaria unión entre la teología y la espiritualidad, no puede sino atraernos sobremanera por su agudeza y profundidad. Su amor por la cultura, especialmente la literatura y la música, nos motiva al estudio, nos genera admiración.

Von Balthasar nace en Lucerna, Suiza, el 12 de agosto de 1905. Después de Doctorarse en germanística a los 23 años con una tesis titulada Historia del problema escatológico en la literatura alemana moderna, decide ingresar al noviciado con la Compañía de Jesús cerca de Feldkirch. Estudia filosofía en Pullach, centro de estudios jesuíticos cerca de Munich, y teología en La Fourviére, cerca de Lyon, sin llegar nunca a doctorarse en ésta última. Esto no fue inconveniente para legar a la humanidad una de las obras teológicas más completas y profundas de todo el siglo XX, por no decir que de toda la historia del cristianismo.


La obra teológica balthasariana mana de la propia experiencia religiosa de su autor. Su concepción de la forma, figura o gestalt (concepto instrumental heredado de Goethe) como la Kabod divina que se revela en plenitud en la persona del Verbo, no es un especulación teórica, sino la vivencia profunda de una experiencia: “entró como un rayo en mi espíritu.”. La propuesta de que la vida cristiana es dramática o, mejor dicho, Teodramática, idea clave en la concepción moral de la obra de nuestro teólogo, proviene de ese encuentro personal con la libertad infinita, que promueve y posibilita toda acción virtuosa en el hombre, y que exige, a su vez, una entrega plena para vivir de la fe. La narración del descubrimiento de su vocación al sacerdocio es una luz que alumbra el punto de arranque desde donde el teólogo de Basilea formula su propuesta teológica: el encuentro dramático con aquella libertad amante, que me llama a pesar de mis proyectos personales a participar en la obra de la redención, a través de la obediencia, en el seguimiento y servicio de Aquel que obedeció de manera arquetípica, y por el que mi obediencia tiene eficacia redentora. Todo esto posibilitado por el Espíritu común al Padre y la Hijo; Espíritu en el que se realiza el don del amor entre el Origen y su Verbo, la eterna donación, recepción y devolución de su ser para-el-otro; Espíritu que, como desbordamiento de amor Trinitario, perpetúa la presencia de Cristo en su Iglesia –en la Palabra, en la Oración Eclesial, en la Liturgia, en los Sacramentos, especialmente en la Eucaristía, y en la figura luminosa de los Santos– permitiendo al hombre hacerse persona en el cumplimiento fiel de su misión.

El afán de la teología balthasariana es comprometer a su lector a vivir fielmente el cristianismo. Sus escritos tienen la pretensión de dirigir a las almas al encuentro personal con Cristo. Este encuentro originario con el Amor, al ser percibido y aceptado libremente, revela la misión específica que a cada uno le corresponde como miembro de la Iglesia: “... eres sólo la piedrecita en un mosaico que ya está preparado desde hace tiempo”. Estas palabras son las que Balthasar escuchó claramente en su corazón, cuando comprendió la misión a la que había sido llamado. Su labor pastoral no sólo ha influido en aquellos que le conocieron personalmente, sino también en todos los que abrevan de las limpias aguas de su doctrina, legado espiritual para la Iglesia.

Crítico de la teología academicista que permeaba la enseñanza en los seminarios, Balthasar propone una teología arrodillada (kniende Theologie), es decir, existencial. Esta convicción le llevó a inclinar la balanza en favor de la Universidad de Basilea, donde fue capellán de estudiantes jóvenes y realizó una labor pastoral admirable, y renunciar a dar clases en la Universidad Gregoriana, unos de los puntos de referencia más fuerte para profesar la ciencia teológica. La preferencia de Von Balthasar por la labor pastoral se explica si reflexionamos en la misión que él mismo atribuía a su obra teológica: ser como el dedo de Juan el Bautista que apunta a la grandeza y luminosidad inefable del “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.” Más que ser un gran especulativo, el Teólogo de Basilea pretende ser director de almas, poniendo al servicio del Pueblo de Dios su teología para que sirva como un signo (el dedo de Juan) que remite a la auténtica y única fuente de sabiduría: Cristo.
Su vida fue una "existencia teológica"- término que el propio Balthasar formuló para describir la misión de Santa Teresa de Lisieux; una llamada al servicio. Desde esta óptica se entiende por qué nuestro teólogo decidió que las palabras que marcarían su vida sacerdotal fueran aquellas con las que el Señor se entregó a los suyos: benedixit, fregit, deditque (lo bendijo, lo partió, se los dio). Estas palabras, contenidas en el Canon Romano, la anáfora de mayor tradición en la Iglesia Romana, definían, según Balthasar, la misión concreta para la que había sido elegido: con la gracia de la elección (benedixit), y su correpondiente aceptación, se entregaría plenamente a la Iglesia (fregit, deditque); es decir, una entrega a Dios, como fuente de donde mana todo auténtico amor, y a los hombres (el amor al prójimo), como la natural extensión de la experiencia del amor divino.

2 comentarios:

Jack Sparrow, Cap'n dijo...

Quizá lo realmente duro es preguntarnos si somos capaces de comprender todavía esta clase de ejemplos. ¿Podemos ir más allá de Tyler Durden?

Phi.Lord Chandos dijo...

Me parece que Tyler Durden es un filántropo. Y eso, por lo menos, es loable. Yo más bien pienso en el humanismo individualista; ese "humanismo" que desconoce al hombre y se despreocupa de él; ese humanismo que suscriben los más de los "católicos" bienpensantes, y que no pasa de ser egoismo tolerado, dizque mitigado por "obras piadosas". Un cristianismo, en definitiva, que provoca la violencia de la modernidad y la posmodernidad; un integrismo (¡¿ortodoxo?!)intolerante, no exento de rancios dogmas anti-humanos, que no está dispuesto a reconocer las grandes figuras teológicas que han tratado de dialogar con la (pos)modernidad.

Posiblemente Tyler Durden no existiría si hubiera habido más personas con la calidad humana y espiritual de Von Balthasar, Henry de Lubac, Newman, Guardini,San Josemaría Escrivá, Juan Pablo II, etc.

El verdadero peligro es el cristiano charlatan (como, a veces, lo somos tú y yo).

Salud.

Chandos.