martes, marzo 25

Me retracto

Justo cuando creía que mi lenguaje florido, de barrio, era una larva literaria con la capacidad de sufrir una metamorfosis antes de ser literatura, me topo con un textillo de Alfonso Reyes (Apolo o de la literatura). Idiota.

"Ni verso ni prosa literarios pueden confundirse con el habla común. No es verdad que Monsieur Jourdain hablara en prosa: hablaba en coloquio, que es distinto. El abuso se ha introducido en los hábitos del portugués, que para decir: 'Me agrada conversar con Fulano', suele decir: 'Gusto de su prosa'. Pero eso no es prosa. Tampoco dijo la verdad Juan de Valdés al afirmar ligeramente: "Escribo como hablo". Nadie habló nunca como él escribe. Al llegar a la operación literaria, muda el régimen de conciencia como si nos acercáramos a algún oficio religioso."

Primero. Juan de Valdés se me adelantó. Segundo. Fui tan ingenuo como Juan de Valdés. Me lleva la chingada. O nunca mis improperios serán literarios. O, bien, nunca he escrito literatura. Gracias Don Alfonso.

Carajo.

sábado, marzo 15

Lo que me gusta de escribir con groserías...

...es que escribo como hablo. Y qué chingados.

miércoles, marzo 12

Ese ojo

Ese ojo que es capaz de descubrir un trozo más del hilo de Ariadna. Ojo aguzado, melancólico, que atisba el infinito: eternidad o nihilidad. Ojo denodado, descubridor de mundos varios; de infinitas explicaciones: de infinitas contradicciones. Ojo agudo y penetrante que mira, observa. Mirada de ojo que descifra la voz del relente, de la rosa, del animal, de la montaña, del oreo, del arrebol, de la voz jamás pronunciada por hombre alguno. Voces todas resistentes a la tripartición del tiempo geométrico: al olvido del pasado. Voces de siglos leños. Persistencia de voces viejas.

Parpadeo de ojo capaz de asir el instante por un instante. Ojo que posee conscientemente la actualidad: ve y ha visto. Presente y presente perfecto. Ojo que fractura los fríos contornos – irreales – del mundo, avanzando hasta su verdad: Belleza (otro nombre para hablar de la desnudez de Natura). Ese ojo que escucha los secretos inconfesos de la lágrima, de la nuca de la mujer, del hostigo de la pared -y del alma-; ojo dialogante con sus pares. Ojo capaz de leer el tiempo en las frentes, la miseria o bonhomía en las dentaduras; capaz de descubrir en los labios el urente deseo: la fácil entrega; capaz de adivinar un corazón torvo o un corazón lenitivo. Ojo capaz de comprobar en un rostro la letárgica disolución de los afectos que antaño se le prodigaban… (¿Quién se atreve a decir, pues, que el ojo no habla, no escucha, no ama, no sufre?).

Ese ojo. Ojo de poeta.

Phi. Lord Chandos

(Regresó, carajo)

martes, marzo 11

Hapaxes al servicio de la comunidad

Se solicita su colaboración para localizar a Philip Lord Chandos, alias, El Líder. Quien desapareció el pasado 15 de enero del presente, después de su entrada, "Algunas reflexiones teológicas sobre el amor". La última vez que fue visto, Líder, leía y escribía sobre la Teodramática. Como señas particulares, Chandos, padece de prolongados periodos de ensimismamiento y misantropía. Además, profiere vociferaciones teológicas, literarias y filosóficas. Suele referirse a la gente como "fríos pornógrafos" y despotrica contra la ignorancia ajena. Los nombres Balthasar, Polo, Miró, Borges, Elizondo, Valéry, Pegüy, Balthasar,Goethe, Reyes, Novalis, Balthasar, Chesterton, Paz, Bloy, Bernanos y, sobre todo, Balthasar, provocan en Chandos un entumecimiento muscular y un resplandor en sus ojos. Cualquier información que conduzca a su localización, favor de hacerla llegar a través de este medio.

Por su cooperación, gracias.

(¡Ya regresa...!)

Alta gastronomía


¿De qué es el tuyo?, Surtido, Ah... A mi vieja le encanta el surtido, a mí no: tiene tanta mierda que ya no sabe qué está comiendo uno, No seas mamón, güey, como si tuvieras un paladar muy acá, Pu's así como me ves, no me como cualquier chingadera, ¿De qué pediste, entonces?, De nana, claro, esos sí saben bien.

Óptica moderna


Manuel Álvarez Bravo
(1902-2002)

lunes, marzo 10

Tabardillo




En un mundo ideal:

-¿Y Chemóstenes?
-No vino a trabajar. Se reportó atabardillado.
-Ah, ok.

viernes, marzo 7

El Romanticismo: cuestión de pelos

Tenía la intención de releer algunos cuentos de Poe. Pero la idea de leer desde una pantalla, una noche de viernes, en medio de una biblioteca vacía y mediocremente adornada, ya no me seduce. Había pensado en The Raven, The Black Cat, The Cask of Amontillado, The Murders in the Rue Morgue, The Premature Burrial, Ligeia y The Masque of the Red Death. En especial, aunque por diversas razones, me interesaban el primero y el último. Me encanta ese efecto de zoom narrativo en The Raven. El otro, no sé. Fue el primero que leí de Poe. Es como el cariño que uno le guarda a su primer novela. Batallas en el desierto, en mi caso. Solamente la leí una vez. En secundaria. En el transcurso de las clases. Nunca la he vuelto a hojear. Temo que si lo hago, pierda ese regustillo que, poco a poco, se ha añejado.




Volviendo a Poe. Quería recordar ciertos relatos. Porque es común que olvide algunos libros. Como si hubiera pasado una hoja blanca tras otra, durante horas. Por ejemplo. Estoy seguro que leí La muerte de Iván Illich. Pero no tengo ni puta idea sobre qué trata. Vamos, sí, intuyo que ocurre una muerte. Poco más, aparte de eso. También, recuerdo haber leído, de Rafael Bernal, El complot mongol. Había un policía o detective, una suerte de mafia oriental, una mujer, también oriental, que era mala. Y hasta ahí. Es encabronante mi condición. A veces, cuando comienzo a leer un libro, lo hago con temor. Pienso que esa palabra, esa historia, ese personaje, se hará mierda en memoria. Boicoteo, a priori, mi lectura. Comploteo contra mí mismo. Contra el autor, la novela y la literatura en general. Alguna vez pensé en escribir reseñas sobre los libros que leía. Así, tendría una despensa literaria que refresacaría mi memoria cuando fuese necesario. Bah, pura verborrea bien intencionada. A la fecha no he escrito ninguna.



Volviendo a Poe. He leído, últimamente, algunos cuentos de Hugo von Hofmannsthal. Y comenté a L. que me habían decepcionado. En la edición que tengo, la de Aldus, que se titula Paisajes, aparecen cuatro o cinco cuentos –es que no la tengo, ahora mismo, conmigo–. Como sea. Además viene el texto de Ein brief. Ése si me gustó. Me gusta, mejor dicho. Los cuentos estuvieron bien, pero no geniales como la carta de Lord Chandos. Me esperaba algo de ese nivel. Me topé, en cambio, con un romanticismo a la usanza de Poe, pero germanizado: acartonado y menos potente. L., siempre sabio, me recordó que su fuerte es la poesía y el teatro. No puedo esperar a acabar con los cuentos para ir a lo que sigue. Elektra, principalmente, llama mi atención.

En realidad, no tenía mucho que decir sobre Poe. Tan sólo quería escribir sobre cómo fue una sombra en mi lectura de Hofmannsthal. También sobre mi desazón con los relatos hofmannsthalianos. Y sobre mi charla con L. Me da hueva escribir algo más sobre Poe. Sí, me gusta. Es tan bueno, sin embargo, que no sabría qué decir aparte de estas referencias tangenciales. Bueno, añado algo más: el bigote parece una constante entre los románticos. Lástima que no me sale.

miércoles, marzo 5

Utilidad de la hermenéutica

A continuación, un consejo schopenhaueresco de Chesterton que tiene también uso en cualquier argumento.

*

Luego intentó arremeter intelectualmente contra mis alegatos. Yo contesté con una evasión muy sencilla. Siempre que decía algo que nadie sino él comprendía, yo replicaba con algo que ni yo mismo entendía. 

"No me parece -dijo- que usted pudiera haber elaborado el principio de que evolución es sólo negación, toda vez que inhiere en él la introducción de lacunae, que son algo esencial de la diferenciación". 

Yo le repliqué con bastante desdén: "Usted leyó todo eso en Pinckwerts; la noción de que la involución funcionaba eugenéticamente fue expuesta hace mucho por Glumpe". 

Es innecesario decir que nunca han existido personas como Pinckwerts y Glumpe. Pero a toda la gente alrededor, para mi gran sorpresa, pareció sonarles bastante bien, y el Profesor, encontrando que el erudito y misterioso método lo dejaba a merced de un enemigo un tanto deficiente en escrúpulos, volvió sobre una forma más popular de agudeza. 

"Ya veo, se burló, usted prevalece como el falso cerdo en Esopo". 

"Y usted fracasa, respondí sonriendo, como el erizo en Montaigne". 

¿Necesito decir que no hay un erizo en Montaigne? 

"Su verborrea se viene abajo, dijo, igual que lo haría su barba". 

Yo no tenía una respuesta inteligente para esto, que era muy cierto y muy ingenioso. Pero reí cordialmente y contesté al azar: "Como las botas de un panteísta", y giré sobre mi talón con todos los honores de la victoria. 

El verdadero Profesor fue echado fuera, pero no con violencia, aunque un hombre intentó con mucha paciencia quitarle la nariz.

lunes, marzo 3

¿Qué hay de nuevo, viejo?


Y la puso en su boca. Lo frío del cañón estremeció sus labios. Intentó decirle que era suficiente. Pero sus palabras se ahogaron en el amargo sabor a acero y pólvora quemada. '¿Te arrepientes?', le preguntaban. '¿Quién es la niña, ahora?' Con las mejillas abultadas y la mirada clavada en su propia nariz, tiró de la manga de su hermano pidiéndole que se detuviera. Enrique, el mayor, comprendió el gesto. Retiró la Remington de las pueriles fauces de Mateo. '¡Me lastimaste, tonto! ¡No le hagas tan fuerte!', le reclamaron. No hizo caso. Tomó, en cambio, la parte inferior de su playera para limpiar la saliva del cañón. Colocó de nuevo el revólver en el viejo libro. 'Vamos por la escopeta a la cochera, Mateo.' El pequeño se mostró poco entusiasmado. 'Ya no quiero jugar contigo. Siempre me lastimas.' Enrique lo animó diciendo: '¡Esta vez será divertido! Jugaremos a Bugs Bunny. Yo seré Elmer.' El pequeño se emocionó.

jueves, febrero 28

El juego de la vida



Don Ramiro acabó con la mitad de su cerveza mientras decidía cuál tirar. Era una Victoria, clásica. Azotó, entonces, el seis dos. Su ahijado, Fausto, llevaba la mano. Octavió tocó dos voces. Ramiro había acertado. Fausto pudo sacar la "pecosa" que se andaba ahorcando. Le tocaba al "Negro". No tenía pa' dónde. Traía puras güeras sin seises ni cincos. Pasó. Ramiro puso la de cincos, su última mula. El compadre namás sacudió la cabeza. Los habían dejado cargados. El cinco cuatro fue la última ficha. Fausto se había quedado con ninguna. 'Te lo marqué, pinche "Negro", tápales el seis', dijo Octavio encabronado. Josué, "El Negro", tenía dieciocho años y aún no aprendía a leer el juego. "¿Pu's qué, otro?", preguntó Octavio. Don Ramiro no pudo evitar reírse. '¿Ya oíste Faus? No, compadre. En la cantina es como en la vida. O ganas o te vas la chingada." Ramiro le chifló al "Sonrisas" y pidió otra pa' los ganadores. Esa tarde el compadre invitaba.

viernes, febrero 8

Aves de mal agüero

-¿Viste eso? —preguntó entusiasmado.
-¿Qué?
-¡Le dí! ¡Le dí!
-¿En qué parte?
-En el hombro. Después resbaló un poco en la espalda.
-¿Y ¿qué hizo?
-Nada. Creo que no se percató.
-Voy a intentarlo.
-Ahí viene uno. Apunta justo a la cabeza.
-Deja lo mido. Casi..., casi..., casi... ¡ahora!
-¡Mierda! —exclamó un anciano que pasaba debajo de los cables. Tomó el pañuelo de su bolso. Limpió su cabeza con el pedazo de tela. Y, nuevamente, echó a andar.

Amor de verdad



-¿Me quieres?
-Sí. Lo sabes.
-¿Qué tanto?
-Mucho.
-¿Cuánto es mucho?
-No sé. La pregunta no vale. No se pueden cuantificar los sentimientos.
-Pero ¿me quieres más ahora o cuando nos conocimos?
-Igual
-¿Igual?
-Igual.
-¿No puedes quererme igual?
-Sí, sí puedo. Actualmente te quiero tanto como al principio. Aunque algunas cosas no sean las mismas.
-¿Cuáles?
-Pues... ya no es el vértigo del cortejo. El mariposeo en el estómago desapareció hace algún tiempo. Creo que es un amor más maduro: no anclado al presente, al momento, sino más prospectivo.
-¿Eso es bueno o malo?
-Ni uno ni otro. Es diferente.
-Entonces, ¿todavía me quieres?
-Sí. Aún te quiero.
-Y ¿harías cualquier cosa por mí?
-Casi cualquier cosa.
-¿"Casi"? ¿Qué no harías?
-Agraviar a otras personas que quiero.
-Y ¿qué sí harías por mí?
-Desprenderme de todo lo material, arriesgar mi propia integridad y... contestar a todas tus inquietudes.

sábado, febrero 2

Fenomenología de las funciones operativas del yo

Lo que sigue es una paráfrasis, literal en varios momentos, de parte del artículo “Remarks on the Psychological Motives of Doestoevsky’s Characters” de Adam Friedrich Betruger en Classic Literary Review XIX (1972), 34-72. Betruger examina el perfil psicológico de los personajes de Dostoievski: lleva a cabo una unificación de Raskolnikov, Iván Karamazov y Nicolai Stavroguin como el “espíritu de la decepción” (hay antes un excursus sobre el desencanto del mundo), desde el que concluye que los tres personajes forman en realidad el “esquema básico” de los personajes en Dostoievski, algo así como el sentido “neutral” del personaje (tesis evidentemente discutible).

Después de esto sigue un ensayo sobre la autoconciencia en el personaje básico: esto es lo que he traducido como “fenomenología de las funciones del yo”. El artículo termina con un breve análisis de la idea de redención en las novelas de Dostoievski, estudiada internamente desde la transición del personaje básico a Aliosha Karamazov (con el príncipe Mishkin como un “estadio intermedio”) y externamente desde la guía de Sonya Marmeladova y Darya Shatov.

* * *

Es claro que el núcleo central (el lékton del personaje) consiste en la búsqueda del sentido unificante de la vida. Este sentido equivale a la comprensión del yo. El personaje, por decirlo así, ha perdido la comprensión de sí mismo. Su interioridad no existe como un ‘yo’, es decir, al menos no como un yo que consiste en una reunificación, sino precisamente como una multitud caótica de voces que pugnan bien por encontrar el sentido en el pasado, o bien en el futuro, o incluso por intentar ignorarlo o hasta negarlo abiertamente.

La discusión interior se da según el siguiente esquema:

(Yo último: Ego absconditus)

Yo trascendental: Ego vivens

     A. Yo empírico: Ego facio motu

     B. Optimismo estúpido: Ego gaudiens

     C. Yo dialógico: Ego doctiloquens

     D. Yo diabólico: Ego abominans

              1. Yo fanático: Ego se afirmans

              2. Yo cínico: Ego despiciens

 

El yo trascendental es el personaje mismo: el hombre que vive no hacia fuera sino hacia dentro. El mundo es devenir y él realmente lo habita, pero su existencia es más que habitar el mundo. Por eso su característica más natural y propia es cierto “desprendimiento” del mundo, desprendimiento que se efectúa a través de su conciencia. En ese sentido su conciencia es el verdadero ámbito vital del personaje. Como autoconciencia el personaje vive abierto a algo ‘más’ que el mundo físico.

La necesidad de habitar el mundo físico, sin embargo, hace que el yo tenga que ‘proyectarse’ desde el ámbito de la conciencia a la realidad: tiene que ‘emplearse’ en existir. De ahí surge el yo empírico, que en realidad es poco más que una función operativa-fáctica del yo trascendental. Como éste no vive primariamente respecto del mundo, el yo empírico es casi siempre un ‘extranjero’: una marioneta ‘forzada’ a habitar un mundo que entiende poco en su nivel efectivo (aunque apoyado por las hipótesis finalistas del yo trascendental). Así el yo empírico puede aunar fácilmente, en multitud de ocasiones, una gran confianza en sí mismo con una gigantesca timidez e incluso incompetencia. En otros términos: el yo empírico es el yo trascendental forzado a la vida activa, vale decir, a su propio ridículo.

El yo trascendental apunta a su realización última, entendida como bondad trascendental, es decir, el sentido más alto de una vida ‘positiva’. Por supuesto no cuenta a priori con una determinación específica ni una concreción de cuál sea vitalmente tal positividad.

Como voz presente a sí misma, desde la ausencia misma de determinación, el yo es dialógico: es la posibilidad de la autoconciencia de dialogar consigo misma, pretendidamente al margen de sus propios prejuicios. Sería, en fin, esa capacidad de diálogo o de razonamiento en general, desde la que el yo trascendental comprende y dialoga con posturas divergentes.

Como deseo de concreción positiva sin contar con una determinación específica, el yo trascendental funge como positividad u optimismo estúpido. Es la voz ésta de la bondad, el abogado de los buenos deseos que no retrocede ante ninguna tormenta. El yo trascendental la desprecia en último término por su indeterminación; aunque no es posible dejar de aceptar que es él mismo quien la dota de fuerza.

Por supuesto el yo trascendental a la búsqueda del yo absconditus es la fuerza motora última de todas las funciones determinativas del yo, aunque las rechace a todas como versiones incompletas (las determinaciones del yo son específicamente funcionales: ninguna es el yo absconditus porque la revelación de éste necesita de una iluminación superior: una existencia no puede ser su propia iluminación, a menos que sea autotransparente a priori).

En ese sentido, aunque determinaciones incompletas, todas las funciones del yo aparecen como voces de la autoconciencia y aportan matices fenomenológicos distintos.

Sobre todo déjese de lado la idea de que estas voces son experiencias fenoménico-sensibles patológicas. La autoconciencia es una profundización fenomenológica del yo, o bien una iluminación mística [o bien, aunque trascendentalmente, la Identidad Originaria], pero nunca una patología. Las patologías aparecen como voces distintas que automática disgregan al yo, pero en la autoconciencia el yo trascendental está presente siempre unificándolas. Las funciones del yo no pueden disgregar al yo porque de ninguna manera son superiores a él. Profundizar desde distintos ángulos no significa separar.

Por lo demás, como es evidente, las concreciones funcionales distintas pueden variar fenomenológicamente de una persona a otra. Aquí nos limitamos a exponer el caso del personaje básico o neutro.

Con esto se tiene suficiente para pasar a las funciones negativas. Se ha designado como núcleo de la función negativa al yo diabólico. El nombre no pretende hacer ninguna clase de referencia a un poder sobrenatural. El yo diabólico es tan ‘natural’ como el resto de las funciones psíquico-fenomenológicas de la conciencia.

El yo diabólico consiste, por contrapartida al ego absconditus (aunque, por supuesto, sin poder estar a su nivel y ésta es su tragedia), en corroer. Uno busca el sentido pleno de la vida y el otro la deconstrucción de toda posibilidad de sentido. El hombre es Sentido que otorga sentido (o ego absconditus que se determina especificando según las funciones operativas del yo trascendental). El yo diabólico es el rechazo a todo sentido, la búsqueda última de eliminarlo: el intento de negación de la vida humana sobre sí misma.

Por supuesto, es fácil darse cuenta de la situación profundamente desgarradora que supone que el Sentido (la persona) pretenda arremeter contra toda posibilidad de sentido.

La literatura, el cine, la historia, la sociología, en una palabra: la experiencia conjunta de la humanidad nos han señalado con bastante claridad los posibles desenlaces a los que la persona se enfrenta desde la función del yo diabólico.

(1) Si el yo trascendental intenta asumir vitalmente la función del yo diabólico, su fin es la desesperación (Stavroguin) o la locura (Kirillov).

(2) Si desiste de asumir esa función, sólo puede buscar la deconstrucción plena, de suyo, sin pretender ninguna afirmación posterior. Así aparecen, de manera negativa, el cínico y el fanático. Piénsese en el hombre del subsuelo, en Piotr Verjovenskii, en Erkel, &c.

Una palabra sobre el fanático. La función fanática del yo es la que suele denominarse, casi en retrospectiva desde la filosofía existencialista y desde Nietzsche especialmente, superhombre. Podría objetarse que el superhombre es una función ‘positiva’: posterior a la deconstrucción, sí, pero con la pretensión de afirmar después un sentido radicalmente novedoso, inédito desde las categorías pre-deconstructivas; ‘afirmativo’ en todo caso. Si esto es así, es claro que el superhombre no puede ser una función dependiente del yo diabólico que, esencialmente negativo, no permitiría ninguna función de positividad.

En mi opinión, si la deconstrucción se atreve verdaderamente a ser tal, no puede quedar ningún fundamento (¡precisamente!) para proponer realmente nada. Su propuesta es un puro autosituarse vacío. Los superhombres no tienen seguidores, ni pueden tenerlos propiamente, porque no hay nada qué seguir: ni a un ideal ni a un hombre.

Por último: no cabe, al menos desde este punto de vista, hablar de un yo calculador, un yo político, un yo resentido, un yo adolescente, &c. Estas son en realidad ‘actitudes regionales’, referidas a un sólo ámbito o aspecto de la vida del yo. Son por eso funciones del yo empírico o del yo trascendental (modalidades suyas). Viciadas, si se quiere, por funciones diabólicas, o iluminadas por el absconditus, pero funciones regionales. Aquí se trata más bien de voces auténticamente globales de la autoconciencia. Por eso, ni aún un yo profesionista o un o un yo familiar caben: eso va envuelto ya en las funciones aquí descritas.

El yo religioso sería el cuadro completo. Yo religioso o existencia religiosa (tanto positiva como negativa) es en este sentido una tautología.

lunes, enero 28

Square reader


Recién terminé de leer El cementerio marino. Lo leí, más o menos, en una hora, la primera vez. Lo releí en dos. Y tardé cerca de cuarenta minutos en transcribirlo. El estudio introductorio, me tomó un poco más y de nada sirvió estudiarlo –nunca pude encontrar el mentado juego entre vida y muerte-. Afortunadamente, ha tiempo me resigné a mi condición de lector prosaico. No puedo leer poesía. No me gusta. No quiero. No sé cómo. No la entiendo. Ni los sonetos sorjuanistas ni los versos de Hölderlin ni la vigorosa (sic) poesía de Valéry me dicen algo. Pareciera que estoy vacunado contra la analogía y la equivocidad. Las metáforas, en mi mente, escurren como agua en las manos. Toca el turno de Muerte sin fin. Ya sé lo que me espera: un par de lecturas, al menos, y la misma insatisfacción, ese mismo sinsabor que deja la estupidez en el fondo del paladar después de no entender un solo verso... Ni hablar. Habemos algunos que, sencillamente, no nacimos con euphya.

jueves, enero 17

Fríos pornógrafos

No te hagas, cristiano, un descreído que ya nada ve, pues en dádiva has recibido los ojos de la fe. No te dejes dominar de extrañas ideologías sin fundamento. Afirma la libertad cuando te es fácil negarla. Sé libre entre el gozo permanente y la apertura a lo nuevo. Justamente porque eres una persona cristianamente libre que no necesita atarse a nada terreno, reconoce la libertad de tus hermanos de fe que son creativos, y también la libertad de todos los prosélitos y piadosos que confesaron como tú a Dios y reconocieron lo divino. No te dejes convencer de que la cristiandad antigua viviera de espaldas al mundo. ¿De dónde le vino, entonces, ese amor a las cosas y ese conocimiento de sus leyes secretas, un amor y un conocimiento muy superiores a los que pueda tener el hombre actual? ¿O crees en serio que los pequeños constructos abstractos del hombre actual tienen más contenido de mundo, son más fieles a la tierra y concrecen más con ella (concreto) que las realizaciones de los grandes cristianos? ¿Quién conoce mejor al hombre en lo más íntimo: Villon y Grimmels-Hausen o los fríos pornógrafos de hoy? A éstos déjalos estar, y no te dejes seducir por unos cristianos que quieren hacerte creer que sólo en esa pornografía se descubre al hombre en toda su «gravedad pecadora» y sin aderezos pagano-idealistas.

(BALTHASAR, Hans: ¿Quién es cristiano?
Tr. Manuel Olasagasti. Ed. Sígueme,
Salamanca, 2000)

martes, enero 15

Algunas reflexiones teológicas sobre el amor.



A continuación cito algunos fragmentos sobre el concepto de amor auténtico que Balthasar nos propone en su libro “Teológica 1: La verdad del mundo”. Largos pero sublimes. Sobre todo el último. Vale la pena reflexionarlo un par de veces.


“(…) El amor (…) no es separable de la verdad. Está ya en el origen del movimiento de la verdad, tanto en el objeto como en el sujeto. En el sentido de la abertura del ser y de su estado de abierto, y, así, es imposible que subsista duda alguna acerca de si tiene en sí mismo la medida de la respectiva aplicación de la verdad. El egoísmo, por el contrario, que no conoce el amor, no puede saber tampoco de la verdad en el sentido pleno.”

“Amor es la desinteresada comunicación de lo propio, así como es en sí mismo la desinteresada recepción del otro. Es por eso la predeterminada medida de toda la verdad. La autocomunicación será, entonces, auténtica revelación de lo propio si tiene por sentido último la entrega misma, y la recepción de la revelación ajena llevará entonces a la auténtica comprensión si es comandada a su vez por la entrega a lo que se ofrece. En tanto que el amor es el movimiento mismo de producción de la verdad, es el único que tiene en las manos la llave última de la aplicación de la verdad. Es la auténtica medida de toda comunicación y de toda recepción.”

“Dentro del amor un error formal no puede dañar, mientras que toda verdad empleada fuera del amor sólo puede actuar en forma destructora.”

“Quien busca la ley de administración de la verdad, sólo necesita mantenerse en el amor para no incurrir jamás en faltas. Toda verdad que se comunica y se acoge en el amor es administrada correctamente, aún cuando muchas razones parezcan hablar en contra de ello (…). La característica del verdadero amor siempre será en tal caso ésta: que la justicia en la que se funda sea cumplida plenamente y que sólo en este cumplimiento sea superada y desbordada. Un amor que creyera poder despreciar la justicia sería desenmascarado, precisamente por esto, como una extravagante ilusión.”

“La verdad como desvelamiento del ser tiene su medida y sus límites en las leyes del amor; el amor, en cambio, no tiene ni medidas ni límites en otra cosa que en sí mismo.”

“El amor es esa receptividad que da crédito a toda verdad ajena para revelarse como tal. Es el a priori más amplio que existe, pues no presupone otra cosa que a sí mismo.”

“El amor es lo contrario de la actitud sectaria de creerse siempre en posesión de la verdad. Está inclinado a hacer valer antes la verdad ajena que la propia. Tiene la libertad de afirmar toda verdad, aun la que no ve directamente, y no puede juzgar si procede sólo del amor. (…). No juzga; sólo señala y deja el juicio al a evidencia de su más radiante revelación.”

Y la más sublime de todas – lo que espero del amor, a decir verdad –:

“El amor puede creer aún contra todas las apariencias en caso de que esta fe dé al amado la fuerza para que este llegue a ser el que debe ser. Quizá existan en el amado todos los elementos dispersos, a partir de los cuales el amante construye la imagen ideal que ofrece como espejo al amado. Él le muestra en ella el plan del edificio concluido, le anticipa su perfección en la fuerza creadora del amor, aun cuando en la realidad apenas existan materiales para construirlo. Y sin embargo, el elemento más esencial para esta construcción, la fe del amor mismo, está presente: gracias a ella es posible lo imposible. Su fuerza es tan grande que simplemente niega la realidad que se le opone y la deja a un lado como inexistente. “Yo sé – dice el amor – que tú no eres aquel que representas”. El amor no toma por construcción e invento suyo la imagen que él ha visto del amado; la entiende, si es amor auténtico y no frágil enamoramiento, como un arquetipo del amado que le ha dado Dios, que Dios le ha confiado. Pues a los seres les es concedido el perfeccionarse entre sí, el ser en el tú lo que no se puede ser en el yo. Sólo el amor puede proporcionar esta ayuda, esta síntesis cuya fuerza significa lo opuesto al desenmascaramiento del psicoanálisis. Los encantamientos del amor son totalmente sobrios. Tienen en sí una clara fuerza probatoria y una seriedad moral que no son a propósito para las fantásticas construcciones de los métodos de la disección anímica, no obstante su aparente realismo. Pues la imagen sintética que el amor descubre y presenta al amado no es una invención subjetiva y arbitraria; ha sido encontrada en la actitud más objetiva posible, en la entrega desinteresada al objeto, a su sentido y su salvación, como la más íntima realidad del objeto. También en esta obra, la base del amor sigue siendo una estricta y objetiva justicia: cuando él establece lo que debe ser simultáneamente en sus manos la medida de lo que es. Y puesto que posee esta medida con tanta seguridad, puede permitirse contemplar la realidad tal cual debe ser, y, por olvido –en palabras de Balthasar, “el divino olvido”– e inadvertencia, eliminar lo que no se adecua a su imagen.”





¡Hala!, ahí tienen.

viernes, enero 11

Ars ludi (primera entrega).

El aburrimiento es un buen motor para la creatividad. Cuando uno está hastiado de mirar sin gota de asombro la realidad circundante; cuando uno ha caído en las muelles manos del tedium vitae, el lenitivo más eficaz es la creación artística. No extraña, pues, que muchos de los espíritus más elevados – demoníacos, al decir de Goethe –, sean melancólicos. El hombre malhadado por Saturno busca con reconcomio redimirse de los instintos de muerte que lo asechan con insistencia. Y comúnmente lo logra a través del arte. En el caso contrario, como Kleist, un ejemplo entre muchos, la única salida es el suicidio.

Leyendo una entrevista que hace no mucho tiempo hicieron a Thomas Bernhard, en donde éste afirmaba que la única forma de paliar su profunda tristeza es la lectura de Schopenhauer, caí en la cuenta del profundo arraigo de la angustia en el corazón de los genios. Y una angustia que no sólo se circunscribe a la propia existencia: también se extiende a todo el cosmos: la Weltschmerz de los románticos alemanes se asoma subrepticiamente.

Lo más curioso es el perverso regustillo que tal estado genera. No usé fortuitamente el adjetivo “muelles” al hablar de las manos del “tedio de la vida”: hay una extraña comodidad, morbosa diría yo, en la depresión, en el aburrimiento: en la melancolía. Una hipótesis: el saturnino intuye que su actual estado lo hace creativo; o aún más: barrunta que el olor de la angustia atrae al estro. Otra hipótesis: el sufrimiento estruja al corazón, revelando, como la espina de Antonio Machado, su vida; el dolor tira con desdén las acorazadas murallas de los corazones lapídeos.

No es de extrañar el carácter lúdico del alma prócer. Estar cruzando de un lado al otro la delgada línea entre la tristeza profunda y la ironía es el juego favorito de los grandes creadores. Ahora bien, se corre un doble peligro al permanecer en este terreno polar: caer en la desesperación o en la frivolidad. Lo primero es terrible porque lleva a la absoluta inactividad creativa; y lo segundo, sin ser tan tremendo, de igual forma adormece el alma hasta llevarla a la inactividad, por lo menos a la intelectual. Mantenerse en equilibrio es un arte: ars ludi, podríamos llamarlo.

Este arte – al que denodadamente ya hemos bautizado – consiste en mezclar con prudente proporción la seriedad y la despreocupación ante el Destino. La Locura de Erasmo, a mi modo de ver, significa esto. Y el símil barroco del “Gran teatro del mundo”, es su máxima expresión.

Una pregunta al aire: ¿si no hay una Seriedad Absoluta que pueda relativizar toda seriedad mundana, ésta última tendrá, siendo fiel a toda sus consecuencias – la existencia del dolor, de la injusticia y, en última instancia, de la muerte – alguna otra opción que trocarse en desesperación o cinismo?

Un sabio amigo mío dice que el teatro contemporáneo – en su mayoría teatro del absurdo – ha perdido la noción de “drama”, pues una de las notas esenciales de la dramaticidad es su carácter polar. Polar significa, en este contexto, el peso positivo o negativo real de la libertad en la configuración del propio destino y del de los demás, y por tanto, la consecuente responsabilidad personal por la salvación o la condenación mía y de los otros. Hay, como se ve, una tensión, un contrapunto, inexistente en el teatro nihilista, entre el ser y el deber ser.

CONTINUARÁ…

lunes, enero 7

365 días en perspectiva

El año fenecido ha dejado en mí un rescoldo de tristeza. Y no podía ser de otra manera: lo contrario sería mera frivolidad fingida. Sufrí un profundo desamor… Días fragosos, en definitiva. Pero este incipiente año es el año de la esperanza, y no una esperanza volcada de manera exclusiva hacia el futuro, sino una esperanza que nos regala hoy y ahora la seguridad de un Compromiso, cuya plenitud se revelará al hombre, con claridad diamantina, al final de los tiempos.

El año fenecido ha dejado también, como contraparte, una llama de felicidad. Recuperé amistades perdidas y las afiancé; profundicé en las de antaño; aprendí, de pequeños y grandes desencuentros, algo más sobre el hombre: algo más sobre mí; conocí personas de buen corazón que me han enseñado mucho sobre la amistad, la belleza, la erística, etc. De suerte que me he hecho pelín más prudente. Y no por un esfuerzo ascético (mein kampf) que me llenase de presunción. Antes bien, por la experiencia de algunas almas pródigas de auténtico cariño. Cuando uno es amado, reconoce la infinita fortuna que esto implica e intenta poner todos los medios para corresponder dignamente a este amor, conservarlo y acrecentarlo – sin ni siquiera proponérselo expresamente –. Lo primero, pues, es el amor (el Amor). Ahí surge la virtud – por lo menos la privada o particular –. Su génesis no es la utilidad ni la búsqueda de la felicidad, sino el compromiso inicial de la relación personal (única e irrepetible; una singularidad relativa, en términos blathasarianos) y el afán de permanencia –sostenido no tanto por un voluntarismo, cuanto por la gracia que todo amor dona al amado, fomentando, así, la fidelidad –.

Decía un amigo que la mejor definición del laico en medio del mundo es la dada por Jesús: “He aquí, yo os envío como ovejas en medio de lobos” (Mt. 10,16). Hace ya algún tiempo descubrí que esta era mi misión; pero en el 2007 este descubrimiento tomó una fuerza inaudita. Algunos años fueron necesarios para comprender su importancia (el acto de ser personal, según D.-) y asumir su dramaticidad (Col. 1, 24), aunque, tristemente, haya sido por vía apofática. La interiorización de este compromiso es una empresa de toda la vida. Espero que el 2008 marque un hito en este sentido.

No creo haber perdido mi “camino” por mi salida consciente del XY. Tampoco soy de la opinión que fue un tiempo fútil (lo que traería aparejado un intento patético y anacrónico de buscar el tiempo perdido: “À la recherche du temps perdu”). Donde hay gracia de Dios, jamás se pierde el tiempo. Más bien, pienso yo, fue un periodo que me ayudó a tomar consciencia de la necesidad de un laicado comprometido con el mundo – el mundo real, donde hay tristeza, azar, maldad, amor, desamor, etc. –, de la necesidad de una teología del laicado hecha por teólogos laicos, que asuma plenamente lo propuesto por el Vaticano II; del peligro del moralismo, que privilegia la acción sobre la gracia, y subyuga – por separarlas equivocadamente – la sobrenaturalaza a la naturaleza; y por último, del deber – nunca un lujo – de estudiar teología, entendida como la reflexión sobre la Palabra y la Tradición, cuya finalidad es encontrarse integralmente con el Dios vivo, y enseñarla con la inteligencia y con la existencia.

Ardua empresa me espera. Espero estar a la altura histórica de este kairos de mi vida.

ARM ( Lord Ch.)

miércoles, diciembre 26

Mensaje de Navidad de Benedicto XVI


«Nos ha amanecido un día sagrado:
venid, naciones, adorad al Señor, porque
hoy una gran luz ha bajado a la tierra»
(Misa del día de Navidad, Aclamación al Evangelio).

Queridos hermanos y hermanas: «Nos ha amanecido un día sagrado». Un día de gran esperanza: hoy el Salvador de la humanidad ha nacido. El nacimiento de un niño trae normalmente una luz de esperanza a quienes lo aguardan ansiosos. Cuando Jesús nació en la gruta de Belén, una «gran luz» apareció sobre la tierra; una gran esperanza entró en el corazón de cuantos lo esperaban: «lux magna», canta la liturgia de este día de Navidad. Ciertamente no fue «grande» según el mundo, porque, en un primer momento, sólo la vieron María, José y algunos pastores, luego los Magos, el anciano Simeón, la profetisa Ana: aquellos que Dios había escogido. Sin embargo, en lo recóndito y en el silencio de aquella noche santa se encendió para cada hombre una luz espléndida e imperecedera; ha venido al mundo la gran esperanza portadora de felicidad: «el Verbo se hizo carne y nosotros hemos visto su gloria» (Jn 1,14)

«Dios es luz -afirma san Juan- y en él no hay tinieblas» (1 Jn 1,5). En el Libro del Génesis leemos que cuando tuvo origen el universo, «la tierra era un caos informe; sobre la faz del Abismo, la tiniebla». «Y dijo Dios: "que exista la luz". Y la luz existió» (Gn 1,2-3). La Palabra creadora de Dios -Dabar en hebreo, Verbum en latín, Logos en griego- es Luz, fuente de la vida. Por medio del Logos se hizo todo y sin Él no se hizo nada de lo que se ha hecho (cf. Jn 1,3). Por eso todas las criaturas son fundamentalmente buenas y llevan en sí la huella de Dios, una chispa de su luz. Sin embargo, cuando Jesús nació de la Virgen María, la Luz misma vino al mundo: «Dios de Dios, Luz de Luz», profesamos en el Credo. En Jesús, Dios asumió lo que no era, permaneciendo en lo que era: «la omnipotencia entró en un cuerpo infantil y no se sustrajo al gobierno del universo» (cf. S. Agustín, Serm 184, 1 sobre la Navidad). Aquel que es el creador del hombre se hizo hombre para traer al mundo la paz. Por eso, en la noche de Navidad, el coro de los Ángeles canta: «Gloria a Dios en el cielo / y en la tierra paz a los hombres que Dios ama» (Lc 2,14).
«Hoy una gran luz ha bajado a la tierra». La Luz de Cristo es portadora de paz. En la Misa de la noche, la liturgia eucarística comenzó justamente con este canto: «Hoy, desde el cielo, ha descendido la paz sobre nosotros» (Antífona de entrada). Más aún, sólo la «gran» luz que aparece en Cristo puede dar a los hombres la «verdadera» paz. He aquí por qué cada generación está llamada a acogerla, a acoger al Dios que en Belén se ha hecho uno de nosotros.
La Navidad es esto: acontecimiento histórico y misterio de amor, que desde hace más de dos mil años interpela a los hombres y mujeres de todo tiempo y lugar. Es el día santo en el que brilla la «gran luz» de Cristo portadora de paz. Ciertamente, para reconocerla, para acogerla, se necesita fe, se necesita humildad. La humildad de María, que ha creído en la palabra del Señor, y que fue la primera que, inclinada ante el pesebre, adoró el Fruto de su vientre; la humildad de José, hombre justo, que tuvo la valentía de la fe y prefirió obedecer a Dios antes que proteger su propia reputación; la humildad de los pastores, de los pobres y anónimos pastores, que acogieron el anuncio del mensajero celestial y se apresuraron a ir a la gruta, donde encontraron al niño recién nacido y, llenos de asombro, lo adoraron alabando a Dios (cf. Lc 2,15-20). Los pequeños, los pobres en espíritu: éstos son los protagonistas de la Navidad, tanto ayer como hoy; los protagonistas de siempre de la historia de Dios, los constructores incansables de su Reino de justicia, de amor y de paz.
En el silencio de la noche de Belén Jesús nació y fue acogido por manos solícitas. Y ahora, en esta nuestra Navidad en la que sigue resonando el alegre anuncio de su nacimiento redentor, ¿quién está listo para abrirle las puertas del corazón? Hombres y mujeres de hoy, Cristo viene a traernos la luz también a nosotros, también a nosotros viene a darnos la paz. Pero ¿quién vela en la noche de la duda y la incertidumbre con el corazón despierto y orante? ¿Quién espera la aurora del nuevo día teniendo encendida la llama de la fe? ¿Quién tiene tiempo para escuchar su palabra y dejarse envolver por su amor fascinante? Sí, su mensaje de paz es para todos; viene para ofrecerse a sí mismo a todos como esperanza segura de salvación.
Que la luz de Cristo, que viene a iluminar a todo ser humano, brille por fin y sea consuelo para cuantos viven en las tinieblas de la miseria, de la injusticia, de la guerra; para aquellos que ven negadas aún sus legítimas aspiraciones a una subsistencia más segura, a la salud, a la educación, a un trabajo estable, a una participación más plena en las responsabilidades civiles y políticas, libres de toda opresión y al resguardo de situaciones que ofenden la dignidad humana. Las víctimas de sangrientos conflictos armados, del terrorismo y de todo tipo de violencia, que causan sufrimientos inauditos a poblaciones enteras, son especialmente las categorías más vulnerables, los niños, las mujeres y los ancianos. A su vez, las tensiones étnicas, religiosas y políticas, la inestabilidad, la rivalidad, las contraposiciones, las injusticias y las discriminaciones que laceran el tejido interno de muchos países, exasperan las relaciones internacionales. Y en el mundo crece cada vez más el número de emigrantes, refugiados y deportados, también por causa de frecuentes calamidades naturales, como consecuencia a veces de preocupantes desequilibrios ambientales.
En este día de paz, pensemos sobre todo en donde resuena el fragor de las armas: en las martirizadas tierras del Dafur, de Somalia y del norte de la República Democrática del Congo, en las fronteras de Eritrea y Etiopía, en todo el Medio Oriente, en particular en Irak, Líbano y Tierra Santa, en Afganistán, en Pakistán y en Sri Lanka, en las regiones de los Balcanes, y en tantas otras situaciones de crisis, desgraciadamente olvidadas con frecuencia. Que el Niño Jesús traiga consuelo a quien vive en la prueba e infunda a los responsables de los gobiernos sabiduría y fuerza para buscar y encontrar soluciones humanas, justas y estables. A la sed de sentido y de valores que hoy se percibe en el mundo; a la búsqueda de bienestar y paz que marca la vida de toda la humanidad; a las expectativas de los pobres, responde Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, con su Natividad. Que las personas y las naciones no teman reconocerlo y acogerlo: con Él, «una espléndida luz» alumbra el horizonte de la humanidad; con Él comienza «un día sagrado» que no conoce ocaso. Que esta Navidad sea realmente para todos un día de alegría, de esperanza y de paz.

«Venid, naciones, adorad al Señor». Con María, José y los pastores, con los magos y la muchedumbre innumerable de humildes adoradores del Niño recién nacido, que han acogido el misterio de la Navidad a lo largo de los siglos, dejemos también nosotros, hermanos y hermanas de todos los continentes, que la luz de este día se difunda por todas partes, que entre en nuestros corazones, alumbre y dé calor a nuestros hogares, lleve serenidad y esperanza a nuestras ciudades, y conceda al mundo la paz. Éste es mi deseo para quienes me escucháis. Un deseo que se hace oración humilde y confiada al Niño Jesús, para que su luz disipe las tinieblas de vuestra vida y os llene del amor y de la paz. El Señor, que ha hecho resplandecer en Cristo su rostro de misericordia, os colme con su felicidad y os haga mensajeros de su bondad.
¡Feliz Navidad!