lunes, agosto 11

Cuentuco


El cometa Haller recorre las galaxias, atravesando las órbitas de miles de cuerpos celestes: planetas, estrellas, asteroides, meteoros… Pero no une su órbita a la de ningún otro. Puede contemplar otras historias, y en ocasiones hasta tocarlas, pero no puede unirse a ellas ni compartir ninguna: el cometa Haller no puede convertirse en satélite de nada. Quizá porque carece del suficiente ímpetu para cambiar su fuerza gravitatoria. El cometa Haller gira en torno a miles de cuerpos celestes, los contempla a todos, en el frío vacío del espacio infinito.

miércoles, julio 9

La formulación más extrema de la pregunta filosófica.

Todo lo humano ha sido asumido por el Verbo encarnado y puesto al servicio de la obra reveladora y redentora. También la filosofía y su pregunta, o mejor, la humanidad que filosofa, queda implicada en la unidad humano-divina de Cristo. La pregunta filosófica, en efecto, no es destruida por Cristo, sino que es auténticamente asumida y llevada a su formulación más extrema en la pregunta del Calvario: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?". En ella quedan asumidas las preguntas filosóficas ante los enigmas de la libertad humana y de la omnipotencia divina, del sufrimiento y de la muerte, de la culpa y la retribución, de la certeza y de la duda, y, en definitiva, la cuestión básica del ser y su sentido. En la boca del hijo abandonado la pregunta humana adquiere una densidad inaudita, de que nos es capaz ningún filósofo o justo sufriente...
En el momento en que se desgranan las palabras de Jesús en la cruz, el Padre comunica su plabra más sonora y definitiva: "Porque tano amó Dios al mundo que dio a su hijo único (Jn 3, 16) (...). Únicamente la Cruz puede ser la última exégesis de Dios, quien en ella, y de una vez para todas, se muestra como amor.
Hans Urs Von Balthasar.

viernes, junio 27

Nuevo integrante del blog.

Amigos todos: tengo el gusto de presentarles a José Manuel, el nuevo contribuyente de este bló literario.





¿Su carta de presentación? Este excelente cuento. ¡Hala! ¡Ahí tenéis!




El perseguidor de anhelos
por José Manuel Cuéllar.





Se volvió perseguidor de anhelos el día en que murió su segunda esposa.
Fue un funeral sin asistentes. Sólo él, el padre y cinco hombres contratados para remolcar el féretro se dieron cita la mañana de ese lunes en el Panteón María Serbín.
Era primavera, y el cielo rugía como si fuera a llover.
Y el viento abofeteaba las lápidas.
Y los árboles, como percheros a rebosar de abrigos verdes, se inclinaban hacia el piso.
Los hombres maniobraron un rato más con el ataúd: le anudaron cuerdas y lentamente lo hicieron descender por el hoyo, que olía aún a tierra removida.
–Recemos un Padrenuestro por la difunta –suspiró el padre, colocándose a los pies de la tumba, cabizbajo y calvo.
El viudo asintió.
No lloraba.
Permanecía impasible.
Asentía como un autómata guiado por quién sabe qué fuerzas…
Asintió.
Y el padre tartajeó entonces la plegaria valiéndose de un tonillo de conmiseración, que el oficio le había enseñado a afinar en ocasiones como aquélla.
Él permaneció impasible.
Maldijo para sus adentros la furia de Dios, maldijo los designios del porvenir y la ruindad de la vida. Detestó en ese instante el sabor herrumbroso de la muerte y del desamor, si es que desamor y muerte no eran la misma cosa. Derrotado, miró a sus alrededores. Los árboles como guardianes de almas, las cruces como estandartes ondeando en altamar, los cinco hombres que respetuosos se habían apartado de la escena, la nuca desnuda del padre… Miró sus alrededores, y apretó los puños y los nudillos se le blanquearon y un como frunce torció su entrecejo y un como escozor de rabia le picoteó la barriga. Y retuvo las lágrimas y juró vengarse y pensó cuanta cosa piensan los amantes defraudados y solos.
–… Y líbranos del mal. Amén.
Finalizó el padre.
Y el viudo lo despidió con un tajante silencio. Pagó a los hombres la ayuda.
No lloró.
Se mantuvo quieto como un maniquí ya roto.
El viento abofeteaba las lápidas, y los árboles se inclinaban hacia el piso.
El viudo se arrodilló ante el sepulcro, que todavía poseía el aroma de la tierra fresca. Se arrodilló y musitó un “adiós” apenas oíble. Pero los vendavales resquebrajaron su “adiós” y esparcieron los fragmentos por el María Serbín. Los fragmentos se estrellaron contra las cortezas de los árboles, contra otros sepulcros y contra otras historias. Contra memorias ajenas y lágrimas de otros tiempos.
Él se izó, giró sobre sus talones y anduvo sin volver la vista atrás por el senderito que lo conduciría fuera del panteón.
Era primavera, y el viento rugía como si fuera a llover de un momento a otro.
Y llovió, apenas hubo cruzado el umbral de su casa.
Las gotas repiqueteaban, o más bien siseaban, como agujas que alguien aventaba con fuerza contra una lámina de metal.
Ah, tantos anhelos derruidos.
Se había ido, la pobre.
Se había ido, ah, y no regresaría.
Se había ido y se había llevado consigo la mitad de él.
Clic, clic, clic. La lluvia no cesaba de tronar afuera. Clic, clic. Y embestía los cristales de la casa. Y unos relámpagos chisporroteaban allá, en las alturas.
Clic, clic, clic.
Había vuelto a enviudar.
Se le habían vuelto a descarapelar las ilusiones. Otra vez la vida le pelaba los dientes. Ah, otra vez el alma destrozada. Y las ganas locas de morir y las ganas locas de gritar su desconsuelo. O de tragárselo de un solo bocado. Daba igual.
Clic, clic, clic, clic.
Como agujas arrojadas a una pared de fierro.
El viudo apretó los puños y los nudillos se le blanquearon. Se embutió en una chamarra percudida, se calzó las botas y se encasquetó un sombrero. Ah, se puso guantes y se asomó por última vez al espejo del baño, sólo para ver configurado ante él un cuadro irreconocible. El suyo… El suyo ya sin ella… Clic… Se incrustó los anteojos en la cara… Clic. Clic… Y se entregó a la noche lluviosa.
Caminó por aceras encharcadas esa medianoche. Caminó y se empapó. Y siguió caminando hasta volverse un cazador de anhelos.
Se le vio, primero, por el campo. En los páramos estériles de por allá, por el sur. Dicen que el visitante misterioso llegó al pueblo una mañana gris. Dicen que sus pupilas diáfanas, como de espuma, se detuvieron un segundo a examinar el paisaje. Y que luego continuó alternando sus pasos por la senda principal. Hablaba un lenguaje extraño, de adjetivos poderosos y promesas que revoloteaban en los oídos varios días. Hablaba un lenguaje extraño, que sedujo a los jóvenes. Sedujo a los jóvenes, quienes lo siguieron cuando se retiró. Y él los abandonó luego ante el regazo de la perdición y la tragedia. Y los jóvenes se estremecieron y sucumbieron y se mecieron a la fortuna.
El cazador de anhelos colmó de desolación los campos de por allá, por el sur. Vació las alquerías y se fue a los lupanares. Cundió calumnias asesinas y propagó epidemias calamitosas. Corrompió a las putas. Las ultrajó, las desmembró. Y escapó a la costa sin quitarse la chamarra de sobre los hombros. Allí convenció al mar de que se alzara en contra de las redes. Arrancó secretos a las rocas y las embruteció de ira, para que sepultasen ciudades enteras. Abrió abismos y marchitó valles.
La gente aprendió a temerle.
Pero él no paraba.
Vagaba indeciso por las carreteras desiertas, se abría paso a empellones por entre las multitudes. Y hacía que las palomas alzaran vuelo en las plazas, por las que –según cuentan– le gustaba mendigar.
Provocaba guerras donde titubeaban los generales.
Provocaba, y mataba a la menor provocación.
Él hacía confundir las tardes con las madrugadas y el candor de los niños con la maldad.
Estaba donde estaban los esposos cautivos. Donde la guerra devastaba naciones… Donde los ecos de alegría se deformaban en lamentos.
Perseguía sollozos y caricias salvajes. Desgarró corazones.
Era un perseguidor de anhelos.
Iba tras ellos, y los encontraba siempre. En la devoción de los artistas, en la castidad de los religiosos, atrapados en la Ópera de París y en las bóvedas de las catedrales. En el andar de los hombres. Al interior de un bolso de mujer y en las sonrisas flojas de los desfiles. En las escuelas, en la nieve. En el rojo carmesí de un amanecer otoñal. En el ir y venir, en los dimes y diretes. En el porte angustiado de los oficinistas, también. Y en aquellas parejas de ancianos en las bancas de los parques.
Ah, con qué fervor perseguía anhelos.
Ayudó a una dama a quitarse la vida. A un cura a redimirse. A un atolondrado a asesinar por amor… Arrebató confesiones a musas y a carceleros. Juró por jurar y rompió promesas.
Rompió, sobre todo, promesas.
Pues era un perseguidor de anhelos.
Traidor, astuto y frívolo como todos los perseguidores de anhelos.
Sólo que él, un buen día, renunció.
Jamás olvidará ese buen día… El calendario desgranaba agosto y una como corriente cálida se había apoderado del aire. Había mucha luz, muchos ánimos y muchas buenas intenciones. La gente hasta se daba los buenos días por la calle y se guiñaba pícaramente los ojos. Los ciegos recibían limosnas y los poetas paseaban de la mano de sus novias… Ah, agosto estaba por acabarse y nuestro perseguidor de anhelos recién había escuchado de una casa para seniles donde todos parecían vivir alegres. De modo que se dispuso a acudir a ese sitio y tasajear de una buena vez toda aquella agria felicidad.
Ah, partió rumbo a la casa de ancianos.
Era agosto, e incluso al atardecer había mucha luz. Los ánimos todavía no decaían y las buenas intenciones se prolongaban más de lo debido.
Ah, llegó a la casa de ancianos antes del anochecer.
Llegó con el firme propósito de devastar.
Pero algo se interpuso entre él y su espíritu beligerante.
Algo que se llamaba Eugenia.
La divisó desde lejos. Iba uniformada de blanco. La cofia blanca, la blusa blanca, la falda blanca, las medias blancas. Incluso su piel gozaba de una apariencia nívea. Únicamente desentonaba el negro cerúleo de sus cabellos. Sus deslumbrantes cabellos…
–Buenas tardes –saludó al perseguidor al notarlo de pie ante la verja–. ¿Viene a visitar a alguien?
Eugenia podaba rosas en el jardín. Rosas rosas. Con los pétalos abombados y el tallo tachonado de espinas. Eugenia lo saludó con una en la mano, y esgrimió una sonrisa encantadora, ligeramente más blanca que su tez.
El perseguidor entonces se olvidó de los anhelos. Y de los ancianos. Ahí, parado ante la verja, se olvidó de todo. Sólo estaban él y Eugenia y la rosa.
–¿Viene a visitar a alguien?
Él no contestó.
Empujó la verja, que se tambaleó y cedió a su peso. Se abrió poco a poco. Poco a poco entró el perseguidor al jardín. Y poco a poco se deslizó hasta ubicarse a unos treinta centímetros de la blanca enfermera. Ella sujetaba una rosa, y se había pasmado. A lo mejor temía. O a lo mejor aguardaba.
Él le imprimió un beso súbito.
La estrechó súbita, despiadadamente.
Ella soltó la rosa.
Él le succionó la dulzura de los labios.
Se había olvidado de los viejecitos felices.
Se había olvidado, en general, de los anhelos.
Y con ello se había olvidado de su propia promesa.
Había roto su promesa.
Se había robado su propio anhelo, el de perseguir anhelos.
Estaba confundido.
Ah, besó a Eugenia.
Humedeció su boca. Su boca como un nido de pasiones desenfrenadas. Su boca como una rosa rosa.
Y saboreaba su saliva, como si fuera agua dulce y él un colibrí sin pudor.
Ah, ella profirió un gemidito.
Ah, y él lo ahogó con otro beso…
Los casó, un mes después, el padre cabizbajo y calvo del velorio. Recorrieron la nave principal de una iglesia, se trajearon, se engominaron y realizaron cuanto ritual realizan los que van a desposarse.
Y se casaron, finalmente. Los casó el cura calvo.
Luego de los festejos, de los arroces y de un par de noches apasionadas, el antiguo perseguidor de anhelos visitó el Panteón María Serbín. Le dijo a Eugenia que volvería en un rato y se fue al panteón.
La hiedra había invadido la cruz de su segunda esposa.
La hiedra y el moho.
De modo que ya no había inscripción. Ni nada. Sólo el mismo viento azotador de antes.
¿Y si Eugenia fallecía?
Ah, afligido el hombre se preguntó en qué se convertiría cuando enviudara por tercera vez.

miércoles, junio 25

ELIYO





Se me ocurrió una tarde. No sé si fue yo quien concibió la idea, él simplemente me propuse el proyecto sin saber cómo ni por qué. Un pensamiento ilumina y su luz cubre el horizonte de todas las acciones posteriores, no es necesariamente un plan ni un proyecto, es la idea del artista desinteresado que esculpe sin pensar en otra cosa.
¿Cómo fue que me lo propuso? Cavilaba en silencio, como siempre, sin comprender nada, sin querer comprender nada, consciente de que no comprendía nada. Le susurró: “hazlo”. ¿Hacer qué? No importaba. El caso era obedecer.
Antes de tomar una decisión importante hay que caminar; caminar es ejercicio suficiente que no revoluciona el cuerpo hasta el punto de bloquear las ideas, sino que cataliza, oxigena, despierta el ingenio y la imaginación. Él caminé sin saber por dónde, cuando me dio cuenta estaba río abajo, había atravesado media ciudad sin llegar a una conclusión. Me detuvo a ver en un charco el reflejo del cielo azulísimo. Entonces vi un renacuajo que apenas despertaba a la vida. No parecía estar maravillado del milagro que se operaba en él. Simplemente se movía, buscaba, encontraba, quién sabe si sería después un sapo, una rana… ¿a quién debía importarle si a él mismo no le importaba? Él se lo quedé viendo un buen rato. Es curioso cómo aquellos que preguntan rara vez reciben respuesta de aquellos a quienes preguntan; es curioso cómo hay seres que sin saber las preguntas tienen las respuestas.
Al día siguiente me presentó en el zoológico y pedí hablar con el director. Tuvo que esperar cinco horas y media. Era tal mi resolución que habría esperado ochenta horas de ser necesario. Por fin lo recibió. No hubo presentaciones ni diálogos inútiles. Le comuniqué su decisión sin rodeos. Él se quedó viéndome como quien ve visiones. Esbozó una sonrisa, pensó que estaba de broma. Pero se dio cuenta, por la expresión de su rostro, de que no bromeaba. Le dije: “Piénselo usted. Dele muchas vueltas”. Se despidieron.
Una semana después me llamó el director: “Estoy de acuerdo. Pero habrá que resolver algunas dificultades…”. Yo lo amenazó con irse a un zoológico holandés si no aceptaba mi propuesta inmediatamente, sin condiciones de por medio. Llegaron a un acuerdo; él se encargaría de la política. Yo no quería meterme en filosofías ni en cientificismos, no quería meterse en nada. “Pasado mañana”, le dije. Estuvo de acuerdo.
Pasé la noche en vela. Trataba de convencerse de que estaba seguro de lo que hacía. Pero no conseguía librarme de los tormentos. Le dijo: “Es mi única opción. No puede descartarla antes de tiempo”. Estuve de acuerdo. Al amanecer se despedí de sus circunstancias. Aquello que me hacía ser él mismo se desvaneció por completo. Llegó la noche y comencé a sentirme feliz.
El día tan esperado hicimos los preparativos. “¿Desnudo?”, me preguntó el director. Yo lo pensó unos instantes: “no me importa”, respondí. Para quitarse de problemas me pusieron un taparrabos. “No vaya a ser que nos llamen la atención”, dijo el director. Él apenas lo escuchaba.
Dormí en la jaula. Esa noche se comportó todavía como un humano. Reflexioné. Se convenció por última vez de que eso era lo que deseaba.
A la mañana siguiente los visitantes del zoológico se encontraron con una sorpresa. En la sección de los mamíferos estaba colgado este letrero:
Nombre científico: homo sapiens sapiens
Nombres vulgares: ser humano, hombre.
Hábitat: cualquiera.
Alimentación: omnívoro.
Distribución geográfica: los cinco continentes
Peligro de extinción: para el resto de los animales
Origen: desconocido

Serían las diez de la mañana cuando me abrieron la puerta. No se detuvo a pensar y salí tranquilamente. Se tendió en el pasto.
Una multitud de curiosos se reunió alrededor de mi jaula. Los que habían visto el letrero estaban seguros de que se trataba de una broma, no esperaban verlo salir. Durante unos minutos reinó el silencio. Luego vinieron las reacciones: unos reían; otros hacían aspavientos, visiblemente contrariados; algunos aplaudieron; hubo quien esbozó una sonrisa de esnob y asintió, como aprobando la originalidad de la idea; los niños preguntaban y preguntaban; sus padres no tenían respuestas; comenzaron a hablarme; le gritaban; alguno me arrojó comida y provocó carcajadas en algunos y cólera en otros.
No tardaron en llegar los reporteros. Querían hacerle entrevistas. La noticia se expandió rápidamente. “Poco original”, opinaba la mayoría, porque lo habían hecho antes unos payasos en Inglaterra. Pero otros subrayaban que mi caso no era temporal, que él había firmado un papel en el que aceptaba un cautiverio vitalicio, que yo lo había sugerido sin que nadie lo obligara. Se habló de todo tipo de patologías. Derechos Humanos intervino, hubo una disputa que llegó hasta los más altos tribunales. Finalmente el mundo lo aceptó. Y gente de todos los rincones del planeta vino a verme.
Cada quien lo utilizó a su favor; los ecologistas me alabaron, aseguraron que él era un idealista que trataba de denunciar la esclavitud a la que eran sometidos tantos animales: era un héroe y los partidos verdes querían hacerme salir y postularlo para presidente; los filósofos se valieron de mi caso para escribir toda serie de disquisiciones antropológicas; los religiosos hablaron de la dignidad humana; las feministas se opusieron a que un hombre representara al género humano y una mujer se ofreció a representar a la otra mitad en un zoológico de Tokio; los artistas me usaron en portadas de discos, toda suerte de pinturas y esculturas… narraciones; nadie entendía que no había cosa alguna que entender, que la idea consistía en que no hubiera idea.
Todo esto lo supe después, porque en este momento no se enteró de nada. Me había propuesto desembarazarlo de mi conciencia. No tenía otro objetivo. Un manicomio habría resultado problemático, porque allí todos tratan de convencer a uno de que se alinee a los parámetros de la normalidad, sin concebir la idea de que los locos son simplemente sujetos originales, con modos de diferentes y a menudo superiores de ver las cosas; la cárcel tampoco habría dado resultado, por obvias razones. Necesitaba de un lugar en el que lo alimentaran y en el que no tuviera que preocuparme de cosa alguna más que de desembarazarse de la conciencia, y de seguir viviendo después en estado de inconsciencia.
Era ésa para mí la revelación del mundo animal: la inconsciencia. No le importaba que los empleados del zoológico se vieran obligados a cambiar el letrero, convencidos de que un homo non sapiens no podía representar al género humano. Yo, por lo menos, no dio ninguna señal de ser inteligente; cualquiera me habría confundido con un animal más. Había pedido que no me afeitaran y que lo limpiaran solo un poco, lo suficiente para no agarrar un mal bicho; y que mi comida fuera sana, cocida o no, no importaba, la salsa tampoco, menos aún la sal. Me importaba sobrevivir.
Los ejercicios comenzaron en cuanto abrí la puerta aquel día. Me tendí en el pasto. Le dije: “No pienses más”. Me dijo: “No piensas más que no quiere pensar más”. Y así me debatió entre los pensamientos que no querían serlo y al cabo de unas horas comencé a sudar por el esfuerzo y porque quería imitar a sus compañeros de cautiverio que hacían su vida sin el tormento de la conciencia.
No recuerdo qué sucedió después. Los periódicos dicen que se volvió loco. A mí no me consta. Creo que, lejos de desembarazarme de la conciencia, logró multiplicarla en su interior. Ahora tengo con quien conversar.

lunes, junio 23

Bóreas (cuarta entrega)


Las relaciones humanas semejan un péndulo que va del amor al odio, de la paz a la reyerta, con una precisión inexorable, geométrica; la única variación es la velocidad del movimiento y el largo de la cuerda. Y al final, el punto de quietud es la indiferencia…


“¡Qué débiles resultan ser los supuestos lazos “infrangibles” de la amistad!–pensé en aquella ocasión–. La persona más fiel, embriagada por el licor de las bajas pasiones, puede prenderle fuego al mundo entero, sin pensar ni un instante en las consecuencias… Parece ser la sempiterna condena del ser humano: pese a tener un razonamiento finito, fragmentario, y vivir sumergido en el azar, la contingencia y la inestabilidad de los sentimientos, juzga al mundo y a sí mismo con la soberbia pretensión de fijar su hado. Intenta anticipar todas las objeciones que el tiempo le puede presentar, mas el tiempo se rige por la fortuna…

Razón llevaba el Apóstol: Por lo que a mí toca, muy poco se me da el ser juzgado por vosotros, o por tribunal humano; pues ni aún yo me atrevo a juzgar de mí mismo…

Imagino el esfuerzo renovado de Evagrio por recrudecer su odio hacia mí, siendo que los motivos de nuestra enemistad se desdibujan y pierden fuerza día a día, hasta parecer algo baladí… Seguramente el orgullo lo lleva a representarse una y otra vez nuestro altercado para darle nuevos giros, pintarlo con todos los colores de la imaginación… en fin, idealizar con toda crudeza mis errores… La única forma de seguir sosteniendo su postura es convencerse todos los días de mi maldad. ¡El orgullo de mantener las decisiones!... Se olvida todo, naufraga las historia, y sólo queda el hecho atómico de un decisión “seria”… ¡Vaya estupidez! Lo único serio es el tiempo… y la muerte…”


La noche se cernía sobre la ciudad. Las últimas nubes de lluvia se desvanecían y las estrellas se presentaban con su luz titilante. Logré burlar el tráfico tomando un atajo de callejuelas. Un fuerte viento agitaba a los cipreses –los cuales flanqueaban por ambos lados la estrecha avenida–, haciendo que sus puntas se rozaran nerviosamente unas con otras. Parecían estar en pleno chismorreo. Continué cavilando: “Aceptar que la vida está compuesta en su totalidad por relaciones efímeras, coyunturas temporales y eventos; que presente y futuro están férreamente determinados por el pasado; y en definitiva: que la libertad es un espejismo metafísico, ¿es el único subterfugio para vivir como hombre?... El amor, el odio, la esperanza, la fe… la salvación, ¿resultan ser las distintas máscaras para dulcificar el rostro de un destino ciego?...

Las decisiones son tan fortuitas como el caer de estas últimas gotas de lluvia en el parabrisas, y tienen su misma duración: nada… A penas tomo conciencia de la gravedad de los consejos, de las opiniones. Tantas veces he dicho liviandades. A penas ahora sopeso lo azaroso de mis decisiones más ponderadas, de mis deseos profundos, de mis peores errores y culpabilidades… Bagatelas, sin duda… ¿Cómo se podría condenar un ser tan débil? ¿Cómo hacer depender la eficacia de la Redención y de la Misericordia divina de una libertad tan corrompida? Me pregunto, salva reverentia timoreque blasphemiae – como diría D... –: ¿Qué acción del hombre merece la condena eterna? Es una desproporción… Una locura…”

Terminó el disco de Bruckner. Aproveché el semáforo en rojo para cambiarlo por uno distinto. Elegí uno que acaba de comprar unos días antes: “Mélodies” de Oliver Messiaen. Siempre me ha parecido muy complicada su música, aunque algunas de sus composiciones las he disfrutado sobremanera, como su ópera – o poema sinfónico­– San Francisco de Asís. Otras me parecen simplemente inentendibles para mi sensibilidad, basta pensar en su “Cuarteto para el final de los tiempos”... Comencé a escuchar el mentado disco. Una soprano dramática y un piano. Pensé: “Esta música invita a locura… No correría el riesgo de verme por mucho tiempo en un espejo mientras escucho este disco… Parece ser un símbolo de la locura que posesionó a su esposa… ¿Estas melodías habrán sido compuestas antes o después de este dramático suceso? No lo sé… En realidad no me gustan demasiado; supongo que llevará su tiempo el descifrarlas, el aguzar la sensibilidad para enamorarse de sus enigmas… No conozco obra de arte contemporánea que no exija un detenido estudio para su comprensión… A veces se nos olvida el profundo hito estético que supuso la primera y la segunda guerra mundial en todos los grandes artistas del XX… La sensibilidad artística se vio conmovida en sus fundamentos. ¿Será imposible volver a la belleza limpia, juguetona e inocua de las composiciones de Mozart? ¿Sería una traición a la Memoria histórica?... Por cierto: ¡qué bella noche! El frescor, el cielo desnudo, las estrellas rutilantes…


Con qué facilidad se pierde el hilo de las ideas. Y la pereza de devanarlo para sacar algo en claro es insuperable. Todos los razonamientos tienen una conclusión lógica, la cual casi nunca conquistamos…”

Sin aparente motivo, me acordé de Luisa: “¡Qué habrá sido de su vida! Ha de estar con el imbécil de Roberto. Jamás pensé que podría superar su ausencia –ni ella la mía–. Sin embargo, la niebla que envuelve, sin apenas notarse, el grueso de la vida, anestesia con eficacia hasta las memorias insoportables. ¡Lástima que también obnubile los afectos y las promesas más sublimes! ¿Con quién estará?... Siempre pensé cómo sería mi vida después de ella, aún cuando estaba felizmente con ella. Creo que ese fue el problema: el futurismo. Toda previsión es insana para el amor… Lo más doloroso, sin duda, fue haberle compartido mis gustos: aquellos libros, discos, óperas… hoy conversos en demonios de la memoria… No puedo escuchar Debussy sin sentir cómo se me encoge el corazón; no puedo leer ni un solo poema de Gabriela Mistral sin sentir ese fuego de la melancolía en la boca del estómago, esas punzadas de la autocompasión. Para acabar pronto: apenas me encuentro inactivo en un lugar, las memorias se alistan en compacto ejército para asaltarme entre saetazos de lágrimas, como diría Alfonso Reyes. (Y suspirando con el alma): Luisa fue la mujer de mi vida… fue…”


Llegando al siguiente semáforo, quité “Las Melodías” de Messiaen; preferí –por capricho, supongo– escuchar su sinfonía “Turangalila”. Volteé distraídamente a la calle. Captó mi total atención una viejecita, la misma viejecita que veo todos los días en el mismo lugar vendiendo chicles. Mujeruca de breve altura. Los arcos de sus piernas anuncian vistosamente una enfermedad degenerativa en fase avanzada. Cabello corto, blanco e hirsuto. Ojos hundidos y pequeños, como de roedor. Septuagenaria. Cuerpo membrudo. La cara, abundante de carnes, tiene un aire de bondad senil. Sus hatos son los típicos de la mujer pobre y con familia de esta ciudad: vestido de un color gris disuelto por el viento, delantal con motivos florales, calzas largas azul marino y sandalias de cuero viejo. Su contemplación me generó un malestar profundo. Me sentí ridículo. Pensé un instante en los sufrimientos que habría padecido esa pobre vieja. Me sonrojé, si no del cuerpo, sí del alma. Toqué el claxon para pedirle que viniera, y la mujer, haciendo un esfuerzo titánico, se acercó al coche claudicando. Baje el vidrio y le compré un par de paquetes de chicles. Ella me vio con una mirada de ternura maternal y me agradeció la compra… El semáforo se puso en verde… Un bóreas recorrió mi rostro...

martes, junio 17

Las Mac son católicas; las PC's, protestantes.

El hecho es que el mundo está dividido entre los usuarios de la computadora Macintosh y los usuarios de las computadoras compatibles MS-DOS. Soy de la firme opinión de que el Macintosh es católico y el DOS protestante. De hecho, el Macintosh es contrareformista y ha sido influenciado por el Studiorum jesuíta. Es alegre, amistoso, conciliador, le dice al fiel cómo debe proceder gradualmente al alcance, si no el Reino de los Cielos, del momento en el cual se imprime su documento. Es catequístico: la esencia de la revelación se logra a través de fórmulas simples e iconos suntuosos. Todos tienen derecho a la salvación.

El DOS es protestante, y aún calvinista. Permite la interpretación libre de las escrituras, exige decisiones personales difíciles, impone una sutil hermenéutica al usuario, y ofrece la idea que no todos pueden alcanzar la salvación. Para hacer que el sistema funcione debe interpretar el programa usted mismo: lejos de la comunidad barroca de revelados. El usuario se encuentra encerrado dentro de la soledad de su propio tormento interno.

Usted puede objetar que, con el paso a Windows, el universo del DOS ha venido a asemejarse a la tolerancia del contrareformismo del Macintosh. Es verdad: Windows representa un cisma de estilo Anglicano, grandes ceremonias en la catedral, pero siempre existe la posibilidad de una vuelta al DOS para cambiar las cosas de acuerdo a extrañas decisiones…..

¿Y código máquina, que subyace debajo de ambos sistemas –o entornos, si usted lo prefiere–?

Ah, eso tiene que ver con el Antiguo Testamento, y es talmúdico y cabalístico.

Umberto Eco

jueves, junio 12

Bóreas (tercera entrega).

Lucas Cranach, el viejo. Melancolía II.



El tráfico de la ciudad era insufrible. Los sentimientos de tranquilidad y las reflexiones alambicadas sobre la Providencia pronto se trocaron en bilis negra y rabiosa; la doxología de Bruckner terminó por disolverse entre el ruido de los coches y mi furia. “No me extrañaría morir de una embolia en un hervidero de coches como éste. ¡Qué mierda! Llevo hora y cuarto inmerso en este pandemonio…”. Clavé la vista en el retrovisor y miré mi gesto de aflicción, como de mártir cristiano, pero sin el aire piadoso. “¡De nuevo las malditas arrugas…!”

El cielo caliginoso prorrumpía en tronadores vagidos y lágrimas abundantes; y yo, secundándolo, en maldiciones cósmicas.

Desarmado e impotente frente a mi situación, resolví arrostrar algunos problemas que han venido estrujándome mecánicamente el entrecejo por días, tal vez semanas (algunas noches, cuando me pregunto por qué no puedo conciliar el sueño, descubro mi ceño duro, constreñido, y lo toco, lo masajeo, pero no soy capaz de relajarlo a voluntad).

Pensé: “Después de 18 años venir a parar en esta situación. No termino de comprender los porqués de su enojo. Al parecer, se anidaba hace tiempo en su conciencia un profundo odio hacia mí. ¿Qué le he hecho? Hombre, más allá de ciertas críticas sobre su condición social, críticas que invariablemente van perfumadas con las fragancias de la broma, y algunas observaciones irónicas sobre su posición intelectual…no recuerdo nada penoso. De verdad, no lo entiendo; soy incapaz de reconocer en esa voz, en esa carta, en esa indignación, y por último, en esa dramática decisión ­–desgajar de raíz nuestra relación–, al antiguo amigo de mi vida. Después de 18 años… ¿Acaso soy demasiado cruel?... Nunca lo había pensado… Sí lo soy… bueno… tampoco demasiado… (Y suspirando con el alma): sí; soy un descorazonado. ¿Y el placer voluptuoso de decirlo? ¡Homo homini lupus, carajo!... Vamos a ver: a decir verdad, él está muy lejos de ser un diletante de la iniquidad. No conozco ser más cáustico; su virulencia es de primera línea, definitivamente. Lo de siempre, supongo: Dios nos hace y nosotros nos juntamos. Era lógico: mientras las solfataras supuraban ácidos verbales en cualquier dirección que no fuera hacia ellas mismas, todo iba bien; pero llegó el día en que se carearon… Invectiva tras invectiva, terminamos destrozándonos... ¡Qué lejos estoy de los días de la niñez, cuando mi máxima ilusión era ser santo! La santidad, la santidad… qué lejos. Razón lleva Rodrigo cuando afirma que nos hicieron crueles en El Objeto Delicuescente, como él lo llama, por referencia a un cuento de Salvador Elizondo… Mas no debo engañarme ni dulcificar las responsabilidades: yo ya era un tunante hecho y derecho a los 11 años: decía mentiras para todo, pegaba a mis hermanas, fumaba… creo que hasta robaba y sabía algo del sexo…”

Me vi de nuevo arrastrado por la discontinuidad de las ideas. Divagué un rato más sobre mi infancia, sobre mi familia (todos taimados, igual que yo), y sin haber tomado determinación alguna sobre el primer asunto, cavilé sobre otro, más fresco que el primero:

“Suetonio… Ya estoy un poco cansado de Suetonio. Es un soberbete. Su “letrada” opinión tiene que prevalecer siempre: siempre. Y eso no es lo peor: su actitud de sabio humilde, que no desprecia ni una sola opinión, venga de quien venga –como dice él–, me resulta repulsiva. Basta con ver que sólo escucha con el gesto de la cara (gesto, lógicamente estudiado); los oídos lejos andan, atentos de soslayo para retornar a la hora de los halagos. Lo dicho por él, dicho está; las opiniones adversas o aquéllas que suman un ápice de agudeza no contenido en su comentario, sirven únicamente para formar parte de los infinitos ruidos del mundo. Las cosas así, todos los que lo rodean terminan por convertirse en bufones de su corte. Su privanza hacia las personas se decanta según la lógica del entretenimiento: quien tiene la agudeza para hacerlo reír es, según su parecer, listillo. Lo que significa en realidad: alguien entra en su gracia siempre y cuando juegue su juego, con sus reglas, sus amonestaciones, sus idas y venidas de humor, sus temas, sus ritmos. El que osa perturbar estos cánones cortesanos termina por ser víctima de su lengua pertinaz. Invariablemente, el diagnóstico de Suetonio es atinado e incisivo: fulanito está apestado de ignorancia y mal gusto...

Ésta es la explicación apasionada del modus operandi de Suetonio. Un análisis más detenido revelaría la filigrana – auténtico trabajo de experto orífice– para hacerse de fieles. La liturgia es siempre la misma: juicio externo (normalmente reprobatorio); primera aproximación (siempre con desdén, pero dando algunos caramelos de sabrosa adulación); aparente amistad (donde sigue la adulación, y secretamente comienza la imposición de la jerarquía maestro-discípulo. También se revelan las claves indispensables para ganar puntos en la confianza y se dan nuevos caramelos); por último, aburrimiento (indiferencia, frialdad en el trato y abandono), a menos que la persona esté dispuesta a seguir con el circo. Si uno es de frente amplia, descubre las condiciones de donde pende la pretendida amistad. Y entonces: o bien se entra conscientemente en su juego: entronarlo siempre que se pueda; o bien se renuncia a su amistad.

Suetonio es un fementido. Promete las perlas de la Virgen, y termina dando burdos abalorios. Incontables veces he confiado en sus ofrecimientos, pero llegado el plazo de cumplimiento, se retracta, jura y perjura que él jamás había ofrecido tal cosa… o simple y llanamente dice: no, ahora no me place… Ya sé de qué va…Y lo sé porque yo también soy un poco así: Dios nos hace…"

"¿No seré yo el problema?” Y acudió a mi memoria la imagen del rapavelas C... "Probablemente siempre tuvo la razón: soy demasiado crítico e intelectualista... ¡Ay, el Objeto, ay!..."

jueves, mayo 29

Bóreas (segunda entrega)

Lucas Cranach, el viejo. Melancolía.


Pasado un tiempo, me aburrí. Decidí salir a caminar; demasiada lectura me embota. Necesitaba un paraje bello que resarciera el daño estético causado por las miserias callejeras que había contemplado. Pensé en Chimalicoc, lugar de casas solariegas, abundantes árboles y calles empedradas; una de las zonas de mayor solera del sur de la ciudad.



Salí a la calle; tuve que fruncir el ceño porque el sol mortecino que aún reverberaba en los coches estacionados fuera de la librería hería mis ojos. Pensé: “Tener los ojos azules me obliga a entrecerrarlos todo el tiempo; esta maña de raza me acelerará la aparición de arrugas en la cara. Y si a ella le sumo mi carácter apasionado, que me posesiona en forma de mil líneas de expresión… Acéptalo: tendrás sendas arrugas a los 35… ¡Bah! ¡Vanidad de vanidades!… Eso ni yo me la creo. Con lo vanidosillo que soy…”



Pero el pensamiento, alado y vagaroso, pronto voló de ese montículo de especulaciones para posarse en otro más alto: “¿Por qué estoy triste continuamente?... La tristeza, supongo, se genera por juzgar a toda la realidad y sus relaciones desde unos ideales forjados quién sabe dónde y quién sabe por qué: el amor ideal, la novia ideal, la casa ideal, el empleo ideal, el futuro ideal. Es una continua competencia con uno mismo por conseguir las “Ideas”, y siempre se termina frustrado. Es una vida volcada a lo futuro, a lo inalcanzable… Montado en ilusiones que nunca se encarnan y no se encarnarán, pues no existen, todo aburre… Es preferible la aurea mediocritas horaciana, y ser feliz, que pretender la llegada de una aurea aetate, y vivir eternamente enajenado por el retraso de su reino… ¡Cómo perdemos de vista las dulzuras del presente, y entre ellas a Dios mismo, cuando sólo nos dedicamos a batallar con los fantasmas de la melancolía o de la expectación, comparables a prostitutas trasnochadas que pretenden con todas las mañas posibles atraer por completo la atención de sus clientes!”. Bien sabía Horacio de los peligros de este par de mujeres venales, cuando recomendaba: “Carpe diem!”, ¡aprovecha el día!



Silencio interior. Ruido exterior de ventisca. Tranquilidad. Seguí caminando. La tarde caía lerda, con nubarrones que proclamaban lluvia. La naturaleza comenzaba a inquietarse: anhelante y receptiva por la inminente caída de su amante, el agua, exhalaba sin pudor sus lujuriantes perfumes, como mujer que provoca a su hombre con las fragancias que su ropa comparte al ambiente—ella bien lo sabe— en el momento de irse desnudando.



Me puse los audífonos. Comencé a escuchar “Capricho árabe”, hermosa y melancólica composición de Francisco Tárrega para guitarra, en interpretación de Andrés Segovia. “Estos momentos de paz –me dije–se tienen que respaldar con memoria sensible…” “¿Qué particularidad tendrá la guitarra clásica que la hace tan amiga de los sentimientos, sobre todo de la nostalgia? Rasgar las cuerdas con las propias uñas crea una especial intimidad del intérprete con el instrumento, pues hay una entrega mutua, no mediada por nada; se toca la piel con la “piel”, por decirlo de alguna manera. Y eso permite un sonido embebido de humanidad… (Por lo menos esta explicación es plausible para mí en este momento, y con eso basta; otro día meditaré la razón con más tiempo). Es curioso que la guitarra no haya sido tan socorrida por los grandes compositores; ¿se habrá considerado un instrumento “menos noble” que el violín, por ejemplo…? Mas el laúd sí que tenía privanza en el renacimiento…” “Por cierto, qué bien tocan los hispanos la guitarra. Gracias a las peculiaridades técnicas de ésta, pueden trocar en música las inveteradas sensualidades (el vino tinto, el baile, el teatro) de su linaje…”



Comenzó a llover. Había tomado la precaución de no alejarme mucho de mi coche. ¡Qué olores, Dios mío, de vida, de fertilidad! ¡Todavía hoy los puedo evocar! No me quería ir. Subí al coche y me quede mirando la lluvia hipnotizado. “La contemplación embelesada de la lluvia debe ser un resabio de los instintos primitivos del hombre–murmuré a mis adentros–...”



Arranqué el coche. Recordé que aún no había contratado un seguro contra siniestros; llevaba dos meses jurándome que ya lo haría sin falta, pero nada, la negligencia seguía (y sigue) ganando todas las batallas. Al tomar la avenida principal, imaginé mi muerte. (Suelo imaginarme con frecuencia, sobre todo cuando voy en el coche solo, accidentes aparatosos donde fenezco. Me los represento con lujo de detalles: el ruido del golpe, el ángulo, la sensación de cómo se me escapa la vida sin poder hacer nada por asirla, mi rostro deformado por la inercia…) Pensé: “Cuando era pequeño juraba que si me acordaba todos los días de la muerte, no moriría: la muerte solamente se apoderaba —según mi pueril parecer— de las personas que no pensaban en ella. Ahora, por el contrario, sé que el Destino es fortuito: no distingue entre hombres conscientes e inconscientes. ¿Y la Providencia? Ah, claro, la mano divina no podría ser tan cruel: todo era parte de un plan intrincado, sí, pero también sabio. Un orden en el aparente caos. Un orden que supera nuestra inocente mirada temporal… He sentido tantas y tantas veces la sordidez del mundo… Una sordidez difícilmente compatible con una Mano Provisora… ¿En qué consiste, entonces, la Providencia…?”



Tomé un disco compacto al azar y lo puse en el estéreo. Era la Misa n° 2 de Anton Bruckner. Una delicia; ahora sí que podía concebir una Providencia, pese a todo… “La razón dada al hombre es una de las providencias del buen Dios—me dije—. El arte del compositor austriaco lo evidencia, pues la belleza de su música es un auténtico milagro en el que hay una cooperación entre la Divinidad y el hombre… En sus composiciones se alcanza a sentir una tierna caricia de la Mano Paterna...

jueves, mayo 8

Bóreas (primera entrega).

Lucian Freud. "Autorretrato"



Serían como las cinco de la tarde, hora crepuscular y melancólica en esta ciudad. No terminaba de hilar una idea, cuando ya estaba preocupado en otra distinta. Pensé en la propia discontinuidad de mis pensamientos, azarosos, escurridizos. "El pensamiento lo da el azar y el azar lo quita", decía Pascal. De repente me asaltó un fétido olor, mezcla de vahos agrios y dulces, que me hizo salir del remanso interior, donde hablo conmigo mismo y con Dios, al trágico exterior, donde casi siempre estoy solo. Trascendía todo el ambiente a naranjas podridas, aceite requemado de freír carnes cedizas, sudores humanos, periódicos viejos, revistas, perros callejeros… Las últimas caricias del sol recrudecían los olores viejos del suelo, lleno de pringues inmundas. Me acordé de los infiernos de Bosch.


Caí en la cuenta de que me encontraba en una esquina infestada de puestos callejeros. Cuadro espantoso: gente devorando bazofias chamuscadas, hombres-mono promocionando sus chucherías con gritos destemplados y agudos, oleaje de aromas de muerte. Contemplé el primitivo intercambio de monedas –recibidas en las mismas manos que preparan la “comida”– por el alimento de nula sanidad.


“Qué asco me da esta ciudad–pensé–. Para muestra basta un botón, dice la trillada frase popular: pues he aquí el botón. ¡Vaya mierda! ¿Cómo será capaz de vivir esta gente en la inmundicia? ¡Qué odio tan profundo e inconsciente deben tener estas personas hacia sí mismas para comer aquí! De acuerdo: no tienen muchos recursos económicos. Mas eso no los justifica, pues sólo la pobreza extrema orilla a tal corrupción de la limpieza. Y estos señores lejos están de ser pordioseros. Más bien es negligencia, conformismo, ignorancia… ¡Claro que podrían ser más limpios, el problema es que no quieren!”


Uno de los vendedores cruzó miradas conmigo. Captó mi involuntario mohín de repugnancia, provocado por los alientos pútridos exhalados por su ecosistema, y me devolvió la mirada con un movimiento de cabeza en tono agresivo, como diciendo: “¿Qué traes, pinche güero? ¿No te gusta esto? Pues jódete”.


Quité inmediatamente mis ojos de los suyos para evitar cualquier encontronazo, porque aparte de antihigiénicos, estos hombres son agresivos: cualquier cosa les parece motivo de pelea. Salí lo más rápido que pude de la hedionda zona, conteniendo el aire, y doblé a la izquierda para dirigirme a una librería. En la calle que acababa de tomar, me topé con nuevos puestos trashumantes, donde se vendían libros antiguos, discos apócrifos, artículos folklóricos, y con vagabundos que clamaban, pregonando y enseñando sus miserias, alguna caridad. La tristeza ya había logrado prendérseme al corazón con fuertes agujas. Entré por fin a la librería y me dirigí a la sección de novedades. Nada me interesó. Continué mi inspección en la zona de literatura. Demasiados libros. Pensé: “O hay mucha gente aguda, o ya cualquiera publica sus pendejadas”. Decidí, entonces, ir directamente a la zona que estaba organizada por editoriales. “La editorial X –me dije– tiene mucho prestigio, supongo que ha de tener publicadas novelas recientes de buena calidad”. Hojeé unos cuantos libros; algunos me generaron indiferencia; otros, repugnancia.

“No entiendo –pensé– por qué ver estos libros me azora. ¿Será envidia? ¿Impotencia? A ver, tengo que tematizar mi tristeza. ¿Qué es lo que tanto me repugna? ¿La temática de los libros? Sí, la literatura posmoderna es cruda, irreverente, pornógrafa, y difícilmente se encuentra en ella algo que sugiera la trascendencia, la religiosidad… ¿Es realmente eso? No. Sería un fariseo: yo mismo soy crudo, irreverente, pornógrafo y a veces –con profunda pena he de admitirlo–, tampoco mi existencia es indicio de trascendencia y religiosidad. Y no me odio. La razón más bien debe ser el sentirme lejos sensiblemente de una tradición que me hubiera tocado vivir, entender y probablemente amar, pero que, por mi formación ultramontana, no alcanzo a comprender, y por eso la desprecio. Soy anacrónico, supongo… ¿Es válida la distinción entre ortodoxia y heterodoxia?...”


–Le puedo ayudar en algo– dijo uno de los libreros, que contemplaba mi actitud pensativa frente a los libros.


–No, muchas gracias–contesté amablemente–.Sólo estoy echando un ojo.


Continué merodeando por los estantes. Sentía un vacio vago, de profundidad desconocida. Estaba triste, como lo estoy ahora. Decidí ir a la zona de discos. Escogí tres o cuatro, y al final, decidí no comprar ninguno. “¿Ahora qué hago? –pensé–. Si no quiero empezar a vislumbrar la hondura del abismo, tengo que distraerme en algo. Leeré. Probablemente sólo leo para distraerme, para evadirme”.


Me dirigí a la cafetería. Me senté. Pedí un espresso doble. Me lo trajeron al poco tiempo. Saqué el libro que andaba leyendo por aquellos días, La Celestina, de Rojas. Lo abrí en el separador –un trozo de papel–. Probé el café. Amargo y ácido, como había previsto. Parece que la cretina idea de que los cafés expresos tienen que tener, para ser buenos, estos dos calificativos está muy extendida. Comencé a leer. Agudeza tras agudeza. “Este libro es un manual de sabiduría mundana –pensé–. Revela los secretos de la psiqué femenina sin rebozo alguno. Presenta en toda su crudeza la amistad por mera conveniencia, los sinsabores de la soledad, el enajenamiento que genera el amor, los placeres de la carne, los extremos de la envidia... Lo dicho: un auténtico manual de sabiduría secular. Y este cabrón lo escribió a los 25 años. Qué atrevimiento”. Hice algunas anotaciones en mi agenda sobre lo que había pensado. Seguí leyendo.


Al poco rato dejé el libro sobre la mesa y me puse a cavilar sobre la soledad. Unas semanas atrás había visto la película “Fresas salvajes”, de Bergman. Un pensamiento muy vivo estaba impreso en mi cabeza desde aquel día en que la vi: las actitudes egoístas, soberbias, llevan aparejadas su propia condena: la soledad. No hace falta que exista un pena divina que las castigue. En el pecado está la penitencia. El personaje principal de la película, un viejo médico misántropo, insensible y ególatra, pregunta en uno de sus sueños, al caer en la conciencia de los graves errores que había cometido durante toda su vida: “¿Y el Castigo?”. Su guía le responde: “¿El castigo? Supongo que lo de siempre: la soledad”. Continúa el viejo: “¿Acaso no hay Misericordia?”. Y su guía –su conciencia– le replica: “A mí no me pregunte; yo no sé nada de eso”. Fulminante. Me pareció atinadísimo, pues me aclaraba algunas reflexiones vagas que había hecho en torno a un cuento de Hesse, Tedium vitae. El personaje de este cuento, de carácter parecido al viejo médico de Bergman, termina sus días solo. Al perder el amor de una mujer, el cual le había generado una visión alegre y renovada del mundo, se torna obscuro, ensimismado. El mismo mundo que sus ojos enamorados habían contemplado con asombro ahora le aburre, le horroriza, pues se ha convertido en una rutina, una mera repetición de lo mismo. No se cree capaz de volverse a enamorar, y tal creencia, autoimpuesta por falsa compasión, se convierte en su destino. Seguí meditando...

martes, abril 29

Aquella noche de guerra.

Cuerpo aprisionado entre sabanas que se aprietan cada vez más por los azarosos movimientos nocturnos. Picor insoportable en la piel. Manos dormidas intentando apagar el prurito con rasguños inconscientes que sólo logran enardecerlo. El sudor cuece las heridas. La suciedad de la uñas las infecta. Duermevela insoportable. El tiempo olvida cualquier tipo de lógica: avanza, se detiene, se retrasa, se olvida. Una estampa infernal: calor, sueño interrumpido intermitentemente por el sonido acre del vuelo de los enemigos, ampulas efervescentes, cansancio mental y físico: desolación. Y mañana me espera una ardua jornada.

Retorno, agotado y sin voluntad, al sueño. Ellos–inimicis nostris– se aprovechan de la situación. Juegan, me rozan –saben que no los veo–, danzan alrededor de mí. Comienzan de nuevo el ritual pagano de la efusión de mi sangre. ¡Juro que no los he provocado en forma alguna para que reaccionen con este cruento y pervertido ataque! ¡La maldad en estos demonios debe ser instintiva!

No aguanto un segundo más. Prendo rápidamente la luz de la lámpara para descargar toda mi ira en contra del enemigo. Mis ojos entrecerrados se queman hasta adaptarse a la iluminación del cuarto. El patético quejido de los muelles del colchón es eco de mi dolor. Destrozarlos con el mayor sufrimiento posible es el único consuelo que me queda. Quisiera matarlos 100 veces. Ver cómo la vida que me han robado –mi sangre– sale por todo su cuerpo al reventarlos. ¿Sadismo? No me importa. El caso lo amerita (En la guerra las muertes se justifican, y los cadáveres se entierran en la fosa común de la inconsciencia colectiva). Me paralizo; siento el silencioso latido de mi sangre en las sienes y en los labios, toco mi cara, bañada en impura mezcla de sudor y grasa, y aguzo al máximo el oído para localizar a los malditos. De pronto, en el filo de cabecera de la cama, descubro al primero. Observo su arma afiladísima, su vientre turgente por sus depravados ataques, su hermosa y ágil estructura criminal. Parece que me mira, como retándome. Conjuro toda mi fuerza para no errar, a pesar de la debilidad mental, y doy mi mejor golpe. Escapa ágilmente. Intento ver a dónde huye el cobarde. Se ha colocado sigilosamente en la otra pared. Su camuflaje es casi perfecto –casi–. Pido ayuda a Dios (“Per signum crucis, de inimicis nostris, liberanos Deus noster…”). El segundo golpe. Esta vez la ira y la adrenalina me dan una precisión felina. ¡¡Plaaaf!! La sangre derramada en la pared calma mi sed de venganza. Me regodeo en mi asesinato. Espero que haya sufrido.

He acabado con uno; pero el número de heridas –aún frescas, encarnadas– en mi cuerpo, anuncian por los menos tres más.

¡Cuánto no daría porque mi enemigo sintiera el miedo! ¡Ojalá que tuviera conciencia del dolor! ¡Lástima!: sólo son unos pequeños y vampíricos mosquitos zancudo.

sábado, abril 26

Sabina y Prado

Me complace anunciar, señores, que ayer pude representar a nuestro pequeño grupo, con suficiente éxito y gozo -arbitror-, en los renombrados Diálogos de Medianoche organizados hebdomadice en Pamplona (¡que sí que sí: muy guay!).

Estuvieron Sabina y Benjamín Prado: ambos geniales. Apotegmas invencibles: Me encanta cuando Jaime Gil de Biedma dijo: Ayer seducía con mi belleza. Hoy seduzco con mi inteligencia. Mañana seduciré con mi dinero. Miradas de vuelta al marichalazo, poesía y diálogo. El pasado vivo, como el recuerdo de esa vecina rubia, enamorada de aquel moreno imbécil, que jugaba al baloncesto…

Presentes estuvieron también Rafael Alberti y el maestro Ángel González, el muerto menos muerto que ha habido. Presentes las cartas de A vuelta de correo, presentes las historias tras las cartas. ¿Y qué tal esa noche en que, después de ganar un premio, Prado se comprometió a pagarles la cena en un bonito lugar frente a la Alhambra? Pues bien, apenas volver del privado (donde usó la mía, explicó Joaquín… por no gastar la suya) les vio el rostro y no pudo sino decir: ¡Qué cabrones! No sabía aún qué habían hecho, pero qué cabrones. ¡Y tanto!: la cuenta ponía 1464,55 euros, entre ellos 197 gin tonics…

Particularmente deleitoso para mí fue el momento en que empezó Joaquín con esos sonetos de amor... o lo que sea: con el moño, las pestañas, las pupilas, el peroné, la tibia, las narices… 

O mejor: Este ya no camufla un hasta luego, esta manga no esconde un quinto as, este precinto no juega con fuego, este ciego no mira para atrás. Este notario avala lo que escribo, estas vísperas son del que se fue, ahórrate el acuse de recibo, esta letra no la protestaré. A este escándalo huérfano de padre no voy a consentirle que taladre un corazón falto de ajonjolí. Este pez ya no muere por tu boca, este loco se va con otra loca, este masoca no llora por tí…

¡Oh recuerdos de esas grandes noches capitalinas en Los Fondues…! Les dejo aquí otras de las preguntas a las que respondió:

- ¿Se ríe de si mismo?

Eso es condición sine qua non. Quien no sabe reírse de sí mismo no sabe reírse de nada.

- Después de su enfermedad se ha rodeado de poetas; ¿le dan peor vida que antes?

Claro, yo creía que me iban a llevar a la vida sana y son unos borrachos impresentables. Salí de las drogas y el rock and roll y me metí en la bohemia literaria, lo que pasa es que tienen muchísimo talento y no es lo mismo perder la noche en bares con babosos cocainómanos que te vomitan encima que perderla con estos tipos maravillosos que te enseñan mucho.

- ¿Está Sabina mejor que nunca?

No (risas). Estoy muy contento de estar vivo y de estar en Pamplona, pero echo de menos determinadas intensidades que tenía cuando había sexo, drogas y rock and roll.

jueves, abril 24

La transfiguración de Kramsky en el jardín central

"...y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz" (Mt. 17:2).




viernes, abril 18

Sueños, gordura y paternidad



Hace unos días tuve que escribir un artículo sobre obesidad. Tenía que decir que la obesidad era un problema para la salud, que había un problema alimenticio en México (en este caso por exceso) y que el gobierno estaba tomando cartas en el asunto incluyendo frutas y verduras en los desayunos gratuitos. El texto resultó sumamente técnico, lleno de datos duros del tipo de 70% de la población entre 30 y 60 años padecen de sobrepeso u obesidad, o, que la prevalencia combinada de ambos factores, entre los menores, es de un tercio.

No sé. Quizá vaya a ser un mal padre. Pero hoy, si me preguntan ahora, diría que quiero tener un hijo gordo. Un verdadero menor obeso. Que rebase los parámetros de sobrepeso y engruese las estadísticas: mi hijo será un regordete. Se llamará Sebastián, "Sebas". No es una decisión precipitada. Le he dado muchas vueltas y cada vez me convenzo más de mis deseos. Mi primogénito será un niño gordo durante los primeros años de su infancia. Casi hasta los siete años. Su dieta estará basada en carbohidratos, harinas y azúcares. Sus brazos y piernas serán pequeños embutidos, suaves (como solamente la piel aún no corroída por el sol y el ambiente de un niño puede serlo). Tendrá un redonda y flácida barriga que extienda las fibras de sus ropitas. Su cuerpo estará lleno de pliegues: tersos rollos de piel que se apilan uno encima de otro. Sebas será gordo. Un niño que no sea fácil de cargar entre brazos. Simpático. Adorable. Glotón. Que se sienta orgulloso de su gordura, que coma dulces y golosinas hasta el hastío, refrescos, donas, papitas, cualquier cosa que ayude a incrementar su peso.

¿Problemas de autoestima? Imposible. Sebas será el consentido. ¿Juguetes? Los que quiera. ¿Dinero? Para su lunch. ¿Amor? Más que a sus hermanos. ¿Atención? ¿Confianza? Lo tendrá todo. Cualquier cosa.



Cuando he compartido mi sueño he sido duramente criticado. Que si va a ser un rechazado, que si va a tener problemas de salud, que si nunca va a enflacar, que si nunca tendrá novia, que si soy cruel, inhumano… que si todos aquellos que me criticaron fueron unos gordos frustrados, desdeñados y bobos y temen que le pase lo mismo a mi hijo. Pero nada ni nadie me hará cambiar de opinión. Todos esos detalles los tengo calculados. Existen riesgós, sí. Pero ninguno que no pueda sortearse cuando llegue el momento. Por ejemplo, Sebastián tendrá licencia para golpear. Cualquiera que se atreva a molestarlo Sebas lo golpeara. Sus brazos y puños rechonchos asestarán un buen golpe a todo malandrín que se mofe de su redondo cuerpecillo.

Además, llegada la edad en que la gordura deje de ser simpática, Sebas ingresará a una dieta, inspeccionada por un nutriólogo, y a un régimen estricto de actividad física. Y, entonces, cual crisálida, de ese enorme capullo de carne, saldrá un Apolo. Un Adonis que, en sus primeros años, se habrá granjeado el respeto social de sus compañeros (a golpes) y que estará listo para interactuar con el otro sexo.

¿Que todo esto es cruel? No lo creo. Sebas será un niño sano, ya lo verán. Será inteligente, chistoso y comelón. La paternidad me emociona. El proyecto de un hijo rollizo y carismático me entusiasma. Es un sueño legítimo. Alguien más, me imagino, puede anhelar un hijo genio, pintor, futbolista o atlético.



El mío, sin embargo, será gordo.

jueves, abril 17

Tabardillo profundo y ojo gacho II.

Dawid Ginoculus.
P.S. Si Dawid ya ostenta un tabardillo de este calibre a su edad, ¿qué será de él cuando cumpla los años de Thom York?

miércoles, abril 16

Tabardillo profundo y ojo gacho.


Thom York.
P.S. Me parece muy curioso que Thom York no tenga ni una arruga. Creo que es la ventaja de la parálisis facial

lunes, abril 14

Más sobre depresiones jesuíticas

D.- Me perdonarás si no le tengo demasiado aprecio a las tristezas de drogadictos asesinos y violadores. Chesterton ha expresado algo que sentía ha mucho: "Las tristes almas de los noventas perdieron la esperanza porque tomaron demasiada absenta; nuestros jóvenes han perdido la esperanza porque un amigo murió de una bala en la cabeza".
Yo sólo me pregunto si se refiere a sus noventa o si alcanzó a ver el grunge de nuestros noventa por un movimiento profético.

J.M.- ¿Por qué descartar ambas como excluyentes?

D.- Porque me pillan las depresiones baratas adolescentiles.

J.M.- ¿Qué depresión es digna, amigo, de tu reconocimiento? ¿Acaso la consabida jesuítica es la única?

D.- ES DIGNA UNA DEPRESIÓN QUE SITÚE EL VACÍO HUMANO CONTRA LA NECESIDAD DE UN ABSOLUTO QUE LO LLENE. NO ES DIGNA LA DEPRESIÓN DEL VACÍO HUMANO QUE ENCUENTRA INSATISFACTORIAS LAS FRUSTRACIONES ESTÚPIDAS DE LA LIMITACIÓN DE SUS FETICHES.

J.M.- Buena parrafrada. Creo que deberías postearla. Doy mi aquiescencia a tu parecer. Pero añado que peores son las depresiones edulcorantes de afanes esteticualos.

martes, abril 8

El Renacimiento

Amigos, amigos queridos -¡amigos!, ¡que aún los hay!:

Mañana el mundo ha de conmover sus cimientos. Los montes, me temo, brincarán y bailarán. Músicas extrañas, barbáricas, serán convocadas y resonarán desde laudes de laúdes imposibles, cuernos constantes, tronantes trompetas; cantará el cielo lejos, y, espasmos telúricos, gemirá la tierra como sólo hizo en la Creación, a la vez que los ojos de alguna virgen por nacer, al saberlo, se conmuevan en lágrimas de alegría sencilla y bella por saber lo nuestro, nuestro affaire: El Renacimiento.

Con melancolía nos recordaremos, ingenuos entonces, desencantados de optimismos frágiles. Amigos: no hay más mundo ya, ¿hay nosotros aún? ¿Qué hay que conserve sentido? ¡Crearemos Cielo y Tierra desde nuestras plumas! Inventaremos motivos violáceos, los escanciaremos en copas de vino, reiremos franca, abiertamente, ¡qué hermoso! Han de bailar nuestras voces, con el mundo conmovido, biendiciendo invenciones, tremendas unas, otras simples, como el Universo cuya espalda vemos (¿no es así, David, caro?). Y a fuerza de ver y ver el mundo, de nuevo, otra vez, siempre de nuevo, ¡por fin hemos de verlo, después de mucho tiempo, al quedarnos casi ciegos, casi hombres entonces, casi inocentes! Distraídos hemos andado, errando mil caminos, trillando viejos, rompiendo de otros su virginidad.

Y he aquí que, de nuevo, ¡nos reunimos!

¿No es motivo para hacer llorar hasta a un marino? ¿Incluso, fuerza es decirlo, al mar mismo? ¡Y sin embargo, reímos! ¡Nosotros! ¡Que tanto nos quisimos!

viernes, abril 4

La mejor de las muertes posibles

En mis sueños, así muero. ¿Alguien con una tina y un rosal?


Lawrence Alma Tadema (1836-1912)
Las rosas de Heliogábalo

martes, abril 1

En buena lid...