Es importante no olvidar
...que el burgués se ahorcó a la hora sexta.
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Juan Manuel Escamilla
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Querida M:
Me preguntas por qué cultivo un odio semejante contra esta ciudad que me vio nacer, crecer y que ha alimentado mi inteligencia y mi cuerpo durante 26 años. ¿Soy un desagradecido? Probablemente. Nunca me he sentido atado a esta tierra. Sólo conozco de ella decepciones. Miento: sólo recuerdo de ella decepciones, que es bastante distinto.
Desde la más tierna infancia sufrí por mano de mis profesores y mis pueriles compañeros de banca el desprecio hacia el español. Yo no era español; sin embargo, eso daba igual: porque mis padres lo eran, yo compartía con ellos esa “miseria”. Y eso que yo asistí a una escuela de élite, donde la mayoría de los alumnos tenían ascendencia española, y cuya ideología religiosa (ideología en sentido peyorativo, ya sabes por qué) fue fundada por un santo español –de cuyo nombre no quiero acordarme. Pero el complejo histórico está tan arraigado en el nervio del mexicano que la realidad y la historia no importan: el español tiene que ser visto con rencor, aunque los ojos que lo vean provengan del mismo linaje. Las peores injusticias las recibí de algunos de mis profesores, quienes, por complejo, se lavaban las manos ante el conjuro casi total del salón de clase en contra mía.
Profesores normalistas, es decir, los que el Estado mexicano autorizaba con exclusividad para dar clases de educación primaria. Y mentían: engañosamente, seguían pregonando el error ciego sobre quién es el mexicano. Generación tras generación la añeja cadena de odio. Odio indiscriminado. No es aquí lugar para contarte cómo vi sufrir e –sí, hay que decirlo– hice sufrir a alumnos españoles que tuvieron la desgracia de estudiar por un tiempo aquí: llevado de la masa con la que quería identificarme tendí a mimetizarme con su violencia. Si quería ser adoptado por ellos, tenía que jugar su juego, con sus reglas –ya viejas, venidas de antiguas generaciones–. Perdí, por defensa, complejo o qué se yo qué, el acento español.
Pero mi historia tiene su contracara. Mis padres, al verse acosados por un odio generalizado, odiaron. Supongo que esto es lo que les ocurre a muchos inmigrantes venidos de tu península. No los justifico, pero soy capaz de entenderlos. Durante toda mi infancia y juventud escuché expresiones racistas, insultos amargos, desesperados, de mis padres contra México y los mexicanos. Y eso, lo quiera o no, marcó o sesgó mi visión de esta cultura. He tenido que pasar por varios periodos de purificación para desasirme de un sutil racismo incubado en la mirada por mis padres. No me siento español, no siento mexicano. Esa es mi tragedia; soy un apátrida.
Hoy en día, que ya no tengo ningún resabio lingüístico prohibido, sufro aún el odio, no frontal, pero sí de refilón, de una parte de los mexicanos: el chofer del autobús que intenta robarme dinero en el cambio, la señorita de la caja que no me atiende bien, el mecánico que intenta engañarme. Se ciernen sobre mí dos errores: ser blanco y rubio y tener un nivel sociocultural y económico alto. Porque, querida M, he de confesarte que la sed de destrucción no sólo es del mexicano contra el español, sino del mexicano contra sí mismo: el rico contra el pobre y viceversa. Hay un enfrentamiento virulento entre las clases sociales. Esa mirada de frontal denuesto del rico para con el pobre, y su contraparte: la mirada rencorosa, poco amable, resentida, del pobre contra el rico. Es un avatar más de la lucha indio-hispano, que no hemos sabido superar.
Continuamente trato de discernir qué es lo que me repugna de esta ciudad. No es el indio, no es el pobre, no es el mexicano en sí –de lo contrario, valiente cristiano sería–; es más bien esa dejadez, esa negligencia, ese egoísmo que veo por todas partes y de todos los colores de piel. Es una contracultura o subcultura que hace afluir lo peor de nosotros. ¿De dónde vino? No lo sé, pero se dispersa como pandemia desde hace un par de siglos.
El “nacionalismo” ha suplido a la madre negada. Se ha convertido en una égida, algo a lo que agarrarse, algo con lo que cubrir tanta miseria. ¿Qué es en México eso que se llama patriotismo? ¿En qué consiste? En un “valor” vacio y desfigurado en el que cabe cualquier cosa. Una flatus vocis, dirían los medievales. Mera ideología. ¿No es verdad que en los estadios existe un odio, ya no digamos de ricos contra pobres, de negros contra blancos, de españoles contra indios, sino de mexicanos contra mexicanos de la misma clase social, a muerte? Lamentablemente, sí. Basta con ver cuando se enfrentan algunos equipos de la capital para darse cuenta cabal de esto. ¿Qué es el patriotismo?
Me preguntas en tu carta sobre el estatuto que guarda el indígena en México. Es un tema largo y espinoso. Aquí sólo te apunto lo siguiente. Por paradójico que te resulte, uno de los insultos que encona más a la gente es “indio”. Llamar “indio” (calificativo que normalmente va precedido por la grosería “pinche”, que exalta el desprecio) a una persona conlleva siempre un rebajamiento de su clase y cultura. Si eres indio, eres inculto, feo, ridículo, altanero y un largo etcétera del mismo tenor. Es un nudo gordiano insuperable en nuestra historia. No hay forma de cortarlo de tajo. Mientras tanto: el indio sufre, muere, anhela la tierra perdida, cultiva un odio secreto y realmente motivado. No sabe nada de independencias ni revoluciones. Sigue siendo esclavo, ahora, del mexicano, de ése que tan poco orgullo muestra por su raza, que camina todos los días junto a él, que es él…
Si se desprecia por igual al indio que al ibérico, ¿qué es, pues, el mexicano? Nada, pues ha renegado de todo lo que es. Por eso te he hablado en otras cartas de la nada mexicana. Lo peor es que empiezo a formar ya parte de ella. Adelante me hago cargo de explicarte cómo caí en la cuenta de esto.
No desprecio in genere a México; desprecio lo que imprudentemente se ha hecho con él: mistificarlo, polarizarlo, a la orden de las ideologías. Conservadores o liberales. Ideologías trastocadas, a su vez, por su contraria. Esto hace que los auténticos valores promocionados por los intelectuales de una y otra ala, hayan quedado soterrados. El único triunfador: la ignorancia, que corroe los últimos soportes de esta desgraciada tierra. Huelga decir que, como en todos lados, hay gente muy buena y capaz que ha entendido y asumido existencialmente la realidad polar del mexicano. Son pocos y están terriblemente solos.
Tengo que hacer una anotación: mi decepción de México tiene como mina principal de alimentación al Distrito Federal, o sea, su capital. No conozco con suficiente hondura ningún otro estado para dar una opinión crítica o positiva de él, aunque por las noticias que diariamente leo y escucho puedo hacerme a la idea de que la mayoría de las ciudades que conforman nuestro territorio son semejantes. Es fuerza decir, por otra parte, que también existen lugares muy tranquilos y bellos, donde la mano del salvaje leviatán no ha hecho de las suyas. ¿Es una opción resignarme a vivir en algunas de estos lugares? En esa palabra está la respuesta: la resignación de abandonar el único centro cultural de México no es para mí una opción. Porque fuera de la capital, sí, puede uno vivir más tranquilo, pero haciendo el sacrificio cultural. Los estados no cosmopolitas donde se puede estar con relativa paz no se destacan por su nivel académico. El necesario sacrificio: seguridad por cultura o cultura por seguridad.
Desorden, caos y violencia. Estas tres palabras definen la realidad cotidiana de esta capital. He llegado a sentir auténtico furor, impotencia, odio, ante los millares de injusticias que se comenten diariamente, con una flagrancia tranquila y aceptada. ¡Tranquila y aceptada! Sí, la gente ya no se sorprende de las locuras que ve a su alrededor, las cuales ya te he descrito con todos sus pormenores. Eso es terrible. La nada mexicana ha logrado adormilar la conciencia prístina de orden, ese deseo natural de armonía mínima entre el hombre y su medio para vivir con honestidad. El mito del Estado ha logrado hacernos creer que somos individuos unidos por mera utilidad, para evitar la guerra de todos contra todos. El resultado: desconfianza y su versión cansada: la impersonalidad.
Y lo peor está por llegar. Cuando se ha logrado fracturar esta densa capa de no-ser, ha sido de la peor manera: neurosis descontroladas, odio acumulado cuya válvula de escape es el homicidio. Ayer, por ejemplo, un hombre absolutamente frustrado por el tráfico, se bajó y tiroteó a unos trabajadores de obras viales, pues dichas obras causan un caos indecible.
Te he dicho líneas arriba que la nada se ha posesionado– lenta pero continuamente– de mi corazón. Te cuento la dramática escena que me hizo caer en la cuenta de que el odio es solamente la última consecuencia de un proceso mucho más abominable: el olvido del otro.
Regresaba en el metro con mi novia, cuando, al abandonar la estación, en un túnel que daba a la salida, se me presentó a la vista una de las escenas más desgarradoras jamás vistas en mi vida: un niño de 7 u 8 años, pobrísimo, llorando con alaridos de otro mundo, mientras defecaba en el suelo algo que sólo indicaba enfermedad. Al lado de él, su madre, una indígena pobre, obnubilada por el dolor que le causaban las llagas supurantes que tenía en su tobillo, las cuales presentaba a cualquier transeúnte para recibir una caridad. El niño tenía el rostro congestionado, las mejillas arrasadas por las lágrimas. La madre, impersonal, miraba a otro lado. Sentí como si la muerte lamiera mi frente, como si abrazara la nada por sí misma. Sentí un miedo terrible, asco, furia, ternura, odio, remordimiento, impotencia, impotencia, impotencia. En el momento, lo único que se me ocurrió –oh, triste burgués consumado– fue tomar de la mano a Alejandra y apartarme de ahí lo antes posible… Estoy seguro que mi ángel de la guarda, ante lo que hice, volteo su cara con estupor –tomo la expresión de Bernanos–.
Es la peor bofetada que he recibido de la realidad. Esa realidad tan lejana, apartada por los miles de eventos baladíes, por las mil y un preocupaciones vacías: todo espectro, todo falsedad. ¡Ay, no sabes lo que sufrí en la noche! El paradigma de funcionalidad que nos impone el Estado, mi odio sin ton ni son a esta ciudad y mis tristes “asuntos” me habían apartado un tiempo verbal del drama de la existencia real. “¿Dónde estoy? ¿Qué hemos hecho?..., Deus absconditus”, pensé.
No quiero vivir en un lugar así; no quiero formar parte de un lugar así. ¿Qué hacer? ¿Abandonar? ¡¿Correr otra vez lejos de esa miseria que me involucra directamente?!
El olvido, de nuevo, se posará en mis mientes. El odio, autodestructivo, volverá a incendiar varias veces mis entrañas. Y mañana caminaré como si nada hubiese pasado, bajo el mismo sol que reluce para los justos y los pecadores. Estamos tan lejos de nosostros mismos, tan alejados de nuestra humanidad, mediatizados. La niebla unamuniana que todo lo "cura". Tristitia.
Y como este caso, los hay por decenas de millón: asesinatos a sangre fría donde las personas se quedan inmóviles por el miedo; asaltos violentos ante la mirada atónita e impersonal de cien espectadores; prostitución infantil a la vista de todo el público, y el público deja de existir voluntariamente; decapitaciones, linchamientos, infiernos… El universo debería enmudecer varios minutos.
Dejo aquí estás líneas, pues mi ánimo languidece y las lágrimas acuden copiosas a mis ojos. Espero que su sal logre purificarlos. Disculpa el desorden argumentativo, pero los párrafos son pasión pura.
Te deseo lo mejor, y en carta posterior me haré cargo de contarte sobre mi nuevo departamento (o piso, como le llaman ustedes) y de mi relación con Alejandra –cumplo el 15 de marzo tres años con ella–.
La paz sea contigo, M.
Eliseo.
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Phi.Lord Chandos
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Una vez que Farragut pudo calmar su hambre, comprendió que la historia interminable de aquél hombre era un hilván de lugares comunes. De seguro era inventada, pensó. Pero prefería, sin género de duda, escuchar las fantasías de Vermont por horas que acostarse con la mujer de la barra.
Hora y media más tarde, Saul, que ya desvariaba por el alcohol, le dijo:
“Entonces, ¿te vienes conmigo o vas a vagabundear por la ciudad, hijo?”
Farragut no supo qué contestar. Y dijo para sus adentros:
“Este hombre de aliento ácido me ofrece un lugar para dormir; sin embargo, no confío en él y me causa cierta repugnancia. Prefiero caminar y dormir a la intemperie, al fin y al cabo no tuve que vender mi abrigo.”
El hombre insistió: “¿Entonces?”
Farragut le dijo: “no, señor, muchas gracias, tengo lugar a donde pasar la noche”.
Los dos hombres abandonaron el lugar a un tiempo. Ya en la calle, donde el frío arreciaba, el hombre preguntó por vez última:
“¿Seguro que no te vienes conmigo? Tengo algo de alcohol y mariguana en mi casa, podríamos divertirnos y ver hasta dónde llegamos…”.
Vermont terminó la frase cerrando un ojo, gesto que anunciaba complicidad.
“No, no, pero se lo agradezco”, contestó Ezekiel, con el semblante lleno de angustia y asco.
Los dos hombres tomaron rumbos opuestos. Farragut caminó sin querer llegar a ningún lugar. Estaba como extasiado de noche. Comenzó a silbar. Eso le agradaba bastante, pues tenía buena entonación. Cierta vanidad pasó por su cabeza. Respiró profundo, como queriendo asir la vida, y metió las manos en las bolsas del abrigo. Una alegría desconocida lo invadió. Era libre.
Después de un rato de errático andar, se sentó en el banco de un parque. Serían como las 3:30 de la mañana. Estaba agotado. Cabeceó varias veces y se quedó, al fin, dormido. Despertó 20 minutos después por el frío que se le había colado hasta los huesos. Pensó: “tengo que encontrar un lugar para dormir un rato. Una vez descansado tomaré una decisión”. Palpó su costillar y notó un agudo dolor. Intentó ver las heridas de sus piernas, pero los músculos para agacharse no le respondían bien: estaban ateridos. “¿De dónde sacaré dinero para rentar un cuarto…? Ah, ya sé, iré a una iglesia y pediré caridad con el párroco… ¿Dónde estará la iglesia más cercana?” Mientras pensaba en esto, Farragut volvió a caer dormido, pero el frío volvió a hacer de las suyas. Sin ningún ánimo, Ezekiel se levantó y comenzó a mirar a su alrededor para ver si encontraba algún campanario que anunciara una iglesia. Caminó al otro extremo del parque y vislumbró algo parecido a una parroquia. Bien sabía Farragut que difícilmente esa iglesia con la que se había topado sería católica, pero en ese momento la pareció que cualquier religión comprendería su miseria y lo auxiliaría. Todas sus esperanzas estaban puestas en encontrar alguien que lo acogiera.
En la entrada de la iglesia había un par de perros callejeros, los cuales despertaron al oír la primera pisada de nuestro hombre en la escalera. Ambos tenían esa mirada de canes viejos, experimentados, a caballo entre la ternura, la piedad y el miedo. Al segundo peldaño, movieron la cola. Farragut encontró en ese movimiento espontáneo y tranquilo la primera muestra de humanidad desde que había salido de la cárcel.
Como era de esperar, la puerta estaba cerrada. Ezekiel, agotado, se tumbó entre los dos perros para calentarse un poco. “Soy –pensó– un auténtico vagabundo. Y, a decir verdad, prefiero esto a estar con Mary… ¿Qué será de mi pequeño Samuel?...”
En el continuo sopor de la cárcel, donde jamás logró distinguir claramente la realidad del sueño, el antiguo profesor universitario no había parado mientes ni una sola vez en Samuel, su hijo, quien a la sazón tendría 14 o 15 años. 3 años de animalidad; tres años viviendo como bestia, y precisamente 2 bestias habían despertado sus instintos paternales. “Samuel –dijo en voz baja–“, y ese nombre le sonaba tan lejano e irreal como sus viajes burgueses a París a Viena a Salzburgo… “Samuel…”.
Desde que su hijo nació, Farragut ya era adicto a la heroína y ya había amado a algunos hombres. En el recuerdo, la infancia de su pequeño le parecía la vida de otra persona: jamás había entablado una relación con él, jamás se había preocupado por su bienestar psíquico, jamás había pronunciado su nombre con conciencia. Parecía que era otro quien contaba esa historia en su cabeza; parecía que era otro quien la había vivido realmente.
“Papá, ¿por qué mamá siempre está de mal humor?”
“No lo sé, Samuel. Supongo que es un poco exagerada.”
“He visto que se enoja mucho porque tú nunca le contestas cuando te regaña. Parece que estás en un sueño… “
Y Farragut lo estaba. Mary le llegó a dar fuertes bofetadas y él simplemente volteaba al suelo, se levantaba y se iba ofuscado a su cuarto, como un niño pequeño regañado.
“Papá: ¿me quieres? Dice mamá que no, porque nos lastimas.
“Yo jamás te he hecho daño, Samuel. Y a tú madre tampoco.”
“Ella dice que nos lastimas de la peor manera: destruyéndote a ti mismo”.
Y Farragut se destruía. Semanas enteras había injerido droga sin parar. El único límite había sido el dolor que sentía en sus brazos y la falta de dinero. Probó todos los narcóticos; los combinó; perdió la conciencia días completos. Había amanecido rodeado de su vomito y sus heces. Había llorado largamente sin sentimiento alguno.
“Jamás das un centavo para la educación de Samuel –le había dicho Mary–. Todo te lo gastas en tus porquerías, y ni si quiera tienes las agallas del auténtico adicto para conseguir dinero como sea. Vienes llorándome como una mujerzuela para pedirme dinero. Eres lo peor que le pudo haber pasado a tu hijo, Ezekiel. Das pena. Eres más patético que un ciego pobre…”
Ezekiel se levantó bruscamente. Había dormido un par de horas más. Las puertas de la iglesia se abrían, los perros, impacientes, comenzaban a salivar. Sintió sed. Una arrasadora sed. Tronó los huesos de su flaca espalda. Se frotó los ojos para quitarse las lagañas. De la puerta salió un hombre viejo que llevaba una pequeña cubeta con pan duro. Miró a nuestro hombre de hito en hito, con cierta desconfianza.
“¿Qué quiere, señor?”, dijo el desconocido con una voz sin timbre.
“Tengo sed”, contestó Farragut mirándolo con piedad.
“Pase, entonces. Le regalaré un vaso con agua.”
Farragut cruzó el umbral y fue recibido por un ambiente cálido. Olor a cera quemada: olor a infancia y buenos deseos. Sintió una tranquilidad poco común, una mezcla de nostalgia y seguridad. Estaba más cerca de sí mismo que nunca.
El hombre comenzó a lanzar los trozos de pan a los perros, que devoraban al vuelo los duros manjares. Después, tomó un cacharro que estaba en el suelo y les dio de beber. El convite parecía desarrollarse entre viejos conocidos: no había ninguna formalidad, pero, eso sí, un auténtico agradecimiento por parte de los comensales, quienes agitaban sus colas como queriendo aplaudir.
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Phi.Lord Chandos
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Con la venia del Líder, Hapaxes desea Felices Pascuas de Navidad a todos. Que las paséis muy bien, con alegre compañía, felicidad y buen vino. Para continuar la tradición, un par de citas de Ratzinger acompañan al icono de la Natividad:
El niño toca. Si qusiéramos recibirlo hemos de repensar profundamente nuestra propia actitud hacia la vida humana. Estamos lidiando aquí con lo fundamental, con nuestra idea misma de lo que significa ser humano: vivir en pleno egocentrismo o en la confiada libertad de quien sabe que su vocación es estar unido en el amor, para ser libre de aceptar a los demás.
(1979)
El primero en afirmar con certeza que Jesús nació el 25 de diciembre fue Hipólito de Roma en un comentario a Daniel, escrito alrededor del año 204. Bo Reicke, profesor de exegésis bíblica en Basilea ha hecho notar que en el Evangelio de Lucas la historia del nacimiento del Bautista y de Jesús están ligadas. Podemos deducir que Lucas presupone la fecha del 25 de diciembre como fecha del nacimiento de Jesús. En esos días se celebraba la fiesta de la Dedicación del Templo establecida por Judas Macabeo en el 164 a.C. Así, el nacimiento de Cristo vino a simbolizar que con él, que aparecía como la luz de Dios en una noche invernal, la consagración del Templo realmente se realizaba: la venida de Dios al mundo. En todo caso, la fiesta de la Navidad sólo tomó forma en el s. IV cuando tomó el lugar de la fiesta romana del sol invictus (sol invencible), que enseñó a los fieles a concebir el nacimiento de Cristo como el triunfo de la verdadera Luz.
(2005)
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david-.
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de toser, estornudar, sentir escalofríos, sonarme, dar clases, levantarme temprano, tragar pastillas, de los mocos blanquecinos, beber jarabes, esconderme de las corrientes de aire, amordazarme en el frío, arroparme con cuatro prendas; estoy cansado de congelarme en la sombra y sudar bajo el sol, de dormir incómodo y despertar molido, de la lengua seca y los labios de papel, de los pañuelos húmedos en mis bolsillos o de los pañuelos acartonados, de los orines que hieden medicina y del sabor dulzón de las flemas.
Pinche gripe.
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M. Lecón
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Phi.Lord Chandos
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Acabo de enterarme que "gané" una de las "becas" otorgadas por Punto de Lectura. Y digo "gané" porque, en realidad, se trató más de una cuestión de prontitud que de mérito intelectual o literario: leer tres libros, de entre un catálogo de 18, y contestar una serie de preguntas. Las preguntas no implicaban mayor reflexión; era un cuestionario puntual, y hasta ridículo, que exigía de buena memoria y una lectura atenta. Digo "beca", también, porque el premio consiste en 1,500 pesos mensuales, durante un año, a cambio de una reseña. Una bicoca.
En cualquier caso, se siente bien ganar. Hacía tiempo, desde tercero de primaria cuando recibí un diploma con una catarina sonriente en reconocimiento de mi primer lugar en Spelling Bee, que no ganaba nada. Al final, no importa que diga "ganar", "beca", "premio", "concurso" o cualquier "pendejada": los "nombres", son nombres; las "victorias", victorias; las "becas", becas y "mil quinientos pesos" al mes, unas lanas más.
Aquí el link:
http://www.puntodelectura.com.mx/artman2/publish/eventos/Ganadores.php
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Este bló está momentáneamente atabardillado a causa de la misantropía de sus colaboradores.
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Juan Manuel Escamilla
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Amigos todos: tengo el gusto de presentarles a José Manuel, el nuevo contribuyente de este bló literario.
¿Su carta de presentación? Este excelente cuento. ¡Hala! ¡Ahí tenéis!

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Phi.Lord Chandos
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Se me ocurrió una tarde. No sé si fue yo quien concibió la idea, él simplemente me propuse el proyecto sin saber cómo ni por qué. Un pensamiento ilumina y su luz cubre el horizonte de todas las acciones posteriores, no es necesariamente un plan ni un proyecto, es la idea del artista desinteresado que esculpe sin pensar en otra cosa.
¿Cómo fue que me lo propuso? Cavilaba en silencio, como siempre, sin comprender nada, sin querer comprender nada, consciente de que no comprendía nada. Le susurró: “hazlo”. ¿Hacer qué? No importaba. El caso era obedecer.
Antes de tomar una decisión importante hay que caminar; caminar es ejercicio suficiente que no revoluciona el cuerpo hasta el punto de bloquear las ideas, sino que cataliza, oxigena, despierta el ingenio y la imaginación. Él caminé sin saber por dónde, cuando me dio cuenta estaba río abajo, había atravesado media ciudad sin llegar a una conclusión. Me detuvo a ver en un charco el reflejo del cielo azulísimo. Entonces vi un renacuajo que apenas despertaba a la vida. No parecía estar maravillado del milagro que se operaba en él. Simplemente se movía, buscaba, encontraba, quién sabe si sería después un sapo, una rana… ¿a quién debía importarle si a él mismo no le importaba? Él se lo quedé viendo un buen rato. Es curioso cómo aquellos que preguntan rara vez reciben respuesta de aquellos a quienes preguntan; es curioso cómo hay seres que sin saber las preguntas tienen las respuestas.
Al día siguiente me presentó en el zoológico y pedí hablar con el director. Tuvo que esperar cinco horas y media. Era tal mi resolución que habría esperado ochenta horas de ser necesario. Por fin lo recibió. No hubo presentaciones ni diálogos inútiles. Le comuniqué su decisión sin rodeos. Él se quedó viéndome como quien ve visiones. Esbozó una sonrisa, pensó que estaba de broma. Pero se dio cuenta, por la expresión de su rostro, de que no bromeaba. Le dije: “Piénselo usted. Dele muchas vueltas”. Se despidieron.
Una semana después me llamó el director: “Estoy de acuerdo. Pero habrá que resolver algunas dificultades…”. Yo lo amenazó con irse a un zoológico holandés si no aceptaba mi propuesta inmediatamente, sin condiciones de por medio. Llegaron a un acuerdo; él se encargaría de la política. Yo no quería meterme en filosofías ni en cientificismos, no quería meterse en nada. “Pasado mañana”, le dije. Estuvo de acuerdo.
Pasé la noche en vela. Trataba de convencerse de que estaba seguro de lo que hacía. Pero no conseguía librarme de los tormentos. Le dijo: “Es mi única opción. No puede descartarla antes de tiempo”. Estuve de acuerdo. Al amanecer se despedí de sus circunstancias. Aquello que me hacía ser él mismo se desvaneció por completo. Llegó la noche y comencé a sentirme feliz.
El día tan esperado hicimos los preparativos. “¿Desnudo?”, me preguntó el director. Yo lo pensó unos instantes: “no me importa”, respondí. Para quitarse de problemas me pusieron un taparrabos. “No vaya a ser que nos llamen la atención”, dijo el director. Él apenas lo escuchaba.
Dormí en la jaula. Esa noche se comportó todavía como un humano. Reflexioné. Se convenció por última vez de que eso era lo que deseaba.
A la mañana siguiente los visitantes del zoológico se encontraron con una sorpresa. En la sección de los mamíferos estaba colgado este letrero:
Nombre científico: homo sapiens sapiens
Nombres vulgares: ser humano, hombre.
Hábitat: cualquiera.
Alimentación: omnívoro.
Distribución geográfica: los cinco continentes
Peligro de extinción: para el resto de los animales
Origen: desconocido
Serían las diez de la mañana cuando me abrieron la puerta. No se detuvo a pensar y salí tranquilamente. Se tendió en el pasto.
Una multitud de curiosos se reunió alrededor de mi jaula. Los que habían visto el letrero estaban seguros de que se trataba de una broma, no esperaban verlo salir. Durante unos minutos reinó el silencio. Luego vinieron las reacciones: unos reían; otros hacían aspavientos, visiblemente contrariados; algunos aplaudieron; hubo quien esbozó una sonrisa de esnob y asintió, como aprobando la originalidad de la idea; los niños preguntaban y preguntaban; sus padres no tenían respuestas; comenzaron a hablarme; le gritaban; alguno me arrojó comida y provocó carcajadas en algunos y cólera en otros.
No tardaron en llegar los reporteros. Querían hacerle entrevistas. La noticia se expandió rápidamente. “Poco original”, opinaba la mayoría, porque lo habían hecho antes unos payasos en Inglaterra. Pero otros subrayaban que mi caso no era temporal, que él había firmado un papel en el que aceptaba un cautiverio vitalicio, que yo lo había sugerido sin que nadie lo obligara. Se habló de todo tipo de patologías. Derechos Humanos intervino, hubo una disputa que llegó hasta los más altos tribunales. Finalmente el mundo lo aceptó. Y gente de todos los rincones del planeta vino a verme.
Cada quien lo utilizó a su favor; los ecologistas me alabaron, aseguraron que él era un idealista que trataba de denunciar la esclavitud a la que eran sometidos tantos animales: era un héroe y los partidos verdes querían hacerme salir y postularlo para presidente; los filósofos se valieron de mi caso para escribir toda serie de disquisiciones antropológicas; los religiosos hablaron de la dignidad humana; las feministas se opusieron a que un hombre representara al género humano y una mujer se ofreció a representar a la otra mitad en un zoológico de Tokio; los artistas me usaron en portadas de discos, toda suerte de pinturas y esculturas… narraciones; nadie entendía que no había cosa alguna que entender, que la idea consistía en que no hubiera idea.
Todo esto lo supe después, porque en este momento no se enteró de nada. Me había propuesto desembarazarlo de mi conciencia. No tenía otro objetivo. Un manicomio habría resultado problemático, porque allí todos tratan de convencer a uno de que se alinee a los parámetros de la normalidad, sin concebir la idea de que los locos son simplemente sujetos originales, con modos de diferentes y a menudo superiores de ver las cosas; la cárcel tampoco habría dado resultado, por obvias razones. Necesitaba de un lugar en el que lo alimentaran y en el que no tuviera que preocuparme de cosa alguna más que de desembarazarse de la conciencia, y de seguir viviendo después en estado de inconsciencia.
Era ésa para mí la revelación del mundo animal: la inconsciencia. No le importaba que los empleados del zoológico se vieran obligados a cambiar el letrero, convencidos de que un homo non sapiens no podía representar al género humano. Yo, por lo menos, no dio ninguna señal de ser inteligente; cualquiera me habría confundido con un animal más. Había pedido que no me afeitaran y que lo limpiaran solo un poco, lo suficiente para no agarrar un mal bicho; y que mi comida fuera sana, cocida o no, no importaba, la salsa tampoco, menos aún la sal. Me importaba sobrevivir.
Los ejercicios comenzaron en cuanto abrí la puerta aquel día. Me tendí en el pasto. Le dije: “No pienses más”. Me dijo: “No piensas más que no quiere pensar más”. Y así me debatió entre los pensamientos que no querían serlo y al cabo de unas horas comencé a sudar por el esfuerzo y porque quería imitar a sus compañeros de cautiverio que hacían su vida sin el tormento de la conciencia.
No recuerdo qué sucedió después. Los periódicos dicen que se volvió loco. A mí no me consta. Creo que, lejos de desembarazarme de la conciencia, logró multiplicarla en su interior. Ahora tengo con quien conversar.
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Ladinoamericano
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